Jorge San Miguel

El robo en el serrallo

«Entre unos y otros veníamos a acabar con las cloacas, y de momento lo acabado es la distinción entre las cloacas y todo lo demás»

Opinión

El robo en el serrallo
Foto: EFE

Cuando uno se dedica a un negocio como la política es probable que el espejo le acabe devolviendo una imagen que no le gusta. Pasa en muchas otras profesiones, supongo, pero en pocas -el periodismo, quizás la academia- es tan grande la distancia entre lo aéreo de los principios y lo terreno, por no decir estercorario, de los finales. Luego hay un elemento personal, de vida que se va íntimamente por el sumidero de la realidad, como todas. Hacerse mayor. Por ejemplo, un amigo muy querido solía quejarse de la falta de liderazgo de Angela Merkel y acabó trabajando para Carmen Calvo. No pasa nada: otros veníamos a reformar el país y acabamos diseñando enchufes gigantes de poliexpán o haciendo mítines con perretes. La vida.

Digo esto porque lo primero es reconocer que vivir mancha, y determinadas actividades, más que manchar, lo enmierdan a uno hasta el corvejón. Pero hay casos y casos. Tomemos por ejemplo el de un vicepresidente Iglesias. Podemos venía, como escribió hace tiempo Víctor Alonso, que los conoce, a implantar una «república de santos». No se trataba de que unas u otras instituciones o mecanismos hubieran fallado en la anterior crisis, sino que fallaba de manera estructural todo porque la gente que estaba al mando era mala y corrupta, y de aquel fuste torcido del 78 nada recto podía salir. Había que relitigar la Transición y, sobre todo, había que abrir las instituciones para que entrara el aire (acompañado de un montón de gente de Podemos). Un dibujante que admiro lo retrató con esa cursilería que tienen los artistas de izquierdas cuando se ponen a ser de izquierdas: en el Congreso entraba por fin la gente -antes se ve que había extraterrestres-, que eran de colorines y además, qué casualidad, de Podemos. Y una vez las instituciones estuviesen llenas de gente de Podemos, ya se podrían hacer cosas buenas, tal como le escuché a Pablo Echenique en una charla en Zaragoza allá por el otoño de 2014.

Esta era la teoría, y no se puede decir que no se aplicasen a ella. Que las cosas buenas hayan llegado de verdad ya es susceptible de debate. Era dudoso antes, y es dudoso ahora que ocupan sillones ministeriales, algunos construidos ad hoc para sus traseros. Tomemos por ejemplo la transparencia. Después de años con la matraca del plasma de Rajoy y con las reuniones a puerta cerrada, el gobierno progresista ha atravesado una epidemia bíblica con niveles de transparencia, rendición de cuentas y nuda y simple información a los ciudadanos dignos de alguna república ex-soviética de Asia Central. O la independencia de los medios públicos, con una «administradora provisional» en RTVE que va camino de durar más que algún Período Intermedio de las dinastías egipcias. O la justicia. O las puertas giratorias. O la inoperancia internacional. O el respeto a las instituciones.

O tomemos por ejemplo el feminismo. Desde que importamos el Me Too, ha habido ocasión de plantear reformas «de género» de la Constitución, de criticar al poder judicial y ponerle peros a la presunción de inocencia, de contar nombres femeninos en repartos de cine y consejos de administración, y hasta de echar a empujones de los festejos del Día de la Mujer a las mujeres de uno o dos partidos. De lo que no ha habido tiempo ha sido de analizar con perspectiva de género que el partido junior del gobierno feminista parezca funcionar como un serrallo otomano. Se nos han caído de golpe las gafas violeta. Por otra parte, es justicia poética que el género cinematográfico que más se ajuste a esta peli de los recusadores de la Transición sea precisamente el destape. No falta de nada: el jefe rijoso, las subalternas que van y vienen, los amiguetes que tapan y ríen, algún coqueteo con las drogas blandas y mucha caspa. Eso sí, como tributo al siglo XXI han incorporado una trama digital sobre una tarjeta telefónica robada, pero no altera lo esencial. A una incluso le han puesto una mercería: digital, eso sí. Y mientras tanto, qué risas de nuestros jóvenes plumillas de progreso sobre los pisitos de las queridas franquistas en la M30. ¡Qué tiempos, qué peinados, qué gente más cutre!

La cosa no sería tan mala si al menos nos quedase la hipocresía. La hipocresía es ese imprescindible pegamento de las sociedades que nos permite hacer la vista gorda con los vicios propios e, idealmente, los de los demás, mientras no incurran en delito; y que nos exime de decirle a los amigos lo que opinamos de verdad de sus hijos. Del robo en el serrallo a un piadoso così fan tutte. Pero es que estos iluminados venían también a quitarnos la hipocresía. O más bien a quedársela para ellos. Venían a poner videocámaras en las salas de reuniones. A prohibir ganar dinero -mientras escribo esto, el penúltimo escandalito es que un propagandista de Podemos pagaba a sus colaboradores a pavo y media la hora. A fiscalizar los comentarios de mal gusto y las fotos de tetas en grupos privados de Whatsapp, a legislar los piropos, a colocarnos argumentarios para la cena de Nochevieja.

Tampoco es que quepa la sorpresa. Bastaba conocer las ideas y las prácticas de los gerifaltes del partido en época universitaria. Y nadie los conocía mejor que algunos socialistas. Sin embargo, hemos llegado hasta aquí como la rana que se cuece a fuego lento y con la alegre colaboración de no pocos de esos socialistas. A algunos ya les venían bien los discursos estrafalarios emanados de ciertos departamentos y las sucesivas cazas de brujas si les servían para ocupar un lugar al sol en detrimento de los caídos en desgracia, como esos inquisidores de los que hablaba Montesquieu, que se quitaban las penas por la injusticia y el dolor requisando los bienes de los condenados. Otros imagino que incluso se creen lo que dicen; y aún habrá una categoría de jetas estructurales que no distingan entre una cosa y otra. Algunos tenían, lo sé, ideas elevadas sobre el país. También yo creía tenerlas. No importa: la vida te pasa por encima, y reconciliarte con esa certeza es reconciliarte contigo mismo, y quizás, dejar de sermonear. Entre unos y otros veníamos a acabar con las cloacas, y de momento lo acabado es la distinción entre las cloacas y todo lo demás.

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