Almodóvar y la vida abstracta
«’Amarga Navidad’ es una obra de lo que se ha dado en llamar ‘estilo tardío’: crepuscular, imperfecta, pero con encanto (un pelín rugoso) y con honduras sutiles»

Ilustración creada por inteligencia artificial.
En la misma semana he visto Torrente Presidente y Amarga Navidad, y las dos me han encantado. ¡Soy el cinéfilo transversal de pronto! Naturalmente, no me lo he propuesto: se ha dado así. Con Carlos Boyero comparto el estilo de crítica, que es lo que yo llamo «crítica de alcance»: me llega/no me llega. Aunque a mí me llegan cosas que a él no, como la película de Pedro Almodóvar. De la de Santiago Segura ya me ocupé aquí. De Amarga Navidad me dispongo a hacerlo ahora.
Con Almodóvar me pasa que me gusta asomarme a su mundo. Por eso soy almodovariano. Cada película me puede gustar más o menos, pero (salvo en casos catastróficos como Los amantes pasajeros o La mala educación) siempre la disfruto. Amarga Navidad no es de las mejores, ni tampoco de las peores. Estaría en la franja intermedia, pero con una virtud: su singularidad. Es una obra de lo que se ha dado en llamar estilo tardío: crepuscular, imperfecta, pero con encanto (un pelín rugoso) y con honduras sutiles. De una autoconciencia no demasiado agónica, algo complaciente: sabia.
En Amarga Navidad, Almodóvar juega un poco consigo mismo, con el almodovarismo. Es a un tiempo autocrítica y autoexcusa. Y autoanálisis, un tanto melodramático, pero en el fondo guasón. El personaje director Sbaraglia, trasunto del director Almodóvar, escribe sin inspiración y su guion no inspirado es lo que vemos en la subpelícula de la película. Contiene torpezas, como esas dos canciones casi seguidas de Chavela Vargas, o la emotividad instantánea que provocan. El espectador listillo, Boyero de sí mismo, pensará que ha cazado a Almodóvar. Pero es Almodóvar (como vemos en el tramo final) el que lo ha cazado a él.
Increíblemente, algún crítico catedrático dice que, como no le estaba saliendo la película, Almodóvar le añade la justificación como un pegote. ¡Cráneo privilegiado! Por el contrario, el guion es tan férreo que incluye su aparente sabotaje. Pero no está hecha la miel cinéfila para la boca del catedrático cinéfilo.
«Desde hace ya muchas películas, Almodóvar no transmite la vida, como en la fase inicial de su carrera, sino la abstracción de la vida»
El asunto con Almodóvar es que desde hace ya muchas películas no transmite la vida, como en la fase inicial de su carrera, sino la abstracción de la vida. Dejó la calle y el contacto con la gente, vive aislado y sus historias son ya solo sobre la vida abstracta. Pero esta estilización, este despojamiento, a mí me gusta también. Hay una concentración artística. La artificiosidad no elude lo elemental, sino que lo intensifica: la enfermedad, el dolor, la pérdida. Lo que es común a toda vida, sin costumbrismos (salvo los apuntes con fines cómicos) que distraigan la mirada.
En el autor aislado, junto con los universales de la existencia (el paso del tiempo y el don de cada instante, la sensibilidad, la ocasional pasión, los rencores, el envejecimiento, la muerte), está en primer plano la épica (o el naufragio) de la escritura. Por eso es natural que se ocupe de ella. Y que incurra en la vampirización de las vidas ajenas para su obra. Todo esto está en Amarga Navidad, logradísimo. Pero a los pejigueras de la cinefilia se les suele escapar lo importante.
No puedo terminar sin hablar de los actores: sensacionales Aitana Sánchez-Gijón y Quim Gutiérrez, bien Patrick Criado, Vicky (¡me niego a decir Victoria!) Luengo, Milena Smit y Leonardo Sbaraglia. ¡Y extraordinaria Bárbara Lennie! ¡Más guapa que nunca! ¡Esa sonrisa o semisonrisa! ¡Ese estar y moverse! ¡Esa mirada! ¡La ficción de una ficción y ella tan maravillosa, la tía! Pasaban las horas desde que salí de Amarga Navidad y no se me quitaba de los ojos. Aún no se me ha quitado.