José García Domínguez

¿Qué hacer en Venezuela?

«Las dictaduras, desengáñense los cándidos, jamás han caído solo con encendidas consignas y presión en las calles».

Opinión

¿Qué hacer en Venezuela?
Foto: Matilde Campodonico| AP
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Durante décadas y décadas, casi un siglo completo de hecho, México, su orden institucional, materializó el modelo ideal de dictadura perfecta con el que siempre han soñado todos los autócratas que en el mundo han sido. Y es que la dictadura perfecta, como su propio nombre indica, es eso, una dictadura, pero implementada al modo canónico de la célebre marca de compresas Evax, esa que no se nota, no se mueve y no traspasa, si bien el paso del tiempo, que todo lo corroe, hasta ha logrado convertir al México actual en algo más o menos parecido a una democracia liberal. Un tránsito que ha dejado el decanato de las dictaduras perfectas en manos de los chavistas venezolanos. Una dictadura impecable, cierto, la que dejó en herencia Chávez a Maduro, mas no una dictadura comunista como tantas y tan erróneas veces se ha repetido. De hecho, el gran yerro analítico a la hora de catalogar al chavismo ha sido asociarlo con el comunismo cubano. Y ello porque el modelo de Chávez nunca fue Cuba con su abierto e indisimulado Estado policial si no, como ya se ha entredicho ahí arriba, el México nada lindo de los años gloriosos del PRI. Porque los genuinos mentores intelectuales de Chávez, valga el oxímoron, no fueron en realidad los hermanos Castro sino los viejos dinosaurios que alumbraron en su día aquel otro oxímoron no menos improbable, el de un partido político que se decía a un tiempo revolucionario e institucional.

Como en el México de cuando entonces, también los chavistas, cuyo sistema resulta menos chusco que su retórica, tuvieron en su día la lucidez estratégica suficiente como para nunca dejar de mantener la apariencia externa, si bien transformada en mero cascarón ornamental, propia de un sistema pluralista. Por eso en Venezuela se siguen dando todos los elementos formales propios de una democracia representativa: hay partidos políticos, hay campañas electorales, hay urnas, papeletas y colegios electorales… Hay de todo, de todo salvo la posibilidad real y efectiva de poder desalojar del Gobierno al presidente de la República y a sus ministros sin necesidad de recurrir a la violencia. De eso no, no hay. Enrique Krauze, el autor de la más lúcida autopsia ideológica del régimen, tiene escrito que Chávez nunca formó parte en realidad del árbol genealógico del marxismo ni tampoco, más en general, del socialismo. Tanto para lo uno como para lo otro, le faltaban demasiadas lecturas, casi tantas como testosterona le sobraba. Lo suyo, es sabido, era otra cosa; ese cajón de sastre que, a falta de definición mejor, hemos concedido en llamar populismo. Y todos los populismos, igualmente es sabido, comparten un mínimo común múltiplo, el trípode insoslayable sin cuyas patas ninguno de ellos logra aguantar demasiado tiempo en pie.

Estamos hablando de, primero, un relato binario y maniqueo que idealice al pueblo, los de abajo, frente a la casta, los de arriba; segundo, de la deslegitimación permanente de las instituciones propias de la democracia liberal, fuente última, aseguran, de todas las corrupciones; y tercero, de establecer canales de comunicación directa, sin intermediarios, del líder carismático con su pueblo. Un carisma innato que, a diferencia de Chávez, ni naciendo cien veces podría adornar con el aura de la devoción popular a un tipo tan plano como Maduro. Ni cien veces. Por lo demás, ¿qué hacer? A nosotros, los plácidos europeos, nos place el insurreccionalismo romántico y su corolario estético, la pureza épica, esa intransigencia purista que nunca concede la más mínima negociación con los grandes principios. Nos gusta mucho todo eso, sí, pero cuando tenemos que deshacernos de nuestras propias dictaduras domésticas, ya sea en España o en los antiguos países comunistas del Este, nos olvidamos de la literatura infantil de aventuras y bajamos al fango de la transacción y el arbitraje con los del otro bando; sin embargo, lo que vale para nosotros nos escandaliza en grado sumo cuando se trata de otras latitudes y de otros dictadores. La literatura romántica puede hacer, sin duda, que nos sintamos bien con nosotros mismos, pero nunca logrará que caiga una dictadura, tampoco la venezolana. Las dictaduras, desengáñense los cándidos, jamás han caído solo con encendidas consignas y presión en las calles. Venezuela, su transición, necesitará lo mismo que tuvimos nosotros, los españoles. Dejemos los cuentos de aventuras para los niños.

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