The Objective
Fernando Savater

Volver a vivir

«Todos los sastres son torpes, pero cada uno se equivoca a su modo y ese pluralismo de errores es menos fastidioso que la incómoda creatividad del recién llegado»

Despierta y lee
Volver a vivir

Imagen generada por IA.

Quieras que no, el Domingo de Resurrección siempre introduce un grato tintineo de campanilla en la vida más sosa. Incluso quien se ve que ha nacido para morirse (todos tenemos ese destino, pero a algunos se les nota más que a otros) agradece que un día al año parezca destinado a salir de la huesa y dar un susto a la parentela. ¡Salir de la huesa, menuda guasa!

Si se mira el asunto objetivamente, la resurrección tiene más inconvenientes que ventajas. La gracia de estrenar la vida, como los niños, estriba en lo mismo que cualquier otro estreno, en la novedad de la indumentaria. Un traje nuevo es en principio mejor porque aún no sabemos de dónde nos tira ni por dónde aprieta demasiado. En cuanto lo hayamos llevado una semana, ya serán más patentes sus incomodidades que el perfecto estilo de su corte.

Echaremos de menos muy sinceramente otros defectos habituales, preferibles a los agobios inéditos que ahora debemos descubrir. Todos los sastres son torpes, pero cada uno se equivoca a su modo y ese pluralismo de errores es menos fastidioso que la incómoda creatividad del recién llegado. Más vale una equivocación incorregible que un repetido desastre capaz de sorprendernos por su pertinacia. Volver al mundo una y otra vez para tropezar siempre con el mismo pespunte da una sensación de esterilidad que puede llevar al suicidio. Y la verdad es que suicidarse después de haber resucitado es un esfuerzo particularmente inútil…

Aparte de la resurrección propiamente religiosa, sin duda la más importante, la resurrección de Cristo Salvador, hubo el pasado domingo en la plaza de la Maestranza de Sevilla otras dos vueltas a la vida casi igual de milagrosas. Una fue el regreso al ruedo de Morante de la Puebla, al que hace seis meses despedíamos sin creérnoslo demasiado. Morante se marchará un día de estos, sin duda, pero no un día cualquiera: los astros deben alinearse de forma determinada y él tendrá que pescar la luna en el charco de las sombras y sacarla victorioso para que todos la vean.

Con cierta timidez, porque es una verdad imponente, el mejor torero dijo que no se va porque hace falta que siga. No solo hace falta a los aficionados, sino a todos, porque cuando aparece un artista como él, lo necesitamos todos. Si él, por lo que sea, ya no torea, ¿cómo viviremos los demás? Para que podamos dar los naturales y trincherazos que nos pide la vida, es imprescindible que alguien se ofrezca como modelo. Debe haber un rincón donde se resguarde lo más precioso, el frasquito de las esencias, lo que no puede derrocharse. Si ese pomo se rompe, no sabremos de dónde importar ese parangón que necesitamos.

«Juan Carlos aviva un rastro de simpatía castiza allí por donde pasa».

Hay gestos que no pueden imitarse, temblores que la vida misma se desvive porque no nos falten. Morante volvió, nos dio lo que esperábamos; después guardó silencio. Pero ya sabemos que está ahí, que no se ha ido, que no podemos echarle en falta. Dentro de poco nos lo echaremos otra vez al plato y será fiesta de nuevo…

Pero hubo también en la Maestranza otra resurrección de postín: me refiero naturalmente al rey Juan Carlos, llegado expresamente de Abu Dabi. Hay algo de audaz y provocativo en la torería del impropiamente llamado rey emérito, que desafía convenciones y opta por un tema polémico. Pero en la vida de Juan Carlos I, casi todo ha sido desplante: desde que a la muerte de Franco se plantó ante el toril español a puerta gayola y dio una admirable larga cambiada que, en efecto, cambió el destino de nuestro país.

A diferencia del presidente Pedro Sánchez, que no puede pasearse solo por donde haya gente libre (se nota que es libre porque inmediatamente le llaman de todo), Juan Carlos aviva un rastro de simpatía castiza allí por donde pasa. No siempre es aprobación, ni adhesión a su persona, porque además de valiente cuando hubo que serlo, fue golfo cuando no debía. Pero incluso quienes, cuando se ponen serios, más le critican, guardan una cariñosa admiración por él. Y uno tiene que morderse los labios para, cuando le ve pasar, ya frágil y caduco, pero en cierta forma todavía más chulo que un ocho, no gritarle: «¡Torero! ¡Eh! ¡Torero!». Como a Morante, otro grande de esta España nuestra que siempre resucita…

Publicidad