Julia Escobar

Questo paese è ingovernabile

«Si en algo coincidían entre ellos y también conmigo era en la asunción absoluta de la enorme influencia que Francia tuvo en toda Europa durante los siglos y los países que a los tres nos interesaban y que se extendió hasta hace no tanto»

Opinión

Questo paese è ingovernabile
Foto: Wikimedia Commons

Brujuleando entre periódicos atrasados, encuentro un artículo (el autor es lo de menos) sobre timos, estafas y otras lindezas del pasado y entiendo que si lo he conservado era más por la protagonista que por el tema. El artículo rastrea los escándalos financieros del pasado de la historia de España y se remonta, como es natural, al protagonizado por doña Baldomera, «la banquera», hija de Larra, el periodista más citado de España («vuelva usted mañana») y el autor se refiere a ella como la «famosa dama de las patillas». El error no es muy grave: sencillamente se equivocó de hija. Todos saben que Larra se suicidó por amor, pero muy pocos que tuvo tres hijos con un destino también muy singular, en particular las dos mujeres y más en particular para el tema del mencionado artículo, doña Baldomera, que acabó en los «papeles», aunque no en el mismo sentido que su padre, sino como precursora de Mario Conde.

Doña Baldomera estaba casada con el médico del rey don Amadeo de Saboya, y su familiaridad con este último propició que su hermana Adela, la niñita que fuera testigo del suicidio de su padre, aunque diez años mayor que él, accediera al lecho del monarca, convertida ya en un bellezón. Muy cortesana y muy de moda, era llamada «la dama de las patillas» por la vellosidad que casi le cubría el rostro, como describe Galdós en sus Episodios Nacionales (Amadeo I) lo que demuestra que cada época tiene sus propios estándares de belleza:

«Era la tal de mediana talla, bien formada y no mal constituida de carnes y anchuras … el rostro, tan agraciado como hermoso: tez morena, ojos expresivos, grande la boca, tan abundante el pelo, que no se contenía dentro de sus límites naturales, extendiéndose por delante de la oreja, como un rudimento suave de varoniles patillas».

Esta doña Adela también fue una precursora, como su hermana pequeña, pero de los escándalos sexuales reales mediáticos, es decir de doña Corina, la cruz de nuestro ex Rey Emérito actual. Vean cuántas similitudes: cuando su regio amante la abandonó, ella le amenazó con publicar las trece cartas subiditas de color que él le había escrito. El italiano le mandó un propio con una oferta dineraria, pero, debido a la reputación del padre no consiguió librarse de la patilluda dama, como era su deseo y, sin duda, esta imposibilidad, y el continuado acoso de aquella, fue lo que, entre otras cosas, precipitó su abdicación y le hizo exclamar aquello de Questo paese é ingovernabile!, frase que repetiría en más de una ocasión.

Por su parte, a doña Baldomera se le había ocurrido un negociazo. En un local de mala muerte, y con cuatro empleados, creó una «Caja de imposiciones», donde el dinero entraba y salía a raudales. Hasta que dejó de salir para quedarse en el bolsillo de la astuta financiera. Doña Baldomera huyó de España, pero no sé si por imprudencia o porque alguien le tendió una trampa haciéndola creer que todo se había olvidado, volvió y tuvo que purgar su pena. La peor parte se la llevó el hermano de ambas, Luis Mariano, letrista de zarzuelas (El barberillo de Lavapiés, La Africanita, etc.) que a cada estreno tenía que sufrir el pateo de los perjudicados por su hermana, la cual, como los tiempos no lo permitían, no pudo ni explotar su historia en las televisiones, ni hacer carrera en ningún partido político. ¡Pobre mujer!

Algunos de estos datos me los había contado Juan Eduardo Zúñiga mientras preparaba su libro Flores de plomo, libro de cuentos en torno a Larra, en el que recrea con su maestría habitual el suicidio del escritor «afrancesado».  Zúñiga falleció recientemente a los cien años y es, junto a José Jiménez Lozano, que también murió este malhadado año, una de las personas que más me han ayudado e influido en mi aprendizaje literario. Poco había de común entre ambos, pero los dos supieron transmitirme, a través de todos esos años, el entusiasmo por sus respectivas preferencias y, en cierta manera, encauzar las mías.

Si en algo coincidían entre ellos y también conmigo era en la asunción absoluta de la enorme influencia que Francia tuvo en toda Europa durante los siglos y los países que a los tres nos interesaban y que se extendió hasta hace no tanto. Pues bien, a pesar de los vínculos evidentes, de los testimonios históricos, de la presencia real de unos contactos y unas influencias que se han mantenido constantes (y en ambas direcciones) a lo largo de los siglos, en un periodo de tiempo que a mí me parece brevísimo (treinta años no es nada), toda una generación de periodistas, traductores y críticos literarios han olvidado limpiamente dicho legado hasta el punto de cometer errores que revelan las nuevas influencias como, por ejemplo, pronunciar «Waterlú», al referirse a Waterloo, municipio belga situado en el Brabante valón, puesto de moda por el fugado Puigdemont, como si fuera una palabra inglesa y no «Vaterló», como se pronuncia en valón.

Mi sensibilidad ante este tema se ha visto sacudida por cierta reseña de la traducción de un libro de George Sandpseudónimo de Aurore Dupin, francesa de pura cepa, cuya autora destrozó de un plumazo uno de los mitos más sugestivos del romanticismo franco-español (como recordarán la escritora vivió en Mallorca un tortuoso romance con Chopin) al convertir a la aguerrida dama de las letras francesas en una novelista británica.  Para que no quepa la menor duda, llega incluso a atribuir a este insospechado origen anglosajón la pasión por la jardinería de la venerable autora.

O, más recientemente, una magnífica traductora del ruso, en una novela emblemática para entender la Revolución rusa, al hablar de una «cultilatinaparla», llamada bas bleu en el texto original, lo tradujo literalmente por «media azul», sin explicación alguna, no como aquel famoso traductor que al confundir ancre (ancla) por encre (tinta), tradujo jeter l’ancre, por «tirar la tinta» pero, sin duda, no satisfecho con ello, explicó en nota a pie de página  que «era una antigua costumbre de los marineros daneses al llegar a puerto», anécdota que he recogido del impagable libro de Profesor Julio César Santoyo, titulado El delito de traducir, y que no me he resistido a contarles.

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