Cristina Casabón

Purga contra el progreso

«Pinker ha sido purgado por poner esa libertad individual por encima del colectivo y atreverse a expresar su opinión, y no será el último»

Opinión

Purga contra el progreso
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos es una reflexión atemporal sobre los resortes del poder y de la dominación, sobre la evolución del concepto de libertad. Constant realiza una distinción entre libertad moderna, de unos Estados Unidos recién fundados y la Europa progresista, y la libertad antigua. La libertad de los antiguos consistía en ejercer de forma colectiva y directa distintos aspectos de la soberanía. Esta libertad admite la sujeción del individuo a la autorizada del conjunto; no se concede nada a la independencia individual. En los sistemas políticos de la Antigüedad existe una falta de noción de los derechos individuales, la «autoridad del cuerpo social» se interpone. «Puesto que vivimos en tiempos modernos, deseo una libertad adecuada a los tiempos modernos», dice Constant.

Desde finales del siglo XIX la libertad moderna se convierte en un concepto-fuerza que en adelante comienza a ser utilizado como contrario al nacionalismo, el comunismo y el colectivismo. Constant, sin embargo, nos advirtió de que los Antiguos rechazarían la libertad moderna. Experimentos como el nacionalismo, el populismo de izquierdas y de derechas, o las políticas identitarias, que sitúan al individuo como miembro de una nación, un grupo o un colectivo parecen estar resucitando la libertad antigua.

Estos movimientos están posibilitando el regreso de un tipo de tiranía bajo un ente colectivo de dominación que ejerce la anulación del disidente y su expulsión de los espacios: es la amenaza de represalia que caracteriza tanto a sistemas de gobierno autoritarios como a sociedades intolerantes. Editores despedidos por publicar piezas controvertidas, libros retirados por contener palabras prohibidas, periodistas señalados por hablar o escribir sobre ciertos temas, profesores investigados por lo que publican en redes sociales… La semana pasada fue el turno del positivista Pinker, acusado en base a cinco tweets, señalado públicamente en una Carta abierta para eliminar a Steven Pinker de la LSA.

Pinker es uno de los portadores de la antorcha académica de la Ilustración en nuestro tiempo. Aún recuerdo su intervención, desplegando datos sobre los dilemas del progreso frente al publico del Ateneo de Madrid, con un mensaje cristalino: «El progreso es innegable, pero no inevitable». En efecto, ahora es su nombre el que está en la diana, el regreso de la libertad de los Antiguos sacrifica al individuo crítico para que no haya fisuras en el colectivo. Trasplantar la censura o la purga ideológica a los tiempos modernos es solo una de las caras del regreso de la libertad de los antiguos y confirma la no inevitabilidad del progreso.

Aunque las democracias liberales ofrecen protecciones muy amplias para proteger la libertad individual, el colectivismo ejerce un tipo de contrapeso en tanto que tiraniza a individuos que piensan diferente. Es difícil sin embargo desmontar ese discurso que nos dice que el colectivismo promueve la solidaridad y la igualdad entre las personas y hace una grotesca caricatura del individualismo como sinónimo de egoísmo, atomismo social, indiferencia y falta de solidaridad. Se dice que la libertad individual es amoral; se contempla como simple disfrute de la independencia privada y obvia que solo esta libertad es la que nos interesa y la más adecuada para la democracia liberal. El colectivismo sostiene que el hombre debe estar sujeto tanto a la acción colectiva como al pensamiento y la emoción colectiva en aras del «bien común», una suerte de utopía marxista.

El individualista, que pone la libertad individual por encima de la grupal, desconfía de la manipulación que se hace de las asociaciones y de las palabras, es decir, evita caer en la falacia de la reificación o en la interpretación de la alineación de Marx o atribuir conceptos y propiedades abstractas a entidades individuales o colectivas. La literatura que nos puede ayudar a comprender este comportamiento es muy amplia, empezando por Horacio Tarcus, que en su ensayo La secta política hace un análisis del comportamiento sectario por parte de algunos grupos o partidos de izquierda marxista. Según Tarcus, «la identidad ideal que se forja en la secta política implica la cuasi disolución del individuo en el todo grupal».

En la actualidad, el liberalismo sigue estando obligado a defenderse de las constantes acusaciones de inmoralidad (se le acusa de ser una ideología de las personas egoístas e indiferentes, de los psicópatas sociales, de los ricos), pero el mayor ataque contra la libertad de los modernos es aquel que se ejerce contra los derechos y libertades individuales, el alma de una sociedad liberal. Desde este punto de vista, los principios liberales de Benjamin Constant en favor de la libertad de los modernos ya previenen acerca de este tipo actitudes sectarias que en aras de una mayor justicia social pueden debilitar nuestras normas de debate abierto y la pluralidad a favor de la conformidad ideológica. Pinker ha sido purgado por poner esa libertad individual por encima del colectivo y atreverse a expresar su opinión, y no será el último.

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