David Mejía

¿Por qué me bloquea Pablo Iglesias?

«No dudo que Iglesias me bloqueara con la desidia con que aparta las moscas que le molestan mientras lee en su jardín, pero lo interesante no es la identidad del insecto -en este caso, yo- sino el hecho de que un político pueda vetar a un ciudadano en Twitter, cuando esta red social se ha convertido en la plataforma de comunicación predilecta de los poderes públicos»

Opinión

¿Por qué me bloquea Pablo Iglesias?
Foto: SUSANA VERA| Reuters
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Di la noticia en casa pasadas las tres de la tarde: «Pablo Iglesias me ha bloqueado». «¿Pero qué le has hecho?» Reconozco que la pregunta me ofendió. Estamos hablando de un señor que ha negociado con los regímenes de Venezuela e Irán y que la semana pasada estaba sentado en la comisión del CNI. Cosas de casa: si hubiera vuelto magullado por un encontronazo con Jack el Destripador también insinuarían que el desliz fue mío. Culpas aparte, la sensación de saberse bloqueado no es agradable. Recibí muchas felicitaciones en Twitter, pero no me consolaron.

Pablo Iglesias es un hombre ocupado; me costaba creer que hubiera encontrado tiempo para leer mi columna sabatina. Pero sobre todo es un hombre curtido: que mis palabras le hubieran afectado me resultaba todavía más inverosímil. El caso es que me bloqueó y yo me inquieté: ¿Le habré ofendido? ¿Habré cruzado esa frontera que siempre he defendido?

Huelga decir que no hubo insultos, ni siquiera una interpelación directa. Además, uno es consciente de su irrelevancia -¡quién fuera Jorge Javier Vázquez!-. No dudo que Iglesias me bloqueara con la desidia con que aparta las moscas que le molestan mientras lee en su jardín. Pero lo interesante no es la identidad del insecto -en este caso, yo– sino el hecho de que un político pueda vetar a un ciudadano en Twitter, cuando esta red social se ha convertido en la plataforma de comunicación predilecta de los poderes públicos.

La vida de Pablo Iglesias no debe ser fácil: tres hijos, un partido, un escaño nacional, una vicepresidencia y ahora una campaña electoral, con los apuros y cambios de vestuario que supone. Quisquis ubique habitat, Maxime nusquam hábitat: «Quien vive en todas partes, Máximo, no vive en ningún sitio». El epigrama es de Marcial, pero yo lo tomo del ensayo que Montaigne dedica a la ociosidad: «el alma se pierde cuando no tiene un fin establecido».

¿Qué fin persigue tu alma, Pablo? Esta es una pregunta sencilla de contestar para cualquier político, menos para el que vive enamorado de una revolución épica que no llegará. La promesa de esa revolución siempre es más atractiva, más vendible, que la tediosa gestión. El BOE es poder, pero un megáfono en Vallecas es adrenalina. Yo te entiendo, y además te creo: creo que te sientes más cómodo en sudadera que en un traje de chaqueta, en el asfalto que en la moqueta. También entiendo que volver al mileurismo es imposible.

Es curioso que el bloqueo -como el portazo, el colgar sin despedirse- te acerca a quien pretende alejarse. Intentas penetrar en su conciencia, advertir sus motivos, conocer sus circunstancias. Desde que me ha bloqueado sin explicación, me siento más cerca que nunca de Pablo Iglesias. El despecho, ¡qué arma prodigiosa!

¿Por qué me has bloqueado, Pablo? Está mal que un político le niegue a un ciudadano la posibilidad de seguirle. Y mucho peor es que un político pretenda borrar a un ciudadano. Porque lo grave no es que el político se esconda, sino que sotierre al ciudadano, lo ciegue y enmudezca. El bloqueo no es para impedirme seguir a Pablo Iglesias, sino para que él pueda dejar de ver a quienes opinan como yo. Es sencillo, pero inquietante: Pablo Iglesias me bloquea para que me calle.

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