Julia Escobar

Tres de los grandes, vistos por una gran periodista

«Me gustó la manera de enfocarlos de Carabias, sin miedo a desteñir la leyenda dorada tejida por el pensamiento único»

Opinión

Tres de los grandes, vistos por una gran periodista
Foto: File| Wikicommons

Una de las ventajas de la reclusión es que se pueden ordenar esas notas o «virutas de carpintero» que va uno recogiendo cuando trabaja en lo suyo, en este caso, leer, escribir, traducir… Material que, a veces, supera con creces las expectativas que se tenían para el cumplimiento del deber. Haciendo esta cominera, pero siempre satisfactoria labor, en el epígrafe «Unamuno» me topo, entre otras sobras, con lo que anoté en su momento durante la lectura del libro de la gran periodista Josefina Carabias, Como yo los he visto, compuesto por las entrevistas a diferentes «monstruos de la literatura española». De todos ellos, he elegido para este artículo, los tres más grandes y famosos: Baroja, Marañón y Unamuno, sobre los que hay numerosos testimonios, pero me gustó la manera de enfocarlos de Carabias, sin miedo a desteñir la leyenda dorada tejida por el pensamiento único que convierte a todo el mundo en inveterados republicanos.   

Pío Baroja. Carabias coincide con él en París, en el Colegio de España de la Cité Universitaire donde «le refugiaron» durante la guerra civil. Le pinta como a un viejo vocacional y tierno, obsesionado por su sobrino «Julito» (Julio Caro Baroja). Hablaba mucho con las estudiantes, que le encantaban, en particular con las hindúes. Al ver lo libremente que vivían los chicos con las chicas comentó: «Si uno hubiera llevado en su juventud una vida así de alegre, tal vez no estaría tan fastidiado en la vejez»Al no mostrarse muy entusiasmado con la «legalidad republicana» ni la «causa del pueblo» empezó a tener problemas con la Embajada y con los intelectuales españoles en París, e incluso con los estudiantes extranjeros con los que hablaba, que se tragaban la propaganda. Le dijo a Josefina Carabias«Ahora que estamos solos y no nos oyen los entusiastas de la victoria del pueblo (siempre que el pueblo se arregle sin ellos, claro está), le diré que, a mí, la idea de vivir en la otra zona tampoco me ilusionaba mucho, pero, en fin, parece que allí hay orden y algo de comer».

Gregorio Marañón. Le contaba a Josefina Carabias que «dormir mucho es una de las cosas más perjudiciales que existen porque embota el cerebro. El exceso de sueño y la funesta costumbre de mojar el pan en las salsas son las dos causas fundamentales que se oponen a que nuestro país no dé más de sí». Sin comentarios.

A Carabias, don Gregorio siempre le había parecido muy cosmopolita cuando le veía en España, pero cuando le entrevistó en París, durante la guerra civil, le pareció un españolazo, incluso un señor de provincias. A la periodista le fascinó sobre todo su impresionante empleo del tiempo. Un día cualquiera de don Gregorio, ya reintegrado a la patria, se desarrollaba como sigue:

Se levanta a las 07.00h, tanto en verano como en invierno. Trabaja en su despacho con Lola (Dolores Moya), su mujer, con la que pasa a limpio el diagnóstico y los tratamientos de los enfermos del día anterior. Cuando el criado le avisa que ha llegado el peluquero, se levanta y le afeitan. Luego desayunan, tras lo cual vuelven al despacho para escribir el correo que Marañón dicta a su mujer.  A las 10.30h, tras más de tres horas de trabajo, toca baño y vestirse para ir al hospital, donde visita las 4 salas y pasa consulta, amén de impartir clases en su cátedra. A las 14.30h pasadas, vuelve a casa a comer y después pasa una hora con sus 8 nietos (3 de su hija Carmen, casada con Alejandro Fernández Araoz, 2 de su hijo Gregorio, casado con Patricia Bertrán de Lis, y 4 de su hija Mabel, casada con el diplomático y periodista británico, Thomas Burns). Por la tarde, pasa consulta privada en su casa.  La cena es más rápida y sólo están con ellos Belén, la hija soltera que le ayuda en las traducciones porque es políglota.

Antes de acostarse, el matrimonio trabaja un poco en preparar la consulta del día siguiente. Ya en la cama, hacia las once de la noche, Marañón lee hasta las dos y duerme de un tirón hasta las siete: «Cinco horas de sueño y dieciocho de trabajo», dice. Tiene una sola manía: coleccionar plumas estilográficas. Su mujer se encarga de vestirle y se ocupa de que el sastre vaya a su casa. Su yerno, Thomas Burns, le trae de Londres los sombreros. Su labor literaria la lleva a cabo en horas perdidas, aprovechando los domingos que pasan en su cigarral de Toledo y durante las vacaciones, que pasan en San Juan de Luz. Durante los viajes aprovecha para ir al teatro y a conciertos y tener un ratito de tertulia. Su secreto: no desaprovechar un solo momento, por eso se llama a sí mismo un «trapero del tiempo» que va recogiendo todos los minutos que los demás desperdician.

Miguel de Unamuno. Don Miguel cuenta a Josefina Carabias que un día estaba en París con Blasco Ibáñez «oyéndole como quien oye llover, que era lo que hacía siempre porque no estando conforme con nada de lo que él decía, optaba por callarme, Aguila non capit muscas».

Blasco le elogia París con desmesura y, señalándole por la ventana la avenida de l’Opéra en todo su esplendor nocturno, le pregunta: «¿Qué tiene que decir de esto don Miguel? Está usted en este momento ante uno de los lugares más bellos del mundo civilizado, vamos, dígame, ¿qué echa usted de menos aquí?». Y Unamuno le responde: «Mire usted, Blasco, echo de menos Gredos».  Esto lo había yo leído ya en Corpus Barga, pero con menos detalle.

Releyendo algunas de las novelas de Unamuno las encontré igual de sosas que cuando las leí por primera vez, pero en Nada menos que todo un hombre tiene una frase magistral referida a los hombres que se apartan de la belleza y se complacen «en la voluptuosidad del pringue», lo que me remitió a la conocida frase francesa «la nostalgie de la boue» … Es la diferencia entre París y Gredos. ¡Ante las dos, Chapeau!

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