«¡Se coló Irán!», lamenta Cuba
«Antonio José Ponte, escritor exiliado en Madrid, me resumió la situación diciendo que Cuba hoy es la materialización del poema de Kavafis ‘Esperando a los bárbaros’»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Para la desesperada gente de Cuba, la «extracción» de Maduro de Caracas y traslado inmediato a una cárcel yanqui supuso la apertura de una ventana de esperanza.
Ya saben los cubanos que detrás del zoquete que preside los Estados Unidos está el influyente lobby de Miami. Detrás de Maduro tenía que ser «extraído el insignificante Miguel Díaz-Canel».
Pero, cosas de la geopolítica y de los caprichos del presidente zoquete, y latiguillo que se pronuncia en todas las conversaciones: «¡Se nos coló Irán!».
E Irán es un país inmenso, defendido por un ejército de fanáticos, que costará mucho someter. Hasta que lo consigan, los Estados Unidos probablemente no meterán la mano en Cuba. Puede Pablo Iglesias dormir tranquilo, y el aguerrido cantante Silvio Rodríguez puede montar y desmontar el kalashnikov que el régimen le ha regalado para que haga frente a los marines cuando lleguen, si llegan. Mientras espera, puede engrasarlo y volver a engrasarlo —en fin, si consigue petróleo para hacerlo— con toda calma y tranquilidad. Puede atender largas conferencias transoceánicas con Pablo Iglesias y Gerardo Pissarello, que desde España no dejarán de animarle a la resistencia, patria o muerte. No hay prisas, la invasión no es para mañana.
Los cubanos ya entienden que Irán es un país enorme, y que los EEUU se han metido en un fregado del que no saben cómo salir. Hasta que a Cuba le toque el turno, si algún día le toca, puede pasar algún tiempo.
«Cuba no tiene gas, ni petróleo, ni valiosas materias primas que depredar»
Pese a la férrea censura, los cubanos están bien enterados de lo que sucede en el mundo. Saben que su país, siendo un bocado apetitoso para los yanquis –ya que es una isla soleada, con playas por todas partes, donde se puede hacer una operación como la que tiene en mente Trump y sus financieros con Gaza una vez exterminada la población palestina, o sea, una fabulosa operación inmobiliaria y turística, «una Costa Azul» caribeña–, no es asunto prioritario. Cuba no tiene gas, ni petróleo, ni valiosas materias primas que depredar.
Tendrá que esperar la deseada intervención americana, aunque quizá no puede esperar mucho, ya que la situación es con diferencia la más grave desde el año 59, desde la revolución de los barbudos. La angustia es horrorosa.
No hay ya ni electricidad. No hay nada. La universidad ha tenido que cerrar. La gente no acude al trabajo. Conseguir algo que comer es un trabajo diario que ocupa muchas horas. Todas las noches, en La Habana, aprovechando la cerrada oscuridad, en la que los polis y chivatos no pueden ver en qué balcones suenan, hay caceroladas. También al amparo de la oscuridad ha aumentado enormemente la violencia delincuencial.
Montañas de basura arden por todas partes, acaso para evitar el peligro de la propagación de virus y enfermedades. Ir al aeropuerto es una odisea. El taxista que con algún enchufe ha logrado llenar el depósito, ha triplicado el precio de la carrera… La vieja solución de emigrar se ha vuelto casi imposible, porque en EEUU las fronteras están selladas y los países suramericanos ya no dan visados. El país es una olla a presión, y ahora ya no la gobierna un dictador carismático, con aura heroica y capacidad de convicción, sino una figura insignificante.
Ayer telefoneé al amigo Antonio José Ponte, escritor exiliado desde hace muchos años en Madrid y director de la revista Diario de Cuba. Le pregunté por su país. Lo encontré preocupado, no muy locuaz, y no me extraña. Pero como es hombre de letras, me resumió la situación diciendo que Cuba hoy es la materialización del poema de Kavafis Esperando a los bárbaros.
«Más valdría que lleguen los bárbaros, que invadan los norteamericanos Cuba, más vale eso que seguir así y morir de hambre»
El lector acaso lo conocerá. Es un poema narrativo. Cuenta que el rey, los nobles y los clérigos y todos los dignatarios de una ciudad se visten con sus mejores galas para salir a las puertas al encuentro de los bárbaros, que, según se dice, vienen a tomarla. Esperan, temerosos, a que lleguen los bárbaros.
Por fin, cae la noche, y todos se vuelven a sus casas y palacios, cabizbajos, compungidos: es que al final los bárbaros no han venido. Acaba el poema con estos versos: «¿Y qué va a ser ahora de nosotros, sin los bárbaros? / Esa gente era una solución, después de todo».
Efectivamente, más valdría que lleguen los bárbaros, que invadan los norteamericanos Cuba, y que se traigan consigo, si quieren, a las cinco familias mafiosas de Nueva York, y monten sus casinos y compren tierras y edificios ruinosos a precio de ganga, y que exploten lo que puedan, más vale eso que seguir así y morir de hambre.
«Levantar el embargo es una medida que no depende del presidente sino del Congreso»
El régimen ya acepta que está en conversaciones con los EEUU, aunque no se sabe exactamente quién está negociando. Se cursan propuestas que nunca se habían hecho y que dan la medida de su desesperación: se pliega a que los exiliados de Miami puedan invertir en la isla y a pagar una compensación económica a las empresas norteamericanas que expropió Castro. A cambio, reclama que les levanten el embargo y que respeten la continuidad del régimen. De amnistías y libertades, ni hablar.
A tratos así Trump no puede acceder, en primer lugar porque Cuba no tiene dinero para indemnizar a nadie, ni crédito bancario, ni aliados ni nadie que se la vaya a jugar por ese régimen; en segundo lugar, porque Miami se le echaría encima; en tercer lugar, porque levantar el embargo es una medida que no depende del presidente, sino del Congreso.
Suerte que cuentan aún –menos da una piedra– con la solidaridad de Pablo Iglesias y de Gerardo Pisarello. Y con la combatividad de Silvio Rodríguez, que ahora mismo está engrasando incansablemente su kalashnikov mientras silba Guantanamera. Tampoco es que tenga mucho más que hacer. ¡Qué brillo le está sacando al arma!