The Objective
Jorge Mestre

El ayatolá de la Moncloa

«El presidente se cree la conciencia de Europa mientras su cara viaja en las bombas de Teherán. Reparte absoluciones mientras libera a sanguinarios etarras»

Opinión
El ayatolá de la Moncloa

Imagen creada por inteligencia artificial.

Solo le faltó mandar las condolencias a la familia de Alí Jamenei. Una corona discreta, con cinta institucional y lacito de ‘no a la guerra’. Porque, visto lo de este miércoles en el Congreso, Pedro Sánchez está a un paso de cerrar el círculo: pontificar contra la guerra mientras la propaganda iraní difunde su rostro pegado en sus bombas.

Sánchez subió a la tribuna con su habitual sotana civil: mitad sacristán de pancarta, mitad fiscal universal. El sermón fue reconocible: Irak, Aznar, la paz, el multilateralismo, el derecho internacional. Un rosario de lugares comunes recitado con esa fe impostada de quien cree que la palabra «ilegal» funciona como el agua bendita. La escena tenía algo de procesión: mucho incienso, poca sustancia y un paso, Irán, que tapaba todo lo demás.

El truco es viejo. Agrandar el mundo para empequeñecer España. Teherán como telón, Moncloa como camerino. Mientras fuera caen bombas, dentro se tapan goteras. Sánchez habla de Oriente Próximo para no hablar del patio de vecinos. Y así, entre geopolítica y homilía, el presidente se fabrica un traje de estadista que le queda como un frac prestado: ancho de hombros y corto de realidad.

Feijóo señaló lo obvio, aunque lo diga con guantes: es difícil venderse como apóstol de la paz cuando te convierten en icono útil de los ayatolás. No es solo una cuestión estética. Es una metonimia incómoda. Si te usan como símbolo, es que algo de tu discurso les sirve. Y cuando a uno le aplauden Hamás, Hezbolá o la parroquia del antioccidentalismo, quizá no esté exactamente ocupando el lado luminoso de la historia.

Abascal, en su estilo de artillería pesada, puso el dedo en la otra llaga. Sánchez ha descubierto que toda crisis internacional le sirve de biombo. Le valen las guerras, las pandemias, las borrascas o los incendios si con ello logra desplazar el foco y envolver su precariedad política en celofán de emergencia. El sanchismo no administra las crisis: las explota. Las exprime. Las convierte en coartada.

«Sánchez quiere ser Churchill con pancarta, Olof Palme con Falcon, Mandela con argumentario de Ferraz. Pero acaba en otra cosa: un predicador del oportunismo que usa tragedias lejanas para tapar ruinas cercanas»

Y ahí está la gran contradicción, el símbolo que resume el personaje: la pancarta en la mano izquierda y la fragata en la derecha. Dice «no a la guerra» mientras presume de fragatas, despliegues, escudos, operaciones y músculo diplomático. Repartió certificados de moralidad internacional como si no llevara años practicando el doble rasero: inflexible con unos, comprensivo con otros, solemne con Ucrania, gelatinoso con Venezuela, inflamado contra Israel, calculador con Marruecos.

Lo más irritante no fue siquiera su sectarismo, sino su impostura. Sánchez no compareció para explicar una posición de Estado, sino para darse un baño de superioridad ética. Necesita parecer el único defensor del derecho internacional entre una caterva de belicistas. El único humanista en una cámara de bárbaros. Y, sin embargo, ahí estaba: convertido en icono involuntario de la munición ajena, estampado en el imaginario de quienes no creen precisamente en la paz liberal.

«Cuando te conviertes en un símbolo del enemigo y tú sigues hablando como si fueras su antítesis, ya no estás en la política. Estás en la fábula. O en el chiste»

Hay algo profundamente ridículo en este personaje. Quiere ser Churchill con pancarta, Olof Palme con Falcon, Mandela con argumentario de Ferraz. Pero acaba en otra cosa: un predicador del oportunismo que usa tragedias lejanas para tapar ruinas cercanas. Habla de Teherán para no hablar de España. Declama sobre la paz para no rendir cuentas sobre su Gobierno. Invoca principios universales mientras chapotea en el barro doméstico.

El presidente se cree conciencia de Europa mientras su cara viaja, adhesiva, en la imaginería bélica de Teherán. El moralista que reparte absoluciones desde la tribuna mientras libera a sanguinarios etarras. El hombre que confunde la política exterior con un púlpito y el país con un atrezo.

Y sí, después de escucharle, uno vuelve a lo esencial, a la imagen que lo resume todo: solo le faltó mandar las condolencias a la familia de Alí Jameneí, como cuando envió el pésame a la familia de un etarra. Porque cuando te conviertes en un símbolo del enemigo y sigues hablando como si fueras su antítesis, ya no estás en la política. Estás en la fábula. O en el chiste. O en algo peor, en el propio espejo.

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