Daniel Capó

Un hombre sabio y bueno

«Maestro de periodistas, Antonio me enseñó que sólo debemos pensar y escribir con afán constructivo, sin caer en el rédito fácil de la humillación»

Opinión

Un hombre sabio y bueno
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Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Quiero creer que el amor nos educa, al igual que lo hace la rectitud. Ese fue el ejemplo de don Antonio Petit Caro, que falleció el pasado viernes a los setenta y siete años en su casa de Madrid. Amaba con pasión el periodismo, su país, la tauromaquia –de la que era una enciclopedia viviente– y sobre todo, como es natural, a sus hijos y a Charo, su mujer, y a toda su familia. Y porque los amaba sabía que la vida exige rectitud, que no es otra cosa que la respuesta agradecida que damos a la realidad que nos rodea. El amor conduce a una vida plena, puesto que no nos quiere mermados ni disminuidos, ni tampoco reducidos a la esterilidad; sino libres y dignos, dispuestos siempre a dar lo mejor de nosotros mismos. Las hemerotecas recordarán a Antonio Petit por haber dirigido La Gaceta del Norte, en Bilbao, y por haber fundado y dirigido la mítica agencia VascoPress en los años más duros de la ETA. Presidió la FAPE y fue, ya en la capital, director de comunicación de la patronal eléctrica UNESA. Este sería el resumen profesional del trabajo de una vida; una vida que fue vivida con conciencia de Estado, esto es, de forma responsable. Pero un resumen no explica la biografía de nadie, sino que la ilumina sólo parcialmente. Antonio, quiero decirlo ya, fue uno de los hombres más sabios y buenos que he conocido.

Sabio y bueno porque una cosa no puede separarse de la otra, van ligadas. No existe sabiduría sin bondad ni a la inversa. Y por ello mismo debemos desconfiar tanto de los nihilistas como de los acusadores. Maestro de periodistas, Antonio me enseñó que sólo debemos pensar y escribir con afán constructivo, sin caer en el rédito fácil de la humillación -tan propio de la mala prensa que caricaturiza la posición del adversario- o en la quincallería efectista de una prosa de hojalata que deslumbra pero no dice nada, sólo ruido y furia. Era un periodista a la antigua y un hombre también a la antigua, en el sentido del famoso verso de Jon Juaristi; alguien que no busca el aplauso, sino decir la verdad sin altanería ni orgullo. «En la vida –me dijo una vez hace años– hay que regirse por unos principios y criterios, no se puede caminar en la frivolidad del capricho. Luego cada cual ejercita sus deberes y derechos según su modo de entenderlos y tiene sus propios criterios, pero no se puede ser un frívolo carente de principios». Cuando en otra ocasión –estrenada ya la paternidad de mis dos hijos– le pregunté sobre cómo educar, me ofreció unos cuantos consejos que he guardado como oro en paño: «Hay que dedicarles tiempo, hay que abrirles las puertas a la libertad de elegir y hay que saber esperar, porque todos tenemos derecho –los niños también– a segundas y terceras oportunidades; porque sus tiempos no son los nuestros, ya que ellos caminan a otros ritmos distintos, y porque equivocándose también se aprende». Y ahora pienso que ahí se esconde también la parábola del hijo pródigo, tan presente en cualquier encrucijada de nuestras vidas, exigiéndonos que aprendamos a comportarnos como el padre paciente que confía y ama, que confía y respeta, que confía y es recto. Descanse en paz, Antonio.

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