Habla un cliente de las saunas de los Gómez: «Aquello era una sucursal de políticos del PSC»
Paco de Narváez, ex jefe comercial de la revista ‘MENsual’, cuenta a THE OBJECTIVE su experiencia en la sauna Adán

Paco de Narváez. | Cedida
Paco de Narváez fue periodista y ex jefe comercial de la revista pionera gay MENsual. Trabajó durante años en distintos medios de comunicación. Entre 2003 y 2005 recorría cada mes la ruta Barcelona-Madrid para cobrar en metálico la publicidad de negocios vinculados al ocio gay. Hoy, enfermo y sin vínculos profesionales ni políticos, ha decidido contar a THE OBJECTIVE lo que presenció en la sauna Adán, uno de los locales gestionados por Sabiniano Gómez, padre de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. «Aquello no era una sauna. Era una cacharrería donde se podía comprar carne, drogas, sexo con menores, rock and roll y lo que hiciera falta».
Como adelantó en exclusiva este periódico, la familia Gómez gestionaba varios locales en Madrid bajo la apariencia de saunas, pero el negocio real giraba en torno a la prostitución y la recaudación en efectivo. Narváez recuerda que la planta baja del edificio de San Bernardo 36 albergaba el bar, los vestuarios y pasillos con habitáculos mínimos, mientras que las plantas superiores disponían de habitaciones privadas donde se producían los encuentros más íntimos. «La higiene era mínima y el ambiente, sórdido, muy distinto al ocio habitual de una sauna. No había nada de relajación ni masajes. Solo el envoltorio. Lo demás era el negocio real».
Durante los primeros meses acudía personalmente a Adán para cobrar la publicidad. Allí, en los vestuarios y en la barra, observaba cómo se desarrollaba la actividad: clientes habituales, jóvenes que ejercían la prostitución y personal que controlaba la recaudación y la asignación de habitaciones. «Muchos de los chaperos eran colombianos, brasileños, marroquíes o del este de Europa, en un rango de edad que iba de los 17 a los 23 años». Según su relato, algunos menores eran muy solicitados. «La recaudación siempre se hacía en metálico, en sobres, y aunque había un cartel solicitando el DNI, nadie lo mostraba».
Narváez explica que la sauna funcionaba las 24 horas, los siete días de la semana. Los encuentros podían producirse tanto en los habitáculos de la planta baja como en las habitaciones privadas de los pisos superiores, más amplias y discretas. «Algunos clientes subían directamente para mantener la privacidad. Otros ya tenían a sus chaperos de confianza», dice. La estructura, sostiene, estaba pensada para maximizar ingresos: «Se llevaba el 50% de la facturación de los menores», recuerda, en línea con lo publicado por THE OBJECTIVE.
Los adolescentes trabajaban sin contrato, sin nómina y sin control efectivo. Narváez asegura que conoció personalmente a uno de ellos, apodado ‘El niño polla’, de 16 o 17 años, brasileño, cuyo hermano mayor estaba a cargo de la barra. Insiste en que lo que vio no era una desviación puntual ni un exceso aislado. «Era el modelo», afirma. Un sistema en el que la prostitución no solo era tolerada: era la columna vertebral. La sauna era, en sus palabras, «el envoltorio». «El negocio real estaba en la carne y en el dinero en efectivo que circulaba cada fin de semana».
Recuerda también que, para cobrar la publicidad, debía bajar a la zona de vestuarios, ponerse la toalla y las chanclas y esperar en la barra. «Ahí éramos todos iguales», señala. Desde esa posición observaba el movimiento constante de clientes y chicos. «Había un público muy mayor y chavales muy jóvenes. Ese contraste ya te decía que aquello no era una sauna al uso».
La presencia de cargos del Gobierno
Narváez subraya que la sauna Adán no era solo un espacio de prostitución, sino también un punto de encuentro habitual para políticos y figuras del entorno empresarial y religioso. «Aquello era una sucursal de los políticos gais del PSC», afirma. Describe un flujo constante entre Madrid y Barcelona: personas que buscaban anonimato viajaban a las saunas de la capital catalana, donde podían coincidir con conocidos sin ser identificados en su entorno habitual. Algunos accedían directamente a las habitaciones privadas; otros pagaban por los chaperos de su preferencia, con total discreción. La lógica, según su versión, era doble: preservar la privacidad y, al mismo tiempo, conservar información sobre quienes frecuentaban los locales. Ante la pregunta de si tuvo constancia directa de la presencia de personas que hoy ocupan o han ocupado responsabilidades en el Gobierno de España, responde: «Rotundamente sí».
El control, añade, también pasaba por grabaciones y vigilancia. Narváez recuerda cómo un encargado le advirtió: «Aquí arriba se graba en audio y vídeo a personas importantes. Y claro, como tú eres importante…». Esto conecta con los audios difundidos por el comisario José Manuel Villarejo, en los que se alude al registro de clientes relevantes. Además, la oferta de drogas formaba parte del engranaje: MDMA, GHB, ketamina o viagra se facilitaban directamente para garantizar la satisfacción del cliente y mantener el flujo de ingresos. «Era carne, drogas, sexo… todo en un mismo lugar», resume.
«La chica»
Narváez describe cómo conoció a Begoña Gómez en las oficinas de la planta superior del edificio de su padre, Sabiniano. «Le llamaban ‘la chica’. Ella me pagaba los sobres de 330 euros en metálico», afirma. Participaba en tareas de contabilidad y gestión administrativa, aunque —según su testimonio— nunca la vio dentro de la zona de sauna. El sistema familiar, sostiene, estaba claramente jerarquizado: su padre y su hermano asumían la gestión principal, mientras ella se encargaba de labores de recaudación.
Durante años guardó silencio siguiendo las instrucciones de su jefe en Barcelona: «Tú vas a cobrar publicidad. Lo que veas u oigas, calladito como una puta». Esa frase, asegura, resume la disciplina interna que imperaba en torno al negocio, vigente durante décadas y que permitió que la actividad se prolongara cerca de 40 años.
Su relato no aporta documentos ni exhibe grabaciones. No señala con el dedo a personas concretas. Ofrece memoria. Una descripción de cómo, en un edificio del centro de Madrid —en línea con las informaciones publicadas por THE OBJECTIVE— funcionó durante décadas un negocio que combinaba prostitución, menores, drogas y grabaciones comprometedoras. «Si hace 20 años ya era terrible», dice en un momento de la conversación, «imagínate lo que hubo antes y lo que pudo haber después». Y vuelve a la idea que atraviesa todo su testimonio: aquello no era una sauna. Era, insiste, «un sitio donde podías comprar de todo».
