La era de la guerra cognitiva
«Ya no se trata de convencer al votante; se trata de ‘hackear’ su cerebro para que sea incapaz de distinguir la realidad de la alucinación colectiva»

Ilustración generada mediante IA.
Olviden la propaganda tradicional. Olviden las mentiras electorales de toda la vida, esas que se refutaban con datos en el debate del día siguiente. Ya no se trata de convencer al votante; se trata de hackear su cerebro para que sea incapaz de distinguir la realidad de la alucinación colectiva.
Anne Applebaum ha publicado en The Atlantic la crónica de un futuro distópico que ya está tocando a nuestra puerta; en ella describe cómo el régimen de Viktor Orbán, tras demoler la independencia judicial y controlar la economía a través de oligarcas de su confianza, ha perfeccionado un modelo de campaña electoral postrealidad.
Un ciudadano húngaro que abre TikTok no encuentra un debate sobre la inflación, se encuentra un vídeo de IA de Zelenski sentado en un inodoro de oro y esnifando cocaína. Es grotesco, es ridículo, pero su función no es informar, sino saturar los receptores sensoriales con una narrativa de caos atribuida al enemigo.
Con la economía estancada y Hungría convertida en el país más corrupto de la UE, Fidesz ha dejado de hablar de Hungría. En su lugar, ha invertido una fortuna en convencer a su población de una amenaza absurda pero paralizante: que Ucrania planea invadir el país. «Ellos son el riesgo. Fidesz es la opción segura». Se construye el terror hacia un monstruo inexistente para venderse como la única solución posible para resolver el caos.
Todo manual de campaña distingue entre dos tipos de elección: las que se ganan por mérito propio y las que se ganan por miedo ajeno. Cuando el historial no te sostiene, la única salida es desplazar el eje del debate hacia la amenaza existencial. En ese terreno, el incumbente siempre juega con ventaja: es él quien controla la narrativa del peligro.
«Abascal ha construido su carrera sobre una España permanentemente asediada»
Este experimento húngaro es una franquicia con sucursales en todas partes. Trump construyó una narrativa cognitiva de invasión de criminales para envenenar la sangre de Estados Unidos. Que la inmigración irregular llevaba años en descenso cuando lanzó esa narrativa es un dato que el sistema límbico activado no procesa. Su vicepresidente Vance ha sistematizado el concepto de enemigo interior: no el extranjero que cruza la frontera, sino el compatriota que te traiciona desde dentro. Élites universitarias, medios mainstream, burócratas de Washington. Esta variante es irrefutable: cualquier desmentido procedente de esas élites confirma, en la lógica del sistema, su pertenencia al enemigo.
En Europa, Le Pen lleva tres décadas perfeccionando el relato del gran reemplazo sin que ninguna estadística haya erosionado su eficacia. Abascal ha construido su carrera sobre una España permanentemente asediada. Que Vox no haya gobernado nunca es, paradójicamente, parte de su activo.
Pero lo realmente novedoso no es utilizar el miedo como herramienta, sino la escala industrial a la que el equipo de Orbán opera, con vídeos de IA en TikTok, con bots coordinados desde Moscú, con propaganda rusa que fabrica portadas falsas de Euronews atribuidas a la oposición y con la Social Design Agency del Kremlin operando en Budapest como una consultora contratada al mismo tiempo que Trump ofrece su «respaldo total» a Orbán en la CPAC de Budapest y Rubio vuela a Hungría a ofrecer apoyo financiero.
Y funciona porque el miedo es más rápido que la razón. Siempre lo ha sido. La diferencia es que ahora tiene banda ancha, presupuesto ruso y algoritmos de distribución optimizados.
«Tisza, el rival de Orbán, que es un partido de centro-derecha, ha construido su campaña en tratar de llegar a la gente real en el mundo real»
Para contrarrestar la campaña de Orbán, basada en la posrealidad, su rival Tisza (que por cierto es un partido de centro-derecha) se ha centrado en construir una campaña que trata de llegar a la gente real en el mundo real: el candidato Peter Magyar no concede entrevistas, sino que da discursos de campaña a diario en diferentes pueblos y aldeas, principalmente sobre temas que la gente entiende: la economía, la salud y la corrupción. Por lo general, evita los temas geopolíticos que tanto le gustan a Orbán.
Sin embargo, en un gran mitin en Budapest a principios de este mes, Magyar sí comenzó a corear un certero: «¡Russians go home!», que desafía en tres palabras a los dos principales patrocinadores de Orbán y que se conecta en el imaginario húngaro con la heroica revuelta magiar contra la ocupación soviética en 1956 y que habla de miles de estudiantes, trabajadores y ciudadanos unidos pidiendo reformas democráticas y la retirada soviética.
A lo mejor basta con eso.