Daniel Capó

Un poco ateos

"Era la suya una cultura inusual y vasta, capaz de crear una tradición propia como sólo lo hacen los grandes autores"

Opinión

Un poco ateos
Foto: Iglesia en Valladolid
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

“Todos somos un poco ateos –me dijo hace dos veranos el escritor abulense José Jiménez Lozano–, pero ya sabe usted que en las grandes familias del siglo XVII se cuidaban muy bien de que la primera religión de los cocineros hubiera sido católica, no fuera que las salsas no salieran bien por falta de optimismo vital”. En aquellos días brillaba la luz intensa de finales de agosto, cuando empieza a anunciarse –todavía un poco a lo lejos– la llegada del otoño. El aire era un poco más frío de lo habitual, como si el tiempo quisiera hacernos compañía. Ahora pienso que, con sus palabras, Jiménez Lozano me animaba a pensar en el otoño como en la estación de los proyectos. Por muy mal que se pusiera el mundo, por muy acelerada que fuera la destrucción de ese humus cultural que llamamos Europa, el hombre no puede renunciar a esa auténtica pietas que es la memoria y la celebración de la dicha compartida y de la esperanza. “Mira que podríamos decir –añadió– que la Contrarreforma la hizo Rubens, él solito, con sus celulitis y sus triunfos y avasallamientos”. Le veo ahora sonreír mientras pronunciaba estas palabras, como me imagino que harían sus amadas avecillas, con las que conversaba en unos poemas hermosísimos; pero también sé que en estas palabras se reflejaba el crédito de una libertad antigua que no se deja manosear ni por las modas intelectuales ni por la desesperanza propia del nihilismo. No se lo dije –ni sé por qué no le pregunté nunca por él–, aunque pensé en una cita que yo había leído en el padre Antonio Orbe, maestro de tantos y tantos especialistas europeos en patrística, quien escribió que lo propio del orar consiste en que “no venza el sufrimiento a la plegaria”. Don José entendería a la perfección el sentido de estas palabras; no en vano, ya desde sus primeros libros, supo que inevitablemente en la Historia “la verdad aparece como debilidad y desgracia”, pero que ese dolor no representa ni puede representar la última palabra. “Algún día –escribió en un artículo publicado por la revista Destino en la década de los setenta– la debilidad retumbará en el tiempo”. Como la salvación y la justicia, como el derecho y la verdad.

Durante veinte años conversé a menudo con don José, leyendo su obra, compartiendo autores, escribiéndonos cartas. Fue, en este sentido, una amistad antigua, que es la única forma posible de amistad. Era la suya una cultura inusual y vasta, capaz de crear una tradición propia como sólo lo hacen los grandes autores. Sus mejores libros –Guía espiritual de Castilla, Los tres cuadernos rojos, Los cementerios civiles, Retratos y naturalezas muertas, Los ojos del icono, por citar unos cuantos– perdurarán entre los más importantes que se publicaron en España durante la segunda mitad del siglo XX y ninguna damnatio memoriae podrá caer sobre ellos. Perdurarán porque en lo más sustantivo de su obra no renunció ni a la esperanza ni al amor: esa doble herencia de la vida lograda, a pesar de todos los pesares, de todos los miedos y de todas las violencias y frivolidades de la Historia.

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