Anna Grau

Última tarde con Juan Marsé

«Seguramente una de las facetas más tóxicas del Procés sea esta. Que ni vive ni deja vivir de otra cosa. Que está dispuesto a quedarse tuerto para que los demás se queden ciegos y que prefiere la muerte a la inteligencia»

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Última tarde con Juan Marsé
Foto: Toni Albir| EFE
Anna Grau

Anna Grau

Anna Grau es periodista y escritora y ha sido todo eso en Barcelona, NYC y Madrid.

El sábado 18 de julio, última tarde con Juan Marsé. El domingo 19 arranca un duelo triste, encapotado de mezquindad. Hay quien se atreve a poner a parir al difunto y a negarle la condición de escritor en catalán porque escribía en castellano y por lo que escribía y cómo.

Esa misma noche, el director de TV3, Vicent Sanchis, entrevista en vivo y en directo, por espacio de más de una hora, a Oriol Junqueras. Entiendo que visto desde fuera esto pueda chocar y hasta escandalizar. Sin embargo, presenciada con ojo clínico catalán, esa entrevista se parece menos a un masaje mediático que a darle cuerda a alguien para que se ahorque. A Junqueras los mil días de cárcel le han agriado definitivamente el carácter, si es que lo tuvo bueno alguna vez. A pesar de reivindicarse “buena persona” hasta la náusea y de llegar a afirmar «junquerisme és amor» –y a asegurar que como tal le aclamaban los presos comunes en Estremera cuando salía del módulo para ir a misa…-, la verdad es que rezuma una bilis tan negra que yo, de ser de los suyos, me iría preparando.

Atención: la cárcel es dura. Muy dura. Se dice pronto pasar tres años en ella. Sin entrar ahora mismo en el fondo de la cuestión (o entrando por un lado que no es el habitual…), no es raro que entre un autoproclamado «pres polític» y sus conciudadanos y eventuales votantes llegue a plantearse alguna disonancia cognitiva. Incluso alguna muy seria.

Jordi Pujol, que lleva años acusado de robar hasta el agua bendita de las iglesias sin por ello echar ni una hora de calabozo, cumplió en cambio dos años de cárcel en su juventud por su participación en un acto de reivindicación catalanista que en aquellos tiempos, todavía franquistas, implicaba un consejo de guerra. Pujol ya estaba casado con Marta Ferrusola y ya había nacido Jordi Júnior, entonces un bebé que su madre llevaba arriba y abajo con un capacho. Así se pasó la futura Madre Superiora de Cataluña casi dos años pegándose palizas de coche primero a Zaragoza y luego a Girona a ver al marido encarcelado. Resultado de aquello, y que conste que no es una idea que se me ocurre a mí sola aquí y ahora, que hace por lo menos veinte años que se la oí a un alto cargo de la Generalitat: «Aquello volvió a Marta muy dura, durísima, y la dejó convencida de que Cataluña entera estaba en deuda con ella y con su familia…que Cataluña se lo debía todo».

¿Cuánto es todo? ¿Pongamos un 3 per cent de rencor?

Avisados quedan todos los que sepan o piensen que la Historia se repite. Ese señor tirando a grueso, de mirada atravesada, lleno de ira, que salió el domingo por la noche por la tele catalana cree que la magnitud de su sacrificio por Cataluña es tal, que no es de recibo criticarle por nada, y que se le debe todo. Al tiempo.

Seguimos.

A mí el lunes 20 de julio me sorprende abismada en la lectura de un artículo bien curioso, publicado en el año 2004 en la Revista de Libros. Lo firma don Luis María Linde, ilustre economista, exgobernador del Banco de España, recientemente incorporado al Consejo Asesor de Societat Civil Catalana. Ya hacía falta motivación para ser don Luis María Linde e interesarse, hace la friolera de dieciséis años, por un libro publicado por una diminuta editorial catalana (Dèria Editors), firmado por un tal Víctor Alexandre y titulado Yo no soy español. Dicho así puede parecer un libro de recorrido extremadamente corto; vamos, que con la portada ya queda todo expuesto. Pero si uno se sobrepone al spoiler y al desánimo, se encuentra con una veintena de entrevistas, perpetradas a finales de los años 90 por el susodicho Alexandre, a distintas “personalidades” catalanas que incluyen desde sociólogos a jugadores de balonmano, pasando por un obispo. A todos y cada uno se les hace la trascendental pregunta: «¿Se siente usted español?». Y a ver qué sale.

 Andando tras las huellas de la muy interesante y penetrante reseña de don Luis María Linde no puedo evitar que me arrase la melancolía. Sucede que yo, a diferencia de don Luis, conocí o conozco en persona a casi todos los figuras que asoman en ese libro. He seguido su evolución…ay.

Empecemos por el autor, Víctor Alexandre. Periodista catalán precozmente activista y extremista, con ínfulas de autor más o menos literario. Cuando hablaba de este tema ya en 2004 desde luego no hacía prisioneros. Para entendernos, Alexandre no es de los que ponen ningún empeño en parecer imparciales. El mismo Linde, en su reseña, destaca atónito cómo va escalando las respuestas de sus interlocutores, sulfurándose no poco si ocasionalmente se muestran demasiado “blandos” en su sentimiento antiespañol.

Muy acertadamente, don Luis llega a utilizar la palabra «estimular» para describir la técnica periodística de Alexandre…que, a la vista de cómo ha ido degenerando, degenerando, el mapa comunicativo catalán, ya es raro y hasta injusto que haciendo tantos méritos de agit-prop este hombre no haya llegado a nada. ¿Qué tendrá Mònica Terribas que no tenga él?

Algo más de enjundia, aunque tampoco mucha, aporta el que fue uno de los sociólogos de cabecera de pujolismo, y que en 2004 todavía gozaba de cierto predicamento: Salvador Cardús. Un ejemplo del típico pet bufat català: maneras suaves, engolamiento sumo y un punto untuoso-misterioso de hacer pasar por extrema finezza lo que no dejan de ser retorcidas obviedades. El problema de Cardús es que últimamente el discurso separatista se ha jibarizado y asilvestrado tanto que él parece un tibio incluso afirmando barbaridades como que «Madrit niega material sanitario a Cataluña». Se lo han desmentido hasta los Mossos d’Esquadra… y total, tampoco parece que le vayan a dar próximamente la Creu de Sant Jordi.

 Otro de los entrevistados para el librito de marras es, fue (porque ya se ha muerto) Alfons Quintà. Su historia no tiene desperdicio. Había sido abogado, juez y oficial de la Marina mercante. Acabó encontrando su verdadera vocación como periodista. Siendo delegado del diario El País en Cataluña intentó publicar una serie de artículos sobre el caso Banca Catalana…fulminantemente abortados por la mano de Jordi Pujol, entonces todavía rápida y mortal. Curiosamente el que podía haber sido uno de los primeros periodistas en destapar en serio la corrupción pujolista reaparece en la siguiente viñeta…¡como flamante primer director de TV3! Y al cabo de un rato, como director de El Observador, atribulado intento del pujolismo de contraprogramar a la entonces díscola La Vanguardia con un diario catalanista en castellano.

La operación les salió de pena. Pero queda para la Historia la habilidad mefistofélica de Pujol para desactivar enemigos poniéndolos en nómina, mejor si es a cargo del erario público…así como la velocidad de algunos en aparcar las convicciones que pudieran o pudiesen tener para labrarse un porvenir. Ojo, Alfons Quintà no es el primero ni el último. Si es el único que se ha atrevido a llevar semejante evolución lo suficientemente lejos como para aplicar a Pasqual Maragall (¡Maragall! ¡El del Estatut!) los curiosos adjetivos de «rencoroso anticatalanista» y «ultraespañolista».

Según Quintà, todos los no nacionalistas (catalanes) son de un primitivismo tal que no se les puede ni se les debe hacer «ni caso». Ah, y el peor enemigo de la Humanidad no es el coronavirus ni el terrorismo islámico sino…¡el jacobinismo francés! Para rematar una trayectoria tan coherente, Quintà asesinó a su mujer, de la que no aceptaba separarse, con una escopeta de caza con la que a continuación se suicidó él mismo. Estamos hablando de hace cuatro años, de 2016.

 ¿Queremos sugerir que todo el mundo que salía en el libro de Alexandre presumiendo de no sentirse español era un demente activo o en potencia? No. Hay casos incluso más tristes. Por ejemplo, el de Joel Joan, un actor catalán de moda entonces y ahora. Más ahora que entonces, porque en un primer momento le costó pasar el exigente filtro de la tribu. Sale en el libro por independentista pero a media entrevista casi les sale rana: ¡llega a sugerir que «a veces» no puede evitar ponerse en la piel de los españoles y entender que estos podrían vivir la secesión de Cataluña como una amputación! ¿Habráse visto tamaña grosería?

 Un Alexandre encendido, tratando de salvar a la oveja descarriada, le pregunta a cara de perro: «¿No te parece […] que solamente un pueblo que se niega a despertar del sueño infantil es capaz de contribuir económicamente a abastecer el ejército que un día podría ser su verdugo?».  A lo que el pobre Joel Joan responde, casi ingenuamente, que los ciudadanos de Cataluña  «ya no se sienten ocupados militarmente […] tanto catalanes, como españoles, hemos entendido que no hace falta verter ni una gota de sangre por una cuestión como ésta, ni por ninguna otra».

Si quieren ver cómo acabó aquel rosario de la aurora, perdón, aquella entrevista, no dejen de visitar este enlace de la Revista de Libros, segunda época, y de leer muy detenidamente la, ya les digo, excelente reseña de don Luis María Linde, que es de las cosas más finas, finas, que he leído en mucho tiempo.

Por mi parte sólo añadir que desde entonces, desde 2004, Joel Joan ha tenido que aparcar todas las dudas que tenía, y hasta la última gota de empatía con el resto de la Humanidad no independentista que le quedara, si quería seguir viviendo y trabajando de lo que trabaja…en Cataluña. Seguramente una de las facetas más tóxicas del Procés sea esta. Que ni vive ni deja vivir de otra cosa. Que está dispuesto a quedarse tuerto para que los demás se queden ciegos y que prefiere la muerte a la inteligencia. Y ni siquiera así te dejan en paz. Como al pobre Juan Marsé.

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