The Objective
Pelayo Barro

Juicio a los pilares del sanchismo: feminismo, sanidad y desahucios

«Se juzga el engaño que terminó siendo el sanchismo. Sus pilares esenciales salen trastocados. La preocupación política en Moncloa está en niveles estratosféricos»

Opinión
Juicio a los pilares del sanchismo: feminismo, sanidad y desahucios

Ilustración de Alejandra Svriz.

En los medios lo llamamos caso mascarillas o, con criterio aún más certero, caso Ábalos. Pero, políticamente, lo que estos días se juzga en el Tribunal Supremo va muchísimo más allá de unas comisiones ilegales en la compra de mascarillas durante la pandemia, de colocar en empresas públicas a mujeres escogidas por el ministro vía catálogo o de pisos de regalo en la Castellana (con «okupas») a cambio de garantizar pelotazos millonarios. José Luis Ábalos, el hombre que defendió en 2018 la moción de censura que aupó a Moncloa a Pedro Sánchez, resultó ser, en realidad, un retrato ácido de todo lo que criticó en aquel estrado del Congreso. De todo lo que el PSOE decía odiar. Mantras del sanchismo como el feminismo, la defensa de la sanidad pública o el manido ‘escudo social’ se tambalean en este primer juicio al Gobierno socialista.

Quién iba a pensar que, con toda España confinada en sus casas, con las UCI colapsadas de pulmones invadidos por las letales neumonías del covid y con morgues improvisadas en pistas de hielo convertidas en congeladores gigantes, un destacadísimo miembro del Gobierno de Pedro Sánchez estaría haciendo —presuntamente— negocio con la compra de mascarillas. O que aquel mismo Gobierno que defendía que nos iba la vida en el 8 de marzo de 2020, que el machismo mataba más que ese tal coronavirus, tenía en su círculo más íntimo a un ministro que estaba escogiendo mujeres de un catálogo, las enchufaba en empresas públicas e incluso las alojaba en un coqueto apartamento de lujo «cerca de Ferraz». Aquel nidito de amor lo pagaba un grupo de empresarios que olió pronto el negocio de las mascarillas y se lanzó a un Ábalos que ya se había iniciado —presuntamente— en lo de las comisiones a cambio de contratos en carreteras y vías del tren.

Ahora se juzga a Ábalos por una serie de comportamientos que en Ferraz nadie vio entonces. O eso dicen, siguen diciendo muchos de cara a la galería, porque por detrás —como ya contó Ketty Garat en esta casa, ¡hace cinco años!— eran muchísimos los que conocían los peculiares gustos del ministro. De «la Jésica» a «la Andrea», «la Ariatna» o «la colombiana nueva». La puerta del despacho ministerial bien podría parecer la del camerino de Bad Bunny. Pero no se engañen, ni pelotazos ni mascarillas ni enchufes. En el Supremo se juzga, de fondo, el gran engaño, la mascarada, que terminó siendo el sanchismo. Sus pilares esenciales salen trastocados. Por ello, la preocupación política en Moncloa está en niveles estratosféricos. Hay motivos para ello.

Pilar uno: el sanchismo presume desde el minuto uno de una condición nuclear feminista. «Soy feminista porque soy socialista», cinco palabras de Ábalos que lo resumen todo. Las dijo, quizás lo recuerdan, la víspera de aquel 8M que debía celebrarse sí o sí. Para algunos, como uno mismo, aquello fue clave para diseminar aquel virus que se llevó a más de 120.000 españoles. A muchas abuelas y abuelos, padres y madres. Ábalos no fue a la manifestación de aquel 8M. Por aquel entonces ya vivía con la joven Jésica Rodríguez en su «casita de novios» de Plaza España (aquí se lo leyeron primero a Teresa Gómez y Ketty Garat).

Ábalos, en cambio, la llamaba a ella «España» y la había conocido en un catálogo de prostitutas (exclusiva también de TO). La había enchufado en la pública Ineco (aquí también en exclusiva) para no hacer «nada» y posteriormente en Tragsatec, vigilando administrativamente obras en la alta velocidad de ADIF. Y mejor no seguir por ahí. Pero «España» no fue la única; también se enchufó a Claudia Montes —‘Miss Asturias’ o ‘La Loca’, según la agenda de Koldo— y a otra buena ristra de mujeres. A Nicole le tocó Emfesa (como desveló Fran Serrato en estas páginas). Feminismo de parador nacional, del que «se enrolla que te cagas», como «la Carlota». Pero es que Ábalos, como dijo Jésica en la primera sesión ante el Supremo, es «muy nocturno». El exministro se descojonó.

Pero «salimos más fuertes»

Segundo pilar del sanchismo: la sanidad pública como principio, nudo y desenlace del Estado español. Alfa y omega del sanchismo. El Santo Grial de Moncloa. Todos los grandes relatos del sanchismo suelen girar en torno al concepto de la protección de la sanidad pública para justificar cualquier cosa que se le ocurra a Sánchez. Su pacto con Bildu, por ejemplo, resulta necesario para mantener la sanidad pública funcionando —porque antes del Gobierno de coalición progresista no había hospitales, médicos ni penicilina, si me apuran—. O la asfixiante carga fiscal que soportan las clases medias y los autónomos de España; también esa se justifica con las palabras mágicas «sanidad pública». Lo sabe toda España, pero la que estos días prepara la cartera para la renta, no la otra «España» de catálogo. Quizás les suene aquello de «juntos salimos más fuertes», el eslogan pandémico parido por la legión de asesores de Moncloa que el Gobierno plasmó en todas las portadas de periódicos de España. Vaya si salieron más fuertes algunos.

«Aquellas comisiones se cobraron por el bien de la salud de los españoles, no se engañen»

En aquel primer momento de la pandemia, los comisionistas de mascarillas ya campaban a sus anchas por Transportes y por otros organismos del Estado. Pero aquellas comisiones se cobraron por el bien de la salud de los españoles, no se engañen. Había que traer mascarillas como fuera, aunque hubiese que escoger a una empresa que no se dedicaba a ello, que tenía antecedentes por corrupción y que no ofrecía garantías de que el material fuera bueno —spoiler: aquellas mascarillas eran inservibles—.

El contrato salió adelante en nombre de la sanidad pública. Ojo al dato: el encargo firmado por Ábalos para Puertos era de 4 millones de unidades de mascarillas, pero unos 38 minutos después, pensando seguramente en la salud pública, el ministro firmó otra orden que anulaba la anterior y elevaba el pedido a 8 millones de mascarillas. Duplicaron su apuesta por la sanidad pública. En total, 36 millones de euros en dos contratos, de los que unos 6 fueron a parar a los bolsillos de los comisionistas, y de esos —presuntamente, de nuevo— a los de Ábalos. Salimos más fuertes, se lo digo yo. Aunque admitámoslo, tampoco era difícil hacerlo mejor que los primeros días de la pandemia, con sanitarios protegidos con bolsas de basura y respiradores para cerdos reutilizados en humanos en UCIs abarrotadas.

‘Okupas’ en la Castellana

Tercer pilar. Tercera careta que se le cae al sanchismo en el Supremo. El ‘escudo social’, esa especie de cajón de sastre en el que entra absolutamente todo y que se evoca tras cada Consejo de Ministros. La mejor muestra de ‘escudo social’ fue aquel piso en el Paseo de la Castellana de 280 metros cuadrados valorado en 1,9 millones de euros que la trama —presuntamente— le había propuesto a Ábalos como forma de cobrar las mordidas. Un alquiler con derecho a compra y un problema muy de aquella época: tenía un okupa. Vaya. En este caso, tres. Tres personas que esta misma semana pasarán por el Supremo a relatar cómo se les intentó desahuciar para dejar libre el piso que le habían prometido al ministro. El escudo social es muy de pisazos. Que le pregunten a Santos Cerdán. Presuntamente.

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