Irene de Grecia, la princesa rebelde que cambió las joyas por las causas humanitarias
La hermana de la reina Sofía falleció el pasado jueves en el Palacio de la Zarzuela a los 83 años

Irene de Grecia junto a su hermana, la reina Sofía. | Gtres
Con el fallecimiento de la princesa Irene de Grecia, desaparece uno de los últimos recuerdos de la monarquía helena. Discreta, alejada del foco y muy espiritual, Irene encarnaba un estilo de vida muy peculiar para su estatus social, tanto que en su familia era conocida como la tía «Pecu». Una princesa que será recordada por una vida marcada por el exilio, el servicio humanitario y la fidelidad familiar.
Fue a comienzos de semana cuando trascendió el empeoramiento del estado de salud de Irene, circunstancia que llevó a la reina Sofía a cancelar por completo su agenda para permanecer a su lado. No fue hasta el jueves cuando la Casa Real española comunicó oficialmente el fallecimiento de la princesa en el Palacio de la Zarzuela a las 11.40 horas. Posteriormente se informó que sus restos se trasladarían el sábado a la Catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio en Madrid, tras un velatorio privado en el palacio, y que finalmente, el lunes viajarán a Grecia, donde recibirá el último adiós en Atenas antes de ser enterrada en el antiguo cementerio real de Tatoi, donde están enterrados sus padres, los reyes Pablo I y Federica, y su hermano, el rey Constantino II.
Una infancia marcada por la guerra
Irene de Grecia y Dinamarca nació el 11 de mayo de 1942 en Ciudad del Cabo, en plena Segunda Guerra Mundial. Su nacimiento en el exilio no fue una casualidad, sino el reflejo de una monarquía convulsa y perseguida por la inestabilidad política. Hija del rey Pablo I de Grecia y de la reina Federica, Irene creció entre desplazamientos forzosos, restauraciones monárquicas y caídas abruptas del trono, una experiencia que marcaría para siempre su percepción de la vida y su distanciamiento de la política y del poder.
La familia regresó a Grecia tras la guerra, cuando Pablo I fue proclamado rey en 1947. Irene pasó entonces a formar parte de una monarquía que intentaba recomponerse en un país profundamente polarizado tras la guerra civil. Su infancia y juventud transcurrieron entre palacios, educación esmerada y una fuerte conciencia del deber, aunque pronto quedó claro que Irene no estaba destinada a desempeñar un papel institucional protagonista.
Hermana e hija de reyes
La princesa fue la tercera de los hijos de Pablo I y Federica. Su hermano mayor, Constantino II, se convertiría en el último rey de los helenos, mientras que su hermana Sofía contraería matrimonio con Juan Carlos I y acabaría siendo reina de España. Irene, sin embargo, optó por un camino distinto: nunca se casó, no tuvo descendencia y construyó su vida lejos de las obligaciones oficiales, aunque siempre dentro del círculo íntimo de su familia.
Su relación con la reina Sofía fue especialmente estrecha. Más que hermanas, fueron compañeras de vida. Irene se trasladó definitivamente a España en los años setenta y desde entonces residió con Sofía hasta su fallecimiento. Su presencia constante, discreta y silenciosa la convirtió en una figura familiar para quienes conocían la intimidad de la Casa Real española, aunque, más allá de alguna entrevista y de ser fotografiada junto a su hermana y otros miembros de la Familia Real, siempre rehuyó de cualquier protagonismo público.
Una vida de discreción y compromiso personal
La historia personal de Irene pasa por la trágica experiencia de la caída de su dinastía como gobernantes de Grecia. Su hermano Constantino II accedió al trono en 1964, pero su reinado fue breve y turbulento. El golpe militar de 1967 y el fallido contragolpe del propio rey precipitaron el exilio de la familia real. En 1974, un referéndum puso fin definitivamente a la monarquía en Grecia, instaurando la república.
A diferencia de otros miembros de la familia, Irene asumió el final de la institución con una serenidad notable. Nunca encabezó reivindicaciones políticas ni reclamó restituciones. Su actitud fue la de alguien que había entendido, desde muy joven, que la historia no siempre concede segundas oportunidades.
Por eso, lejos de la política y de los titulares, la princesa Irene dedicó gran parte de su vida a causas culturales, espirituales y solidarias. Fundó la ONG Mundo en Armonía, centrada en proyectos humanitarios y medioambientales, y mostró siempre un profundo interés por la filosofía, la música clásica (según se dice era una excelente pianista) y el pensamiento oriental, desarrollando un especial cariño por la India, a donde viajaría frecuentemente. Estas inquietudes la alejaron aún más del modelo tradicional de princesa europea, reforzando su perfil atípico.
De ella no se esperaban grandes eventos de gala, ni joyas ni vestidos, sino anécdotas tan curiosas como las reveladas en su única biografía autorizada, escrita por Eva Celada: Irene de Grecia: la princesa rebelde, donde detallaba que rescató a 100 vacas que iban a ser sacrificadas en Alemania por excedente de leche y las trasladó a la India en un avión. Su estilo de vida austero, su ausencia de ostentación y su rechazo a la vida social propia de la alta aristocracia la convirtieron en una figura profundamente respetada en su entorno. En otras palabras, representó una forma de entender la realeza desde el servicio personal sin recibir nada a cambio.
El último adiós
Su muerte marca también el ocaso definitivo de una generación de miembros de la realeza nacidos en la posguerra, formados en el exilio y testigos de la desaparición de varias monarquías históricas. Su entierro en Tatoi, junto a sus padres y su hermano Constantino II, fallecido en 2023, tiene un fuerte valor simbólico: el regreso definitivo de una princesa que pasó gran parte de su vida lejos de la tierra para la que debía servir. Su pérdida coloca una nueva piedra en la historia reciente del mundo y, particularmente, hace resonar un eco en la conciencia colectiva griega, recordándoles que una vez tuvieron rey.
Para doña Sofía, la pérdida es especialmente íntima. Irene fue su apoyo constante, su confidente y su familia más cercana durante décadas. Con su fallecimiento no solo desaparece una princesa de sangre real, sino una hermana con la que compartió una lealtad inquebrantable. La princesa deja un legado distinto y una forma peculiar de entender la monarquía y el servicio público. Una vida sin corona, pero profundamente marcada por la dignidad y por el deber.
