The Objective
Juan Luis Cebrián

Reclamo del pensamiento complejo

«En vísperas de una posible y destructora guerra mundial, los españoles tenemos derecho a que en el Parlamento se debata la política de seguridad y defensa del país»

Opinión
Reclamo del pensamiento complejo

Ilustración generada mediante IA.

Tras la guerra de Ucrania y el bombardeo de Irán, algunos estudiosos de las universidades norteamericanas se han apresurado a diagnosticar el fin de la globalización económica y el retorno a un sistema mundial basado en las zonas de influencia y los modelos tradicionales del imperialismo. Reconociendo la solidez de muchos de los argumentos empleados, y el indudable objetivo de los gobernantes de las grandes potencias deseosos de convertirse en los amos del mundo, conviene prevenir a la opinión pública sobre la tendencia de los políticos en el poder a adueñarse de la libertad de pensamiento y su expresión a fin de garantizar sus propias ambiciones.

Precisamente hoy, 1 de abril, estaba previsto que los presidentes de Estados Unidos y de China se encontraran en Beijing, cita que ha sido finalmente aplazada hasta mediados de mayo debido al desarrollo de la guerra de Irán. Portavoces oficiales han asegurado que ese nuevo calendario será respetado incluso si continúan las hostilidades y los bombardeos en Oriente Medio. Y tal como se desarrollan los acontecimientos, nadie está en situación de asegurar que eso no ha de suceder.

Trump llegó al poder advirtiendo de la eventualidad de una tercera guerra mundial, en lo que algunos interpretaron como un bluff demagógico para justificar su apelación a los gobiernos europeos de que aumentaran su gasto en defensa. Las opiniones y demandas de la Casa Blanca para que los países de la OTAN aumenten su contribución al presupuesto de la Alianza se basan sobre todo en la constatación de que la prolongación de la guerra en Ucrania ha diezmado las reservas de munición en muchos países y debilitado su capacidad operativa. Europa es hoy, militarmente hablando, más débil que hace cuatro años. También es más endeble en su posicionamiento político y su justificado reclamo de que se respete el derecho internacional no puede ser avalado por la existencia de un poder real que lo garantice.

En ocasiones he comentado la insistencia de Edgar Morin, el último gran pensador europeo que nos queda tras la muerte de Habermas, en que la crisis que padece el mundo es fundamentalmente una crisis del pensamiento complejo. Es decir, de aquel que no divide a las gentes entre buenos y malos, y mucho menos describe del mismo modo los supuestos únicos dos lados de la Historia. Por explicarlo con las palabras del propio filósofo, el pensamiento complejo asume que las verdades profundas, antagonistas las unas de las otras, pueden ser al mismo tiempo complementarias y nunca se puede aislar el estudio de una situación del contexto en que se produce. Él mismo añade que la definición de la complejidad llegó a su mente a finales de los años 60 del siglo pasado «vehiculizada por la Teoría de la Información, la de los Sistemas y la Cibernética».

Esa misma teoría nos ayuda a comprender hasta qué punto la globalización económica es un hecho persistente, con sus avances y retrocesos, frente al que la gobernación basada en la cultura westfaliana de los Estados nación se muestra progresivamente más incapaz para resolver los conflictos actuales. Y esta complejidad se aplica también al establecimiento de valores morales que animan a las diversas culturas y civilizaciones, cuando cada una proclama ser la superior de cuantas existen y se comporta como tal, no pocas veces amparándose en representar fielmente los designios del creador del universo.

«Trump y Sánchez tienen actitudes morales y políticas casi idénticas aunque ellos presuman de ser antagonistas»

El orden liberal, en el que se funda la cultura política y económica de Occidente, acostumbra a proclamar su inocencia y virtud frente a los excesos y corrupciones de otros sistemas que gobiernan el globo. Y es curioso que esto se traduce en comportamientos y declaraciones de personajes aparentemente tan opuestos como el presidente Trump y el presidente Sánchez, cuyas actitudes morales y políticas son casi idénticas y complementarias, aunque ellos presuman de ser antagonistas. Su egolatría enfermiza, su programa de hacer grande a América de nuevo o de proclamar y definir a España como avanzadilla y campeona de la democracia y la prosperidad europeas resultan irrisorios ante la gravedad de las consecuencias del mandato de ambos.

Tenemos por delante una amenaza real que está costando ya cientos de miles de vidas humanas, en el corazón de Europa y en su vecindad de Oriente Medio. Y en el caso de nuestro país, de Europa en general, un desconcierto sobre el futuro del continente y su política de seguridad. También, tanto en Washington como en Madrid, un desprecio a toda opinión que no concuerde con el mando, un partidismo errático y ufano de sí mismo y una ausencia de criterios morales, cuando no una perversión de los mismos en la toma de decisiones.

Hablando del contexto que Morin reclama, una de las cosas que más me asombran en las circunstancias actuales es el mutismo, el persistente silencio sobre la evolución de la guerra de Ucrania, que ha costado ya un millón de víctimas, acaba de entrar en su quinto año de funcionamiento y sobre la que casi nadie espera una resolución temprana. Tampoco se habla de la responsabilidad inicial de la OTAN en la contienda al insistir en su extensión hacia las fronteras rusas, pese a las advertencias que muchos hicieron en contrario. Y la ausencia de debates en nuestro Parlamento, oficialmente democrático, es decir, del pueblo, sobre las decisiones geopolíticas y de gasto militar que atañen directamente a la seguridad y los riesgos de nuestro país y su población.

Las revistas especializadas aseguran que varios países de la Alianza apenas cuentan con munición para unas semanas en el caso de que se vieran envueltos en una guerra. Entre ellos está España. Las reservas en armamento también se han visto diezmadas y la posibilidad de aumentarlas requiere en muchos casos el apoyo de la industria norteamericana y de la tecnología israelí.

«La política de Sánchez ha debilitado extraordinariamente la unidad del Estado y sus relaciones con nuestro entorno geopolítico»

La política de Sánchez ha debilitado extraordinariamente la unidad del Estado y sus relaciones con nuestro entorno geopolítico. Su cita con los presidentes de la izquierda iberoamericana para luchar contra la internacional reaccionaria (uno de ellos el de Chile, ya vencido por la oposición, y otro el de Colombia, en parecido trance) no es seguro que facilite la celebración de la Cumbre Iberoamericana que el Gobierno español ha de celebrar en noviembre. En cualquier caso, es nuevamente un remedo de la cita con los gobiernos latinoamericanos conservadores o incluso de ultraderecha que convocara Trump hace poco tiempo.

Las relaciones de España con Iberoamérica no pueden someterse a los intereses partidarios y propagandísticos de un Gobierno español pretendidamente socialista, cuyos principales dirigentes y la familia del mismo presidente van a ser juzgados por corrupción y malversación de fondos públicos, mientras el expresidente Zapatero se confiesa íntimo amigo y colaborador de los gobernantes de la oprobiosa dictadura chavista.

Comprendo las dificultades de ministros como Óscar Puente y otros colegas suyos para hacer uso del pensamiento complejo, y aun del simple; y ya sabemos que Sánchez es un ágrafo empedernido al que le escriben las tesis, los libros y los artículos que firma. Pero en vísperas, por teóricas que parezcan, de una posible y destructora guerra mundial, los ciudadanos españoles tenemos derecho a que nuestro Parlamento sea el lugar donde se debata la política de seguridad y defensa de un país como el nuestro. Es dueño aparente de la llave del estrecho de Gibraltar, soberano en un archipiélago autónomo nacional frente a las costas del Sáhara, con lazos históricos y fraternales con la propia América y dos antiguas plazas militares, hoy día ciudades formalmente europeas, como son Ceuta y Melilla, reclamadas histórica y persistentemente por Marruecos. Por cierto, un Estado conocedor de cientos de conversaciones secretas e íntimas de nuestro presidente Sánchez. ¿No resultan datos suficientes para recuperar el pensamiento complejo?

Publicidad