Agustín Fadón, el desaparecido en Adamuz que se salvó de la tragedia del Alvia de Santiago
Viajaba como tripulante en la cafetería del tren que salió de Madrid la tarde del domingo con destino a Huelva

Agustín Fadón. | RRSS
Con el móvil en la mano, enseñando la foto de su cuñado, Javier pide ayuda para encontrar a Agustín Fadón, tripulante del Alvia que descarriló el pasado domingo tras recibir el impacto de un Iryo en la localidad cordobesa de Adamuz y del que este martes su familia sigue sin saber nada.
Agustín, de 39 años, viajaba como tripulante en la cafetería de ese Alvia que salió de Madrid la tarde del domingo con destino a Huelva, y que sufrió el accidente del que, por el momento, se han contabilizado 42 víctimas mortales. Hace 13 años se salvó de la tragedia de Angrois, porque cambió el turno con un compañero, según ha explicado a los periodistas su hermana María del Mar.
Ella y su cuñado Javier son los rostros de la desesperación que viven muchos familiares que pasan otra jornada más en el centro cívico Poniente, en Córdoba, donde este martes los equipos de emergencia de la Cruz Roja están atendiendo a 42 familias. Angustiado por la falta de noticias, Javier, que llegó anoche a Córdoba, se acerca a varios periodistas congregados en la zona en busca de ayuda.
«Hola. Me llamo Javier. Soy el cuñado de Agustín Fadón. Iba en la cafetería del Alvia y no sabemos nada de él», comienza a relatar. Su cuñado no figura en el registro de ningún hospital, cuenta Javier, que responde, tras un breve silencio, que creen que viajaba en uno de los tres primeros vagones del Alvia y que puede ser uno de los que volcó tras el choque con el Iryo que circulaba en sentido contrario. El compañero de tripulación de su cuñado, que sobrevivió a la tragedia, le perdió la pista cuando fue al baño, añade.
Demasiada espera, demasiado tiempo
Consciente de que hay «mucha gente» en su misma situación, Javier sabe que toca esperar, pero «es demasiada espera, demasiado tiempo», y pide que alguien les diga algo, «que vaya todo más rápido». «Necesitamos tener noticias», implora, tras recordar que también han acudido a las redes sociales en busca de ayuda.
A las numerosas preguntas de un grupo de periodistas que va creciendo por momentos, Javier recuerda que su cuñado se había quejado en alguna ocasión de las instalaciones del tren, pero subraya que lo único que quiere es «saber si alguien sabe algo de él».
No engañar: si no hay información, se tiene que decir
En estas «horas eternas», la incertidumbre de no encontrar a un familiar que viajaba en esos trenes es una de las emociones más difíciles y recurrentes de las familias de los desaparecidos que se congregan en este centro cívico. La mayoría de ellas se fue anoche a descansar y ha regresado esta mañana, pero algunas se han quedado a pasar la noche con la sensación de estar «más cerca de la información», explica a EFE el psicólogo de la Cruz Roja Fran Vicente.
Aunque puede que no mitigue su dolor, este psicólogo cree que la mejor forma de ayudar a esas familias es proporcionarles toda la información de la que disponen y no engañar. «Si no hay información, se dice que no hay información», asegura, y añade que «tarde o temprano llegará» y se canalizará.
Pero lo más importante, según subraya este psicólogo a EFE, es que los familiares se guíen por los organismos oficiales, que son los que manejan la información que va llegando, y no acudir a redes sociales o a fuentes de escasa fiabilidad. Acompañar, sostener, entender su sufrimiento y comprender que cada familia vive el duelo a su manera y que hay quienes quieren estar acompañados y quienes quieren «vivir ese dolor en silencio».
Esa es la tarea a la que se afanan desde el pasado domingo unos 150 voluntarios de la Cruz Roja, que han atendido desde el inicio de la tragedia ferroviaria a alrededor de 300 personas. Minutos antes de atender a EFE, el grito desgarrador de una mujer que probablemente acababa de recibir una mala noticia inunda de silencio la zona acordonada en la que permanecen los periodistas, en los aledaños de la plaza de toros de la ciudad.
Fran Vicente explica a EFE que «no se puede hacer más» que respetar su espacio y entender. «Hay personas que tienen que llorar, otras tienen que callarse, otros quieren llorar. Nosotros solo podemos acompañarlos» y darles herramientas para afrontar la situación, concluye.
