The Objective
Fernando R. Lafuente

Eterno Montalbano

«Andrea Camilleri no podría imaginarse cuando creó a tan curioso personaje que se haría eterno para los lectores y, sobre todo, para los telespectadores españoles»

Opinión
Eterno Montalbano

Luca Zingaretti, el actor que interpreta al protagonista de las novelas de Andrea Camilleri en la serie ‘Montalbano’. | Marco Provvisionato (Zuma Press) | Marco Provvisionato (Zuma Press)

Montalbano, el comisario Salvo Montalbano, en Vigata (Sicilia) es eterno. La 2 de TVE no hace sino reponerlo un año tras otro. Son los mismos capítulos de siempre, la serie de siempre, y Montalbano siempre está ahí. Andrea Camilleri (Porto Empedocle, Sicilia, 1925-Roma, 2019) no podría imaginarse cuando creó a tan curioso personaje que se haría eterno. Al menos, eterno para los lectores y, sobre todo, para los telespectadores españoles que, reposición tras reposición de la serie, Montalbano sigue ahí. Con la ristra de personajes secundarios que forman ya una familia. No solo siciliana, sino mundial, y en particular española. Más allá de que el tipo fuera creado y bautizado como homenaje al escritor español Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003), Salvo Montalbano se ha convertido en un personaje popular y querido.

La 2 programa y vuelve a programar sus historias. Producción de la RAI, desde 1999, ni siquiera existía el euro; el primer acierto fue la elección del protagonista para la serie, Luca Zingaretti, que representa a un Montalbano más joven que en las novelas, con un atractivo peculiar, cercano, natural, y sus colaboradores: Cesare Bocci, el inspector Domenico Mimi Augelo; Peppino Mazzotta, detective Giuseppe Fazio; el fiel y el más leal de los leales, Angelo Russo, oficial de policía Agatino Catarella; Davide Lo Verde, oficial de policía Galluzzo y así un sinfín de personajes pegados a la vida cotidiana, cuyas acciones, declaraciones, gestos y actitudes conectan con el espectador (y antes con el lector) de manera inmediata.

Con la broma que aparece en el último capítulo, póstumo, de la serie, Riccardino (2016), escrito por Camilleri, con la intención de jugar con todos. Es el momento en el que el Montalbano de papel recrimina (en el mejor estilo Pirandello, otro siciliano, al que se rinde homenaje en más de un capítulo) al autor que el actor, ante el éxito de la serie televisiva, le está robando protagonismo. Y le saludan por la calle, mientras que al original Montalbano, al de papel, nadie le reconoce. Hasta ahí llega la riada literaria y televisiva del éxito, del chiste y de la parodia.

La serie rezuma humor por todas partes. Un humor cervantino, en donde los primeros que se suman a la parodia son los mismos protagonistas. Genial. La reposición de las temporadas (cerca de 15) no cansa a nadie, ni siquiera a los que ya la vieron la primera vez que apareció ante las pantallas. Es un fenómeno extraordinario. Pero todo es extraordinario en la serie, desde la banda sonora, atangueada, de Franco Piersanti a la dirección, magistral de Alberto Sironi; de la Trattoria de Enzo a Mare, en donde Montalbano suele comer solo y, si come con alguien, no quiere que se hable mientras se come, porque comer allí para Salvo es una fiesta que no permite ninguna distracción al vaivén humano del despacho del comisario.

Como siempre hay que definir un género, se le asignó el de ficción detectivesca; puede, pero va a más, aspira a más o, al menos, la intención se amplía de las meras tramas. Es, también, como toda buena novela policial, un tratado de sociología, de política, de psicología.

«Todo está contado sin falsos mensajes solidarios que olerían a naftalina en una realidad más compleja que cualquier discurso político»

Los argumentos varían en torno a las cuestiones que aparecen cada día en una comisaría, sea de Vigata o del fin del mundo: tráfico de drogas, inmigración ilegal y grupos de delincuentes que se benefician de ella, trata de mujeres engañadas (suelen ser reclutadas en la Europa del Este), herencias familiares, celos de parejas, enredos matrimoniales, envidias, corrupción política, desapariciones, falsas asociaciones benéficas, historias malditas que se prolongan en el tiempo, equívocas tradiciones, secuestros desconcertantes, suicidios sin mayor razón, apuestas ilegales, asesinatos dignos de un laberinto (por lo general, familiar o amoroso o fruto de la corrupción inmobiliaria, por ejemplo), ambiciones económicas y, claro está, tratándose de Sicilia, familias mafiosas que se disputan el negocio de las basuras, del tráfico de drogas y de lo que se disponga a la hora de ganar dinero, influencia e imponer el miedo en la población, los Sinagra y los Cuffaro, en la ficción.

Menuda tropa la que sale retratada en cada capítulo, tan real, o más, que la vida misma. Este es otro elemento a sumar al soberano éxito. Porque todo está contado sin engolamiento, sin demagogia, sin falsos mensajes solidarios que olerían a naftalina en una realidad más compleja que cualquier discurso político al uso. Y el método Montalbano para resolver los intrincados casos: el instinto del comisario, tras la acumulación de datos. Una frase, un detalle le permite al autor compartir con el lector, con el espectador, los pasos del comisario y sus colaboradores, para resolver, de manera tan paradójica como brillante, un caso tras otro. Si se le añade el factor amoroso de Montalbano, su novia Livia, en Génova, las visitas, los usos y costumbres de ambos, los encuentros y los desencuentros, la ecuación resulta perfecta.

Uno se adentra en la vida de todos estos personajes hasta hacerlos de su familia, acompañarlos de la comisaría a la trattoria, a los diversos escenarios: domésticos, estrambóticos, elegantes, humildes, misteriosos, peligrosos, teatrales, televisivos y, siempre, el centro del laberinto, la maravillosa casa del comisario, frente al Mediterráneo, con la terraza con una luz deslumbrante al atardecer. Cómo no va a repetirse año tras año la serie. Que nunca termine, eterno, querido compañero Montalbano.

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