Primo de Rivera es molesto
«El hallazgo del diario íntimo del fundador de Falange ha generado una avalancha de insultos, más que de argumentos, por vagancia o sectarismo»

José Antonio Primo de Rivera.
Leo en las redes sociales las molestias que ha supuesto el hallazgo del diario íntimo de José Antonio Primo de Rivera. Es un documento muy breve que relata apenas medio mes de su vida, pero es revelador como cualquier documento escrito para uno mismo. Las frases del fundador de Falange desmienten parte de la propaganda creada por el franquismo y la izquierda. Esto, que es algo normal en la profesión del historiador, o así debería ser, ha generado una avalancha de insultos que hablan de «blanqueamiento» del personaje histórico. Lo curioso del caso es que en la crítica hay más improperios que argumentos, lo que define a quien insulta más que al insultado.
Vaya por delante que no tengo ningún interés en «blanquear» a nadie. No se me ha perdido nada en el pasado de nuestro país. Solo me interesa la historia como conocimiento, no como arma política. No tengo la intención de reivindicar a nadie ni de «hacer justicia» a personas, regímenes o colectivos pretéritos porque sencillamente me da igual. Ya tengo suficiente con lo mío. Sé por experiencia que la investigación histórica va modificando lo que sabemos sobre el pasado, y que aferrarse a una «verdad» y no soltarla es propio de políticos o de predicadores de la moral. No es mi caso.
Desde que tuvimos la desgracia de sufrir la Ley de Memoria Histórica, hemos visto una ofensiva por parte de la izquierda hacia todo aquello que contradice el dogma. Algunos llaman a esa imposición «consenso mayoritario», que, por supuesto, debe callar al minoritario. Ese rodillo vale para todo, desde la presencia española en América hasta la Transición, pasando por Isabel II, la Primera República, Alfonso XIII, el desastre de Annual, la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Para los «mayoritarios» ya está dicha la «verdad», pendiente siempre de la aplicación de cualquier teoría posmoderna a la moda. Cualquier cuestionamiento del «consenso» es «revisionismo» espurio, es decir, algo contado para sacar un rédito político. En psicología se llama a esto «efecto espejo», que consiste en atribuir a los demás lo que hacemos o somos nosotros.
En ese tránsito no existe el debate, sino la descalificación por fases bien calculadas. Primero se insulta al autor y se le atribuyen intenciones aviesas, luego se deslegitiman las fuentes, después la editorial o el medio, y por último, se ignora. Recuerdo a un catedrático que lo hacía con mucha eficacia: en lugar de criticar con argumentos un trabajo que le contradecía, lo ignoraba o lo insultaba con algún adjetivo que permitiera que su «tribu» académica despreciara el trabajo. Es lógico: es mucho más fácil soltar un improperio o un juicio moral que ir a un archivo para corroborar o desmentir lo que dice otro historiador.
«El hallazgo tiene un valor histórico indudable, que sirve para definir mejor los meses de la Primavera de 1936»
No voy a señalar casos, obviamente, pero sí el de alguien que no está en la universidad. Me refiero a José Antonio Martín Otín, más conocido como Petón, exfutbolista y comentarista deportivo en COPE, que ha tenido la paciencia de descifrar la letra minúscula de José Antonio Primo de Rivera. El titular de su descubrimiento es que, según se lee en el diario, Falange no participó en la organización del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, lo que no significa que después no se sumara, como es sabido. Uno puede estar de acuerdo o no, y se puede discutir recurriendo al contraste historiográfico y documental. Es más: el hallazgo tiene un valor histórico indudable, que sirve para definir mejor los meses de la Primavera de 1936.
Sin embargo, los insultos han poblado las redes sociales, en especial X, desautorizando al transcriptor del diario —Petón— y lo que dice. Lo curioso es que la crítica se ha hecho antes de que el volumen estuviera en las librerías, y solo en atención a dos reportajes aparecidos en la prensa generalista. Ante este ataque, uno no sabe si se encuentra ante una epidemia de incomprensión lectora, de vagancia o de sectarismo. No dudo de que en breve aparecerán críticas profesionales que pongan el Diario secreto de José Antonio (Espasa, 2026) en su verdadero sitio, con sus aciertos y carencias, como es lógico. No obstante, la reacción hiperventilada y preventiva ante el desmontaje del mito es una muestra de cómo está mentalmente una parte de la profesión.