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El timo de las balizas: Emergencias no recibe la geolocalización en caso de accidente

Conductores de vehículos de auxilio confirman que nunca han recibido una localización de estos dispositivos

El timo de las balizas: Emergencias no recibe la geolocalización en caso de accidente

Una Baliza V16. | EP

Las balizas V16 llegaron para sustituir a los tradicionales triángulos de emergencia envueltas en un discurso de modernidad, seguridad y digitalización. El Gobierno y la Dirección General de Tráfico (DGT) defendieron su implantación obligatoria como un salto cualitativo en la protección de los conductores: dispositivos conectados, visibles y capaces de enviar la ubicación exacta del vehículo averiado. Sin embargo, la realidad sobre el terreno desmonta ese relato oficial. La geolocalización que prometen las balizas no llega a quienes deben actuar con mayor rapidez: los servicios de emergencias.

THE OBJECTIVE ha podido comprobar que, en caso de accidente o avería, el procedimiento sigue siendo prácticamente el mismo que hace años. El conductor activa la baliza V16 y, acto seguido, llama al 112. Al otro lado del teléfono, el operador le solicita algo tan básico como imprescindible: que indique con precisión el punto kilométrico, la vía o cualquier referencia que permita localizar el vehículo. Cuando el afectado da por hecho que esa información ya ha sido transmitida automáticamente a través de la baliza, la respuesta es tajante: Emergencias no dispone de esa geolocalización. Los profesionales del 112 explican que la posición exacta del vehículo sí llega a la DGT, pero esos datos no se comparten con los servicios de emergencias. Es decir, la información existe, se recoge y se almacena, pero no se transfiere a quienes coordinan la asistencia sanitaria, policial o de auxilio en carretera.

La situación se repite en el siguiente eslabón de la cadena: las grúas. Conductores de vehículos de auxilio en carretera confirman a este periódico que, desde la entrada en vigor del uso de balizas conectadas, nunca han recibido una localización automática procedente de estos dispositivos. «Siempre dependemos de que el 112 nos dé referencias o de que nos llame el propio conductor para explicarnos dónde está», asegura uno de ellos. Desde el 1 de enero, fecha clave en el despliegue del sistema, ninguna de sus intervenciones ha sido guiada por la supuesta tecnología estrella de las balizas homologadas. Fuentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado confirman este extremo. La información de geolocalización generada por las balizas V16 no forma parte del flujo habitual de datos que reciben los centros operativos de emergencias. El resultado es un sistema fragmentado, en el que cada organismo gestiona su parcela sin una coordinación efectiva.

Una tecnología conectada… ¿para quién?

Las balizas V16 incorporan una tecnología que permite enviar la ubicación geográfica del vehículo a la plataforma digital DGT 3.0 en el momento en que se activan. Ese era uno de los grandes argumentos frente a los triángulos: ya no sería necesario caminar por el arcén ni exponerse al tráfico para señalizar una avería. Bastaría con colocar la baliza sobre el techo y dejar que la conectividad hiciera el resto.

Pero esa conectividad ha abierto un debate paralelo que va mucho más allá de la seguridad vial. Israel Díaz, especialista en ciberseguridad, advierte de los riesgos asociados a la gestión y difusión de estos datos. Cuando se enciende la baliza, la ubicación exacta del vehículo queda registrada en la plataforma DGT 3.0 y, desde allí, se comparte con sistemas de navegación, paneles informativos y servicios de tráfico. El problema, según el experto, no es solo quién recibe esa información oficialmente, sino quién puede acceder a ella de forma indirecta.

Díaz alerta de que cualquier sistema conectado a redes abiertas o semiabiertas conlleva un riesgo potencial de exposición. Aunque la baliza no transmite el nombre del conductor ni la matrícula del vehículo, la simple ubicación en tiempo real puede resultar extremadamente sensible. Combinada con otros datos disponibles, permite deducir patrones de comportamiento, rutinas o la presencia de una persona en un lugar concreto. El especialista pone el foco en una contradicción llamativa: mientras existe la posibilidad de que terceros, con fines ajenos a la seguridad vial, puedan acceder a esa información de movilidad, los servicios de emergencias —que sí la necesitan— no la reciben. La tecnología funciona, pero su utilidad práctica es cuestionable.

Ni alerta ni coordinación

A esta falta de coordinación institucional se suma otra crítica recurrente de expertos en seguridad vial. Las balizas V16, aseguran, no iluminan ni alertan con suficiente antelación a los conductores que se aproximan a un vehículo detenido, especialmente en vías rápidas o con curvas. Los triángulos, pese a su riesgo de colocación, ofrecían una señalización más visible a mayor distancia. La baliza, en cambio, confía buena parte de su eficacia a una conectividad que no se traduce en actuaciones concretas.

Hasta ahora, el Gobierno había defendido el cambio asegurando que las balizas aportaban un valor añadido que los triángulos no podían ofrecer: la geolocalización. Ese argumento servía para justificar tanto la sustitución obligatoria como el coste económico de los dispositivos homologados. Sin embargo, al constatarse que ese dato no se transmite a las autoridades competentes en emergencias, la pregunta resulta inevitable: ¿para qué sirve realmente la baliza? El conductor no recibe una asistencia más rápida. El gruista no llega antes. Emergencias sigue dependiendo de llamadas telefónicas y descripciones imprecisas. Y, mientras tanto, la ubicación del vehículo queda registrada en sistemas digitales cuyo alcance real es, cuando menos, opaco.

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