Carlos Mayoral

Visitar a Machado

«En un ejercicio de narcisismo atroz, los líderes independentistas siguen viéndose reflejados en las grandes personalidades represaliadas de nuestro tiempo: da igual si Gandhi, Mandela o Luther King»

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Visitar a Machado
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Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

La semana pasada, en un ejercicio de retórica habitual en los últimos años, los dos ‘presidents’, Carles Puigdemont y Quim Torra, se personaron frente a la tumba de Machado, en Collioure, donde los días siguen siendo azules, pese a todo. En un ejercicio de narcisismo atroz, los líderes independentistas siguen viéndose reflejados en las grandes personalidades represaliadas de nuestro tiempo: da igual si Gandhi, Mandela o Luther King. Esta vez le toca al pobre don Antonio, en cuya figura ven reflejados estos hombres preclaros la viva imagen del republicanismo catalán, o algo así. Por si esta megalomanía fuese poco delirante, algunos usuarios en redes azuzaban a Puigdemont, comparando el supuesto exilio del gerundense con el calvario del poeta.

Les propongo tanto a Torra como a Puigdemont, y en definitiva a cualquiera que participe en esta pantomima, visitar los libros de Machado antes que su lápida. O incluso su biografía, eso también podría valer. El poeta despreció el Estatuto de Nuria, en el que Cataluña se hacía con buena parte de las competencias que la República española no conseguía retener en aras de la llamada entonces República catalana. A Machado, este estatuto de 1932 le resultaba «en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable». Sin salir de su biografía, me gustaría que los que abrazan el paralelismo entre la marcha de Machado y la de Puigdemont conociesen la salida del sevillano aquel lejano invierno, a pie junto a su madre octogenaria, las maletas olvidadas en el maletero del coche del doctor Puche, durmiendo en un vagón abandonado en Cerbère, enfermos de tristeza y de hambre. Su muerte unas semanas más tarde debería avergonzar a los que hoy la utilizan desde sus casoplones belgas, con su solomillo chateaubriand y su cava de la terreta bien amarrados a los impuestos públicos. Comparar ambas situaciones da, cuando menos, vergüenza ajena. 

Más allá de su biografía, pese a que la idea de España está hoy en crisis, acercándose a sus libros podrá uno ver cómo aquella especie hoy en vías de extinción, aquel hombre liberal y progresista que creía en una idea de patria hoy humeante, aquella figura que va desde Galdós a Azaña, desde Romanones al propio Machado. En su Mairena, obra cumbre de su pensamiento, escrito en un momento de madurez intelectual encomiable, deja testimonio de ese patriota olvidado por la contemporaneidad: «De aquellos que se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse». Sorprende que los dos personajes que menos creen en esta idea de patria- y que, dicho sea de paso, menos creen en el liberalismo, en el progresismo y en el laicismo que con pasión enarboló el poeta- alaben ahora la figura de una de las plumas más brillantes de la literatura hispánica. Quizá convenga acabar con aquella celebérrima sentencia de uno de los protagonistas de este texto: «Qué tropa, joder, qué tropa»  

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