Hay miedo
«Sánchez no solo está preocupado, sino que tiene miedo. De perder el poder, pero también de verse implicado en casos que afectarían a su biografía política»

Ilustración de Alejandra Svriz
Los acontecimientos son tantos, se suceden tan deprisa deprisa deprisa, que una noticia escandalosa apenas dura un par de horas porque aparecen una segunda y una tercera que tapan las anteriores.
Sumar se ha envalentonado tras el plante de sus ministros la semana pasada —noticia de un día, solapada por las siguientes—, y en cuanto ha salido el nombre de Carlos Cuerpo como posible sustituto de María Jesús Montero en la vicepresidencia, se ha apresurado a advertir que no piensa aceptarlo. Eso le pasa a Sánchez por ceder ante cualquier plante, sugerencia, amenaza o chantaje, directamente chantaje, que le presentan sus socios de coalición o los partidos que con su apoyo permiten que se mantenga en Moncloa.
Esas cesiones están minando la credibilidad del presidente, con una imagen —nacional e internacional— de dirigente que no tiene palabra, demuestra escaso patriotismo porque impone sus intereses a los intereses del país que gobierna y además se ha convertido en un miembro incómodo, díscolo, para las organizaciones de las que España forma parte, fundamentalmente la OTAN y la Unión Europea. Es considerado un político insolidario, que va a lo suyo y le tienen sin cuidado las decisiones de la mayoría. Actitud que defiende con argumentos que no convencen a nadie, por sesgados o, abiertamente, falsos.
Personas que se mueven en su círculo y siguen manteniendo relaciones más o menos frecuentes con periodistas, aunque es una profesión poco apreciada por el sanchismo, intentan justificar la actitud de Pedro Sánchez, cada día con peor cara, cada día con peor humor. Feroz a veces en sus comentarios con quienes le buscan las vueltas y levantan nuevas corruptelas de personas muy cercanas. En sus intentos de justificarlo, explican que Pedro Sánchez no solo está preocupado, sino que tiene miedo. De perder el poder, por supuesto, pero también de que, además de pérdida de poder, pueda verse implicado en casos que afectarían muy seriamente su biografía política, aunque no fueran delito.
En Moncloa se centra ese miedo en que Ábalos y Koldo decidan un día contar lo que saben. Porque saben todo, lo bueno y lo malo. Y si por ahora callan, es porque les conviene y así se lo aconsejan sus abogados. Pero si se ven con años de prisión por delante, harán lo que ha hecho Aldama: cantar. Contar. Si Aldama tiene papeles y guardaba el famoso sobre cuyo contenido aún no se conoce —que Aldama afirma ser letal para el PSOE—, seguro que Ábalos y Koldo tienen muchos más. Y aunque hay algunos recelos en distintos sectores de la Guardia Civil, incluso dentro de la propia UCO, las investigaciones continúan, y el núcleo duro de esa unidad trabaja con el tesón propio de quienes quieren demostrar que hay profesionales que trabajan de forma impecable y no se casan con nadie.
«Sánchez no solo sabe que la remontada es muy difícil, sino que se multiplican los análisis de futuro que echan abajo su proyecto»
Tiene Sánchez buenas razones para sentirse preocupado, temeroso, además de las ya apuntadas. Las únicas autonómicas que no le han salido tan mal como se temía han sido las de Castilla y León, donde se presentaba un candidato que no era de su cuerda, sino un socialista que llevaba años como alcalde de Soria sumando mayorías absolutas. Un hombre que guardaba su lealtad política más recalcitrante a su ciudad, a la que se ha dedicado en cuerpo y alma —de ahí las mayorías— y que no formaba parte de las filas del sanchismo. Dato que Sánchez seguro que ya ha tenido en cuenta. Como ha debido tener en cuenta que la razón principal de que las encuestas se empeñen en recoger un fracaso histórico de Montero el 17 de mayo se debe fundamentalmente al rechazo generalizado —no solo de los andaluces— hacia su principal valedor, Pedro Sánchez.
Pero hay más razones para la inquietud de Sánchez. No solo sabe que la remontada es muy difícil, casi impensable, sino que se multiplican los análisis de futuro que echan abajo su proyecto, o al menos el proyecto que llevan tiempo propagando algunos de sus acólitos: si pierde el Gobierno, sería un implacable líder de la oposición que, con su experiencia de presidente de España durante ocho años, hará añicos a un Feijóo que fue presidente de Galicia, pero no acierta en su tarea actual de líder de la oposición porque es bisoño en política nacional. Y Sánchez regresaría pronto a Moncloa.
Feijóo será bisoño, pero ha aprendido en este tiempo y, desde que suma éxitos regionales, ha ganado en seguridad y, sin complejos, arriesga más. Sabe cómo defender que un acuerdo entre PP y Vox no es peor que los acuerdos de Sánchez con partidos con los que juró no pactar porque los consideraba indeseables. Y lo siguen siendo para gran parte de los españoles.
Sánchez teme que las informaciones sobre las tensiones de Vox, que son reales, como son reales algunas de las acusaciones sobre casos de presunta corrupción o trasvases de dinero de difícil explicación, puedan afectar negativamente a Vox… Y se incrementen los votos del PP. Por otra parte, a Sánchez le han tenido que llegar necesariamente los rumores de que el PNV estudia —si el PP gobierna— reeditar los acuerdos que en tiempos pasados mantuvieron los anteriores presidentes del PNV, aunque Aitor Esteban no ha hecho hasta ahora ningún esfuerzo serio de acercamiento. Pero si Feijóo forma Gobierno, es probable que más pronto que tarde se arrime todo lo que pueda a un Feijóo hacia el que no siente, por ahora, la menor simpatía.
Está todo muy revuelto, es difícil hacer pronósticos. Pero si Juanma Moreno consigue la mayoría absoluta que busca con todas sus fuerzas, con toda su alma, se clarificarán mucho las cosas. Y no será para bien de Pedro Sánchez.