Ricardo Calleja

Sexo conservador y puritanismo progresista

«El progresista —que se imagina un hippie— dicta cómo tienen que ser las relaciones sexuales, y pretende llegar al absurdo de rediseñarlas»

Opinión Actualizado:

Sexo conservador y puritanismo progresista
Foto: Annie Sprat| Unsplash

“¿Está mal tener sexo con una gallina muerta?” Así rezaba una de las preguntas del cuestionario de Jonathan Haidt sobre los fundamentos de la moral. A alguno le recordará el primer episodio de Black Mirror. En una nueva versión del cuestionario publicada recientemente esta pregunta ha desaparecido. Yo pensaba que la sustituirían por otra más radical, que West World no se atrevió a plantear: “¿Está mal tener sexo con un robot con aspecto de menor de edad?”. Más en concreto: ¿Debería ser ilegal?

Este experimento mental me sirve para deslindar el neopuritanismo progresista de un supuesto paleopuritanismo conservador: las “monjas feministas” de las “monjas inquisitoriales” de toda la vida. Extremos ambos que los liberales ven con idéntico desdén. Vaya por delante: todo parecido entre el puritanismo progresista y la moral conservadora es mera coincidencia.

El liberal entiende la legislación como el modo de articular las relaciones entre individuos libres e iguales. Por tanto, mientras el sexo tenga lugar en la soledad o con artefactos, o con uno o más adultos que consientan, no tiene motivo alguno para restringir la autonomía del individuo. Más aún, si la evidencia empírica le llevara a concluir que el uso de robots sexuales contribuye a reducir los abusos sexuales a menores, estaría tentado de subvencionarlos. Todo menos decirle a la gente qué es bueno para ellos.

El progresista tiene algo en común con el liberal: quiere la emancipación del individuo respecto del orden social tradicional. En esto, ambos siguen a John Stuart Mill: que la sociedad se abra y deje espacio para que los individuos puedan realizar sus experiments in living. La diferencia es que el liberal se toma en serio el principio de reciprocidad y de simetría, dando carta de ciudadanía a cualquier experimento que no haga daño a nadie, mientras que el progresista se empeña en liberarte de las estructuras que te oprimen —sobre todo si no eres consciente— a golpe de decreto ley y de presión social y educativa. Eso sí, con una atribución de responsabilidad al agente o a la estructura que es totalmente arbitraria: para unas cosas la mujer —por ejemplo— es libre para decidir sin influencias; para otras —la pobre— es una esclava del patriarcado a la que hay que llevar de la manita hacia su liberación.

Por eso el progresista —que se imagina un hippie— dicta cómo tienen que ser las relaciones sexuales, y pretende llegar al absurdo de rediseñarlas de acuerdo con un principio tan racional como el del consentimiento expreso. Pero sobre todo se caracteriza por interpretar el comportamiento sexual como función de la estructura social, y por lo tanto como campo de ingeniería social para alterar precisamente esa estructura. No ve en el sexo nada más que relaciones de dominio (entre representantes de colectivos particulares), y busca eliminarlas. ¿Robots sexuales con forma de menores? Lo que más le preocupará será ver de qué género y de qué raza se tratan pues eso podría perpetuar alguna violencia sistémica.

El conservador meramente escéptico y evolutivo ve el sexo como parte de un orden social espontáneo que no conviene rediseñar a golpe de intervencionismo. Seguramente le estomague estéticamente la imagen de un robot sexual, más aún de aspecto efébico. Pero allá cada uno en su vida privada. Pero está también el conservador que he llamado metafísico.

Este comparte lo anterior, pero tiene algo más que añadir, tanto en materia de sexualidad como del papel de la ley en la moralidad pública. Para él, lo decisivo en la moral (también sexual) es la educación del deseo para aprender a gozar con el bien y sentir repulsión ante el mal. Esto es lo que llama virtud. La moral da las líneas maestras de una vida razonablemente plena, de modo que en nuestras relaciones personales podamos vislumbrar un mundo luminoso, que los creyentes esperan que sea su inmerecido premio. El sexo tiene en estas relaciones un papel muy relevante, pero no se reduce a instrumento lúdico, sino que es camino sinuoso de encuentro entre personas, recreativo y procreativo.

Para ayudar a la persona en este camino de virtud que funda el orden social de la familia, la educación es clave. Pero la ley es parte importante de esa educación, aunque el legislador no pueda llevarnos por sí solo a la virtud. La ley siempre educa, promoviendo modelos de conducta, aunque pretenda solo delimitar asépticamente espacios de libertad. A la vez, el conservador metafísico sabe que, ante costumbres y caracteres moralmente corrompidos, la ley no es muy eficaz. Y que no todo lo que es pecado (casi nada, en realidad) debe ser delito. La ley debe proceder por un plano inclinado, pero sin claudicar. Por supuesto, el conservador no ignora que un poder político que se inmiscuye en la vida privada, crea todo tipo de peligros. También los que mandan y sus brazos ejecutores tienen el pecado original que quieren corregir en los ciudadanos.

La virtud fundamental del gobernante es por eso la prudencia, que lleva a acertar con lo más adecuado según las circunstancias. Por eso el conservador —también el metafísico— elude dibujar una legislación ideal. Lo que puede ser adecuado en un contexto (digamos, una prohibición legal de la pornografía), puede ser excesivo, insuficiente, o sencillamente innecesario en otros, también a la luz de la eficacia real de las medidas.

¿Es esto puritanismo? Basta acudir a las fuentes —clásicas y modernas— de este pensamiento, para encontrar una visión completamente distinta a la del puritanismo, también en materia de moral sexual. En el Evangelio son muchos los pasajes que impiden una lectura puritana (“el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, “dejad que la cizaña crezca con el trigo”, etc.). Si se lee la obra de Santo Tomás de Aquino se diluye cualquier sombra de “moral victoriana” (así lo destacó Joseph Pieper en su gran obra Las virtudes fundamentales, al tratar de la castidad como parte de la templanza). Y más recientemente, puede consultarse la “Teología del Cuerpo” de Juan Pablo II, u otros textos de los papas. Pero sobre todo cuando se trata de defender por ley la moralidad pública —como he señalado más arriba— el conservador es muy cauteloso.

En definitiva, en la práctica, el conservador llega a conclusiones que unas veces parecen liberales y otras veces son más cercanas a las progresistas, partiendo de principios que no son ni lo uno ni lo otro. Y aunque en materia táctica quepan muchas opciones razonables, creo que no conviene a los conservadores abdicar de su lenguaje y su modo de razonar, adoptando la verborrea progre o limitándose a las herramientas técnicas del liberalismo (los derechos).

Una cuestión diferente es si no es posible una alianza pragmática con el progresismo —dadas las coincidencias— que ponga freno a la “disolución de las costumbres”. Y aquí estoy con Quintana Paz, que advierte a los conservadores en un artículo reciente que ha motivado este que escribo de que nunca tendrán el respeto de los progresistas. A mi juicio los conservadores están mejor en la cama con los liberales que con los progresistas.

Pero nada de casarse ni con unos ni con otros. Casarse, solo por la iglesia.

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