Detesto a Trump, ¿soy antinorteamericano?
«No puedo ser antinorteamericano, ni antichino, ni antiespañol, ni anticatalán. Eso sí, soy anti-Trump, es decir, no estoy de acuerdo con sus ideas ni con sus políticas»

Imagen generada con IA.
El debate se suscitó en una conversación entre un grupo de amigos. Uno arremetió contra Trump y otro le acusó de haber sido siempre antinorteamericano. Las posiciones eran distintas porque hablaban de cuestiones también distintas. Veamos.
Ser contrario a la actuación, e incluso a la persona misma de Trump como presidente de EEUU, no es algo original. Cientos o miles de millones de personas en el mundo han optado por esta posición y cada semana tienen más argumentos para sostenerlo. Yo formo parte de este inmenso grupo.
Me resulta asombroso que un personaje de tan baja catadura política, moral e intelectual, incluso de tan escasa o casi nula experiencia política, haya llegado a la Presidencia del más importante país del mundo. ¿No veían los norteamericanos que le votaron su limitado nivel, su palmaria ignorancia, incluso, por lo que se dice, sus fracasos en el mundo de los negocios inmobiliarios, su verdadera profesión? La comparación con José María Ruiz-Mateos y Jesús Gil y Gil no es exagerada. Pero llegar a eurodiputado o alcalde de tu pueblo no es lo mismo que llegar a presidente de los EEUU.
En todo caso, como político, Trump ya ha demostrado, por si hacía falta, que carece de estrategia y sus cambiantes posiciones tácticas son perjudiciales para todos, para aliados y contrarios, además de generar inseguridad e incertidumbre, tanto en la economía como en la política. Encima, sus movimientos son totalmente osados, cambian las orientaciones tradicionales de la política norteamericana sin alegar las razones que los justifiquen.
¿Quiere Trump pasar a la posteridad como una gran figura de la historia de su país? Quizás tenga esta ambición y solo esta ambición. Si es así, como parece, siempre será un mal gobernante. Mirarse al espejo cada mañana para comprobar si le complace su aspecto, y entonces poder decir «mecachis, qué guapo soy», en lugar de gobernar el mundo desde sus convicciones, las que ha manifestado antes de ser elegido para atraer votantes, es propio del peor gobernante que se pueda imaginar.
«Promete, cambia lo prometido sin explicar las razones, miente, engaña, incluso a los suyos; nada en él es coherente»
Roosevelt o Kennedy, incluso Bush padre o Clinton, fueron buenos presidentes, conocían su oficio, eran profesionales de la política. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los demás presidentes, en general, fueron mediocres e, incluso, algunos fracasados, pero Trump, con diferencia, es el peor de todos, no tengo duda alguna. Además, es el peor en todos los sentidos: en economía, en política interior y exterior, en su estrategia como líder mundial, en el rostro que refleja la manera de ser de su país.
En realidad, es una especie de payaso narcisista sin categoría alguna. Promete, cambia lo prometido sin explicar las razones, miente, engaña, incluso a los suyos; nada en él es coherente. «America first», prometió, pero el ataque a Irán parece más Netanyahu first que a cualquier otra cosa. Que se prepare el líder ultraortodoxo israelí cuando lo deje colgado de la brocha porque ya le ha quitado la escalera. Quizás no tarde mucho.
Esta es mi opinión sobre Trump. ¿Por eso soy antinorteamericano? Aviso: también estuve en contra de la guerra de Vietnam y de las dos ocupaciones de Irak, así como la de Afganistán. Creo que el final de la Guerra Fría tras la caída de la URSS fue una ocasión desaprovechada por EEUU (y la UE, por supuesto) para establecer las bases de un nuevo orden mundial que priorizara la colaboración y no las guerras. También admiro los grandes progresos de China (y la India y el sudeste asiático en general); creo que el entendimiento es posible y que el libre comercio nos puede beneficiar a todos, a los occidentales y los orientales.
Por supuesto, preferiría vivir en Nueva York o en California que en Pekín o Shanghái, es decir: en una democracia que en una dictadura. Aunque no por esto soy antichino, no comparto, pero respeto el camino que han emprendido —ya veremos adónde y hasta dónde conduce—. De momento, en muy poco tiempo, han reducido sus diferencias económicas y sociales, aunque allí se viva en una autocracia.
«He experimentado el absurdo del término españolista, del término anticatalán y del término nacionalista catalán»
Dicho todo esto, repito la pregunta: ¿soy antinorteamericano? Mi respuesta rápida: en absoluto, no soy antinorteamericano ni proamericano. Y añado: ambos términos me parece que no tienen sentido. Es imposible ser antinorteamericano o proamericano. Estoy a favor de determinados valores políticos, en concreto de la libertad individual y la igualdad entre las personas, pero no a favor de unos u otros pueblos. Me parece absurdo decir que estás a favor o en contra de pueblo alguno.
Quizás ha influido en ello que durante la mayor parte de mi vida la he pasado en Barcelona y ahí he experimentado el absurdo del término españolista, del término anticatalán y del término nacionalista catalán. Incluso lo he experimentado personalmente: en declaraciones públicas, un consejero de la Generalitat se refirió a mí diciendo que era un anticatalán.
Quizás ya antes, pero en todo caso en aquel momento, me di cuenta del absurdo de emplear este término: en realidad el consejero de Jordi Pujol quería decir, y en esto llevaba razón, que yo era antinacionalista porque creía que el nacionalismo, en este caso el catalán, era un concepto antidemocrático: no podías escoger libertad en determinadas formas de pensar y de vivir porque estabas determinado por tu lugar de nacimiento y por la manera como los nacionalistas definían la manera de ser de quienes nacían o residían en este lugar.
Desde joven entendía que los hombres nacían y debían permanecer libres e iguales en derechos a los demás (esto suena al preámbulo de la Constitución de EEUU), que cada uno escogía libremente esta manera de ser y que las sociedades no son mansos rebaños en que te veías obligado a obedecer al jefe de la manada. Eras y debías permanecer fiel a ti mismo y, si respetabas la idéntica libertad para los demás, no se te debía impedir tener una buena relación con ellos aunque discreparas en muchas cosas.
Este es el núcleo fundamental de una sociedad democrática, del mundo de la libertad. No eres antinada si los demás respetan tu libertad, menos aún eres anti-todo-un-pueblo. Por tanto, si tus creencias son liberales, puedes estar en contra de determinadas ideas y medidas políticas, pero mientras estas no impidan que ejerzas las tuyas, debes respetarlas. Por eso no puedo ser antinorteamericano, ni antichino, ni antiespañol, ni anticatalán. Eso sí, puedo ser, y soy, anti-Trump, es decir, no estoy de acuerdo con sus ideas ni con sus políticas.