Noelia ayer, a las seis
«No basta con invocar derechos. Hay muertes que, aun siendo legales, siguen dejando en la conciencia una ceniza de dudas, de desamparo y de fracaso colectivo»

Imagen creada por inteligencia artificial.
Ayer eran las seis cuando Mara, con coleta y chándal, fumaba en la puerta del judo, esperando a que su hijo saliera, sudado como siempre, con su cinturón amarillo mal anudado y su sonrisa mellada. Ayer eran las seis cuando Lucía apagó el ordenador, recogió su escritorio y escribió a Luis para ver si, ojalá hoy sí, idiota escurridizo, tuviera un hueco para tomarse un vino en aquel bar tan coqueto del que ella tanto le había hablado. Ayer eran las seis y los autobuses seguían sus rutas y los periodistas remataban sus piezas y doña Carmen hojeaba una vieja Lecturas en la peluquería. Ayer eran las seis cuando Noelia, en deseada soledad, recibía una inyección pública y mortal porque así lo había decidido y, con suicida coherencia, lo había peleado en los tribunales.
«La felicidad de un padre, de una madre o una hermana no puede estar por encima de la felicidad de una hija», dijo Noelia Castillo en su entrevista televisiva. Ella llamaba felicidad a quitarse la vida. A dejar de sentir. A habitar un abismo. Cuando pensamos en la eutanasia, en el buen morir, no imaginábamos esa juventud, ese plató improvisado y familiar, ese dolor profundo que casi brotaba a través de sus poros y lagrimales. Porque en la mirada tenía Noelia un mar gris y terrible.
Quiero entender su pena, su voluntad y su alivio. Lo he visto antes. En personas que ya no están. Esa oquedad que termina definiendo la anatomía del árbol. Joaquín era del barrio, había compartido algunas cañas con mi padre, tenía palomas y gallinas, y una mañana de domingo se pegó un tiro en su parcela. El padre de Lucho se ahorcó en un piso que había alquilado solo para quitarse la vida. Se llevó a su perro, que le acompañó en esas últimas horas. Tardaron mucho tiempo en encontrar su cadáver. Para entonces el pastor alemán también había muerto, al parecer de sed o de hambre. El mejor amigo de Mónica se lanzó a una media distancia a su paso por el pueblo.
Una vez iba yo en un tren cuando de repente se detuvo y el revisor, medio llorando, iba avisando vagón por vagón que había pasado algo terrible. Al preguntarle, dijo: «Alguien ha saltado a la vía». Y un señor con traje de chaqueta y maletín que estaba a mi lado me miró, se señaló el reloj y dijo, buscando mi complicidad: «¿Pero de la reunión a la que no voy a llegar seguro que no se va a responsabilizar Renfe?». Esas palabras exactas, con la carne aún caliente esparcida sobre la chapa, a metros de nosotros.
He pensado en ese hombre. A lo mejor ayer compartió en sus redes un último alegato en contra de la eutanasia y pidiendo a Noelia que no lo hiciera. Es difícil tener una opinión sobre el dolor ajeno y sobre voluntades tan feroces como esta. Creo que no hay un derecho a la muerte, como sí lo hay a la vida. La existencia se protege y buscarle la muerte a alguien, habitualmente, se pena. Creo que el Estado no está para eso. Que una vida infeliz no es una vida indigna, al menos, no lo parece desde el punto de vista jurídico. Y que, con este caso, estamos abriendo la puerta a que la depresión y otros «sufrimientos psíquicos», puedan ser canalizados por la Administración, tomando decisiones que están muy lejos de su competencia, porque son decisiones íntimas, éticas y, en última instancia, familiares. Que una «resolución de la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña» despache una vida humana como un permiso de obra o una escolarización, me resulta inquietante. Lo confieso.
«Su caso no concluye con un expediente burocrático, ni con la asepsia de una sentencia»
La justicia ha dado la razón a Noelia. Eso acaba para mí cualquier debate jurídico, pero no quiero resignarme al debate ético. Porque el suyo no es un caso habitual en la casuística de la Ley de Eutanasia aprobada en 2021. Noelia no encaja en uno de esos supuestos de humana nitidez, clínicamente definitivos, en los que la compasión se abre paso sin apenas resistencia moral. No es sólo una joven de 25 años con una paraplejia irreversible y una discapacidad reconocida del 74%, es también una mujer atravesada por trastornos graves, por ideas suicidas recurrentes, por una biografía de desamparo y por una devastación interior que desborda cualquier juicio ligero.
Por eso, su caso no concluye con un expediente burocrático, ni con la asepsia de una sentencia. Aquí no hay una enfermedad que avanza hacia su desenlace, sino una conciencia herida, una voluntad sacudida quizá por el sufrimiento y una sociedad entera que se obliga a mirarse en un espejo empañado. En ser conscientes ahora, quizá, que hay una ley que otorga al Estado la capacidad de asistir en el suicidio de una chica que, además, quiso compartir el proceso en la televisión. Mostrar su dolor y su desenlace.
Noelia es ahora una pregunta sombría. Una pregunta terrible. A qué estamos llamando libertad. A qué parte de su deseo de morir pertenece al cuerpo roto y qué parte al espacio emocional. Al abandono, a la desesperación o a la falta de horizontes. Acaba su vida, pero quedan las dudas en una sociedad que ha reaccionado con incomodidad ante su caso. No basta con invocar derechos. Hay muertes que, aun siendo legales, siguen dejando en la conciencia una ceniza de dudas, de desamparo y de fracaso colectivo.
Ayer eran las seis cuando Noelia, buscando la felicidad, encontró su muerte. Ayer eran las seis cuando un señor tendía con torpeza unas sábanas en el balcón de enfrente. El cielo era de un azul insultante. No hay lenguaje más incomprensible que el dolor de los demás.