Carlos Mayoral

Vuelve Chaves Nogales

«El caso de Chaves Nogales es, de todos cuantos se han revitalizado en la contemporaneidad, el más flagrante. Por suerte, a estos esfuerzos por sacarlo del pozo del siglo de las guerras se unen ahora sus «Obras Completas», editadas y publicadas por Libros del Asteroide»

Opinión

Vuelve Chaves Nogales
Foto: | RTVE
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Pasó de puntillas por el siglo XX. Ocurre a menudo en este país, personajes extraordinarios abocados al ninguneo de la historia. El caso de Chaves Nogales es, de todos cuantos se han revitalizado en la contemporaneidad, el más flagrante. Por suerte, a estos esfuerzos por sacarlo del pozo del siglo de las guerras se unen ahora sus «Obras Completas», editadas y publicadas por Libros del Asteroide. No pasarán desapercibidas, eso es seguro. Talentoso, con amistades de tronío, perspicaz, con ese sentido único del periodista de raza para encontrar el enfoque exacto de una noticia, con una habilidad sorprendente para encontrar un reportaje donde a ojos del hombre de a pie no había nada. Destacó en el Madrid de preguerra, un Madrid de figuras literarias, de filósofos inalcanzables, de estrellas de la poesía y popes del periodismo. Por aquel ambiente se movía esta figura escurridiza, de la cuerda ideológica de Azaña– en aquel momento, casi más un dogma que un simple político-, pero con un carácter con la suficiente fuerza como para no sucumbir a ninguna de las histerias colectivas que asolaron el mundo en aquellas décadas.


En cierta ocasión charlaba con el escritor y amigo David Jiménez Torres sobre la diferencia de estatus entre Baroja y otros compañeros de generación e incluso de tono literario como Azorín, Maeztu o Miró. La conclusión a la que llegamos tras algún vino y no pocas vueltas fue que la figura de Baroja, contra su voluntad, le sirvió a un espectro político determinado de la Transición para tener argumentos ‘ad hominem’ bien calentitos en la faltriquera. Pues bien, el caso de Chaves Nogales es exactamente el contrario: disparó desde sus tribunas contra los dos bandos, por lo que no pudo servir de arma arrojadiza en ninguna de las trincheras. Y, lo que es todavía más sorprendente dada la época, lo hizo con solidez argumental, con empirismo, con historias de muerte y sangre y dolor, sustantivos todos estos que, llegados a un punto, no dependen de ideologías ni idearios.

Por eso, porque su figura no servía para ser utilizada como machete contra el vecino, Chaves Nogales pasó sin pena ni gloria por las loas y alabanzas de la crítica y el público del siglo pasado. Por suerte, como digo, iniciativas como la de Libros del Asteroide tienden a hacer justicia. Por fin podremos disfrutar del prólogo de «A Sangre y Fuego», para mí el texto de cierto corte político más necesario de cuantos se han escrito en España. Por fin podremos disfrutar de aquella biografía de Belmonte, el torero intelectual que alternaba con Valle-Inclán y Pérez de Ayala. Con sus crónicas sobre aquellos nazis que le persiguieron en el exilio, o los relatos a veces heroicos a veces cainitas de la defensa de Madrid. Disfrutaremos, en suma, de ese sentido de la libertad tan propio, y que definió como nadie uno de los personajes de «A Sangre y Fuego», Daniel, quien «murió batiéndose heroicamente por una causa que no era suya; su causa, la libertad, no había en España quien la defendiese».

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