Nuestra izquierda feroz
«Podrán disfrazarse de abuelita, emplear mejores o peores formas, pero la esencia es la misma: dogmatismo y avasallamiento»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Anda la ensaladilla de la extrema izquierda tratando de recomponerse, a ver si logra rascar algún voto despistado. Gabriel Rufián intenta unir a la grey desde una dudosa posición indepe, Sumar pretende metamorfosearse en un Frente Amplio y Podemos sigue apedreando a todo lo que se mueve. Todos se presentan como recién llegados, como si no llevaran siete años en posiciones de poder.
¿Han oído a Mónica García este fin de semana en el encuentro de Sumar? Es la ministra de Sanidad. Tiene a los médicos en huelga por primera vez en treinta años. Está a punto de cargarse el examen del MIR, que funcionaba razonablemente bien. La situación asistencial en Ceuta y Melilla, de su exclusiva competencia, es un desastre sin paliativos. Pero la culpa es «de los de arriba». Y de «Isabel Díaz Ayuso, de su novio y del grupo Quirón», que gestiona varios de los hospitales madrileños con más reconocimiento internacional. Y de la ultraderecha. Del «fascio durmiente que lleva desde el franquismo». «¡Somos los herederos del ‘no pasarán!’», proclamaba. Más bien, del ‘no pensarán’.
También Irene Montero vociferaba el sábado que a las mujeres «nos siguen matando». Ha sido ministra de Igualdad cuatro años, ha manejado presupuestos de 500 millones de euros al año… y el balance no puede ser más lamentable. Han aumentado los delitos sexuales, más de mil violadores se han beneficiado de reducción de penas y su equipo compró pulseras antimaltrato defectuosas, mientras subvencionaba informes sobre el tabú de la menstruación en las mujeres trans.
El mismo día que estallaba el escándalo por la denuncia de violación contra el DAO, Ione Belarra prefería hablar de los huevos de Juan Roig: han subido en todas partes, pero a Ione solo le interesan los de Mercadona. La obsesión de Belarra con el empresario valenciano sólo puede explicarse porque le haya sentado mal un gazpacho de Hacendado.
No nos engañemos: apenas hay diferencias entre las variopintas excrecencias de nuestra izquierda feroz. Podrán disfrazarse de abuelita, emplear mejores o peores formas, pero la esencia es la misma: dogmatismo y avasallamiento. Les da alergia la libertad, el conocimiento, la ciencia y la razón. Desprecian el trabajo. Abanderan la ilegalidad, ya sean los okupas, las madres secuestradoras o los delincuentes reincidentes (votaron en contra del endurecimiento de las penas); excusan los antecedentes penales como requisito para la regularización de más de un millón de inmigrantes.
Y, sobre todo, están abonados al doble rasero. Condenan solo las agresiones sexuales perpetradas por españoles. No hay que estigmatizar a los inmigrantes, pero sí al hombre blanco, al que odian por encima de sus posibilidades. Toleran la ristra inmunda de corruptelas de este Gobierno que los ha aupado. Rechazan la violencia, salvo si las víctimas son policías o fachas. Declaran su amor por los refugees, pero llaman gusanos a los venezolanos o cubanos. Se llenan la boca con los derechos humanos, pero apoyan con crueldad inusitada a las dictaduras comunistas: bailan sobre los torturados en el Helicoide, banalizan las colas del hambre en La Habana.
Claman por Gaza pero callan por Irán, porque los ayatolás los financian, y porque comparten con los islamistas la aversión a Occidente y las sociedades libres. Que en Málaga una cajera no acierte a llamar «señora» a un tipo con bigote es inaceptable, pero que en Teherán cuelguen a los homosexuales de grúas o maten a palos a las mujeres por llevar mal el pañuelo son minucias. Y ahora apoyan el burka como manifestación de la libertad religiosa y afirmación cultural. ¿No van los nazarenos cubiertos con capirotes?, se preguntaba Ada Colau, confirmando que en este país hay barra libre para las sandeces.
No hay una sola faceta en la que muestren un mínimo de honestidad. Los españoles van por un lado, y ellos, por otro. No permitirán que la realidad les estropee los dogmas. Han secuestrado causas movilizadoras, desde el ecologismo al feminismo, como vehículos para su propaganda sectaria. Nacionalizar, topar precios, combatir la iniciativa privada, acallar disidentes, prohibir medios, «reventar» a la derecha. Siguen viviendo en los puñeteros años 30.