Beatriz Manjón

¿Y la mascarilla pa' cuándo?

«Que es peligroso asomarse al exterior ya lo escribió Jardiel Poncela, pero para alcanzar la inmunidad de grupo no es necesario comportarse como un rebaño, excepto para rumiar»

Opinión

¿Y la mascarilla pa' cuándo?
Foto: Javier López| EFE
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

La mascarilla es un bien de primera perversidad; gracias a ella puede ir cada loco con su eritema. Apenas unos minutos de contacto y una parece Gusyluz, aquel muñeco luciérnaga. Como no la tolero, mi existencia en el mundo solo se adivina por estos montones de palabras, igual que la presencia de los topos solo se sabe por los montículos de sus madrigueras. Lástima que no tenga sus garras para escarbar una galería que me conduzca a Gibraltar; pero confío en que nuestro magnánimo presidente, ya metido en faena, me conceda un indulto de la pena rápido, limitado y reversible, y así poder salir de casa con la «salvaje alegría» con la que Ruano salió a la calle luego de que se lo llevaran a declarar los agentes de la Gestapo.

Mencionar el estriptis del bozal todavía acarrea un riesgo de excomunión, como cuando se iba al cine a ver desenguantarse a Gilda. García Page ha planteado que, al aire libre, deje de ser obligatoria este mes, pero hay quien sostiene que improvisa sobre la Mancha y que es una medida precipitada. Hombre, una medida precipitada es querer tirarse por un barranco, como Iván Redondo, sumiso sin causa. En Andalucía, donde resido, la incidencia ha repuntado y el consejero del «culillo» descarta suprimirla en exteriores, aunque defender la mascarilla en la playa solo puede entenderse si se cree que cuenta como bandera azul. Según una encuesta de Sigma Dos para El Mundo, un 68,4% de los ciudadanos abogaría por no eliminar aún la riñonera facial, como si suspender la imposición de ponérsela implicara el deber de quitársela. Se demuestra así la solidaridad del español, que no ceja hasta que el prójimo esté tan fastidiado como él.

Es verdad lo que apuntó Céline en Viaje al fin de la noche: quizá lo que más se necesite para salir de un apuro en la vida sea el miedo. Pero a veces basta con información. El problema surge cuando la comunicación gubernamental es errática y la divulgación científica no protagoniza unos telelediarios más interesados en lo polémico, la estadística y en cazar desembozados como si fueran pokémones. Poca credibilidad puede aportar que el responsable de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que despreció el uso de la máscara al inicio de la pandemia, sea quien ahora anuncie una meta volante para el toples del rostro («casi con seguridad a finales de julio», «es posible a mediados o finales de junio»), recurriendo a la videncia en lugar de a la evidencia: que el virus en el aire se disipa rápidamente y que solo habría que ponerse la mascarilla si no se puede mantener una prudente distancia, en aglomeraciones o cuando se haga ejercicio extenuante cerca de otras personas.

Guardar distancia no es el fuerte del español, salvo con Hacienda y los ex, pero el celo en la lucha contra el virus debería trasladarse del exterior al interior, mejorando los sistemas de ventilación y el control de la calidad del aire, no intentando imponer en espacios abiertos una «cultura de la mascarilla» para la gripe, las alergias, los feos, los piropos y los eructos de las vacas —¡el imperio vahometano!—, porque hay servidumbres que no matan, mas dan la puntilla. Que es peligroso asomarse al exterior ya lo escribió Jardiel Poncela, pero para alcanzar la inmunidad de grupo no es necesario comportarse como un rebaño, excepto para rumiar.

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