Irán, Venezuela y Cuba, triple reto
«Da la impresión de que Trump se ha metido en este frondoso manglar sin conocer todos los aspectos del problema»

Pegatina con la cara de Pedro Sánchez en un misil iraní.
El presidente de EEUU tiene ante sí un triple reto en política internacional. En Irán, Venezuela y Cuba, tres asuntos en los que tiene frente a sí lo que ayer consideraba Patxi López el liderazgo universal de Pedro Sánchez.
Debimos haberlo visto: los ayatolás iraníes han rendido a Pedro Sánchez su más sentido homenaje de admiración. Han pegado en las ojivas de sus misiles unos adhesivos —vale decir, pegatinas, pero en grande— con la foto del yerno de Sabiniano y un mensaje de gratitud que remata una cita apócrifa de Sánchez sobre el tema que nos ocupa: «Por supuesto, esta guerra no es solo ilegal, sino también inhumana. Gracias, presidente».
Los misiles que Irán dispare a partir de ahora contra Israel serán armas realmente innovadoras para los tiempos modernos, los únicos proyectiles que llevarán su carga letal por fuera. Ese retrato del presidente de una nación que se soñó democrática como carátula de un proyectil explosivo en manos de una tiranía es un hecho que nos llena de vergüenza a sus administrados, pero que debería producirles mucha más a él, a su familia, a su Gobierno, a su partido y a sus votantes.
No es cosa de que Israel y EEUU correspondan a la teocracia con proyectiles que lleven adheridas pegatinas con representación de las grúas en las que aquella miserable clerigalla ahorca a los homosexuales autóctonos, del espacio en el que lapidan a las adúlteras o a las víctimas de una violación, o de los manifestantes contra la tiranía abatidos a tiros por la policía en número de 35.000 en menos de un mes. Da la impresión de que Trump se ha metido en este frondoso manglar sin conocer todos los aspectos del problema, pero, metidos en faena, es de esperar que lo resuelva con eficacia total y en el plazo de tiempo más breve posible.
Quedaría un balance ejemplar de su Presidencia si el reto de Irán y el de Cuba se saldaran con la misma eficacia que el golpe de mano contra el dictador venezolano Nicolás Maduro. Y que remate lo de Venezuela, claro.
El eslogan de la Revolución cubana, «patria o muerte», cumplió 66 años desde que lo acuñó Fidel Castro el 5 de marzo de 1960, durante los actos fúnebres por las víctimas del barco francés La Coubre, fletado en Bélgica por la Revolución para llevar a La Habana armamento y municiones. La consigna es prueba evidente del mal uso que ha hecho históricamente el castrismo de la conjunción disyuntiva.
No deberían decir «patria o muerte», sino «patria y muerte», porque en el caso de Cuba vienen a ser la misma cosa. Lo que reclaman los cubanos entrevistados en docenas de vídeos en internet es «patria y vida» o «patria y libertad», conceptos que resultan compatibles; la copulativa ofrece una perspectiva de futuro abierta a la esperanza.
Pablo Iglesias se plantó en La Habana para explicarnos desde allí la buena nueva del comunismo cubano. En la Plaza de la Revolución se ha grabado fotos y vídeos de paseante melancólico, junto a la estatua de José Martí, dominando la gigantesca explanada en la que Fidel abrumaba a la peña con discursos de horas cada 26 de julio. Había visto cientos de fotos de la Plaza de la Revolución; ninguna de ellas ofrecía un aspecto tan deshabitado en sentido estricto como el que mostraba en los posados del fundador de Podemos.
Iglesias ha ido con su cámara detrás a entrevistar al dictador cubano, Miguel Díaz-Canel, y se han compungido mucho los dos al comentar la muerte de la guardia pretoriana de su homólogo venezolano: tres docenas de policías cubanos que tenían encomendada la seguridad de Nicolás Maduro.
Un ejemplo de altruismo le parece a Pablo Iglesias que unos tipos arriesguen su vida para proteger la del exlíder bolivariano. Hay más ejemplos de ese altruismo: el de los médicos cubanos que prestan sus servicios sanitarios en tierras lejanas o el de los trabajadores de hostelería —un suponer— y camareros del hotel de cinco estrellas donde se aloja este tipo frente al Capitolio.
El régimen explota a los médicos, a quienes paga salarios cubanos mientras factura por sus servicios con precios internacionales. El hotel de Pablo Iglesias es un Meliá, empresa española a la que el Gobierno cubano le hace pagar los salarios de todos sus trabajadores como si fuesen currantes europeos de cualquier empresa de hostelería. La diferencia —que es mucha— entre sus sueldos nominales en dólares y lo que realmente perciben los pobres en pesos cubanos es una explotación brutal. Marx lo habría llamado plusvalía.