The Objective
El purgatorio

Albert Rivera: «Mi mayor sacrificio fue renunciar al tiempo con mis hijas por servir a España»

El expolítico se sienta en ‘El purgatorio’ para hablar de su visión de la vida y la política siete años después de su marcha

Tras una intensa trayectoria en la primera línea política que culminó con su retirada a los 39 años, la vida actual de Albert Rivera (Barcelona, 1979) se desarrolla entre la abogacía, la consultoría y la docencia. En esta conversación en El purgatorio de THE OBJECTIVE, el expresidente de Ciudadanos analiza su presente desde una madurez que prioriza el tiempo con sus hijas y el café de la mañana sobre el ritmo frenético de los mítines, admitiendo que la política exige unas renuncias personales que solo se dimensionan con la distancia.

PREGUNTA.- Albert Rivera, bienvenido a El purgatorio. Dicen que la política es el aspecto más importante de la vida en sociedad. Cuando un político se retira y dice que es un expolítico, ¿realmente abandona su responsabilidad?

RESPUESTA.- La política a mí me encanta y me seguirá encantando siempre, pero me gusta la política de servicio, la política con mayúsculas. El politiqueo, el barro, el lío, el jaleo, el zasca no me gustan tanto, o digamos que estoy un poquito alejado de eso. La política es una responsabilidad y siempre, cuando has estado en un cargo público, has sido candidato a presidente y has dirigido a miles de cargos públicos, es muy difícil abstraerse de lo que pasa y no tener opinión. Es difícil que la gente no te pregunte: «Oye, ¿y tú cómo lo ves?». Yo llevo ya casi siete años fuera de la política. Me fui bastante joven, pero es verdad que queda un poquito ese poso y es difícil. Uno se muerde la lengua también.

P.- Uno, cuando es político, expolítico, también es político en su casa.

R.- Según con quién hables en mi familia. Mis hijas, mi chica o mi madre dicen: «Siempre tienes que acabar teniendo razón», o «quieres acabar teniendo razón», o «siempre tienes algún argumento», pero es más, quizá, por la habilidad que tienes en la parte dialéctica.

P.- Ya son siete años fuera de la política, que se dice pronto.

R.- Sí, noviembre del 19, estamos en marzo del 26, sí. 

P.- ¿Se duerme mejor viendo los toros desde fuera de la plaza y no teniendo que tomar la decisión, o ahora que estás en tu etapa de consultorías y demás, tener que aconsejar a alguien?

R.- Es muy buena pregunta porque pasas de ser delantero centro a segundo entrenador. Entonces tú le susurras algo al entrenador o le dices a un jugador, le motivas o le ayudas. Siguiendo el símil, yo ahora estoy haciendo ese rol de advisor, de asesor, con presidentes, CEO y directores generales y me apasiona porque es poner lo que has aprendido al servicio de otros líderes: empresariales, sociales… Tú tienes un ímpetu y un liderazgo de la política que casi quieres tomar tú la decisión. Habiendo tomado tantas decisiones en el pasado —siempre entre la mala y la muy mala, porque en política la buena casi nunca llega—, ahora asesoras a gente en toma de decisiones y en negociaciones. Es bonito, pero tienes que asumir dónde se acaba tu rol.

«Perder el poder de elección, someterte a algo que no está en tus manos o que no te apetece, me produce mucha tristeza. La pérdida de libertad es una putada»

P.- ¿No te da rabia de vez en cuando?

R.- Puedes aconsejar al CEO de una compañía por dónde ir, que marque unos límites en una negociación o que habría que recoger cable y pedir una reunión, pero si el CEO o el dueño no lo ven, no es fácil darles la razón y recordarte que eres asesor. Es un rol en la sombra; es bonito, me gusta porque hay un retorno. Trabajo con gente muy interesante de la que sigo aprendiendo egoístamente de sus sectores; gente muy buena y brillante. Pero es verdad que nosotros los de la política tenemos quizá una visión más amplia, más global, más estratégica de la sociedad. A veces esa visión geopolítica, económica, de lo que tiene repercusión social o mediática les falta, así que yo acompaño y ayudo a esos CEO y directivos a tener una visión más global.

P.- Tu condición no te abandona y tú no abandonas tu condición.

R.- No. Cuando salí de la política cometí un error: renegar de ello. Repetía que había acabado muy harto de la política, que no estaba en ella, que ya no era político. Y eso durante un tiempo lo utilicé. No usaba redes sociales, no iba a ningún evento. Me había convertido casi en un hater de ese mundo, porque acaba cansando y hartándote. Pero con el paso del tiempo, en una reflexión de madurez y de aprendizaje de la vida, me di cuenta de que si eres un cantante y la gente te pide la canción del verano, pues los hay que se cabrean, pero es que resulta que te conocen por la canción del verano.

P.- ¿Te consideras exitoso en la política?

R.- Yo creo que fundar un proyecto político, ser la tercera fuerza política en pocos años, ganar las elecciones en Cataluña, irte de la política con 39 años sin ningún caso de corrupción… Hay cosas buenas; obviamente, siempre mejorables, y aciertos y errores, pero sí que creo que hay un legado de un partido liberal en España y de una forma de hacer las cosas que hoy en día hay gente que recuerda. Nos votaron cuatro millones y medio de españoles que hoy votarán otras opciones o no votan.

P.- ¿Escuchas mucho cuando vas por la calle un «Albert, vuelve»?

R.- Debo decir que sí, en las redes y en la calle. Este país y su política son paradojas y la vida es muy rara. Te vas de la política después de un mal resultado y la gente ve algunas de las cosas que has advertido que pasan, dice: «Ostras, pues ahora este se ha ido y ¡huy!, ¿por qué no vuelve? ¿Y por qué no hay un partido como Ciudadanos?». Bueno, porque la vida va en serio, que decía el poeta, y cuando hay que votar y cuando hay que decidir, y algunos no estamos ahí aferrados al cargo. No me he quedado ahí en el escaño a cualquier precio y no he cometido delitos como otros. Por otro lado, creo que hay una parte de cariño de gente que recuerda una etapa de cierta ilusión, de cierto cambio y de cierta forma de hacer las cosas algo distintas; me quedo con lo bueno.

P.- Nunca pensaste: «Bueno, yo creo que todavía me puedo aferrar aquí».

R.- Se juntaron varias cosas cuando yo me marché. Para ser justos y claros: saqué un mal resultado electoral y me marché. Pero también es verdad que el 90% de cargos sacan malos resultados y se quedan. El argumento mío fue ese, pero la realidad es que yo choqué contra un muro de realidad. Es decir, ese proyecto político de España unida y no enfrentada en bandos, de una España reformista y no una España conformista. Esa España aspiracional y no de envidia y de «y tú más». Esa España con la que yo soñaba. Yo me vi en el espejo y dije: «Ese proyecto de la España con la que tú sueñas no es viable, no es viable hoy en día».

P.- Una utopía.

R.- Sí, te chocas con la realidad: un muro de casi dos millones de votos. Pero el proyecto de esa España liberal, reformista, unida, aspiracional, ese upgrade que yo pretendía que España tuviera, estaba convencido de que ya no era posible. Y la prueba es que hoy España está más polarizada. Desde luego, no es un consuelo porque, como español, me fastidia que el país podría ir mucho mejor de lo que va, pero la realidad es que el reflejo de lo que está pasando o lo que sucede tiene que ver con esa utopía de decir «esa España con la que yo soñaba no es posible hoy en día».

P.- ¿Si Ciudadanos hubiera aplicado las estrategias de marketing político que pueden tener partidos como Vox o Sumar podría haber estirado más? ¿O fue algo circunstancial de ese momento?

R.- Me da para una reflexión bastante profunda. Creo que el mundo en el que vivimos, uno que, como España, se está polarizando y simplificando, y en un mundo simple, ganan los simplistas. En uno complejo, quizá ganan los que tienen soluciones más complejas, pero si yo tengo un problema complejo y le doy una solución fácil en un titular, en un tuit o en un zasca de 20 segundos para el telediario, con eso no solvento el problema. Ni las pensiones, ni las reformas del Estado bienestar, ni la inmigración, ni la economía se solucionan con un tuit o una frase ocurrente. En un mundo de trazo grueso, lo fácil, lo rápido, lo simple reina. Las soluciones complejas merecen sosiego, renuncias, pactos, tiempo… y el mundo de hoy no tiene ni tiempo, ni quiere renunciar a nada, ni quiere pactos, sino que quiere decidir si es del Barça o del Madrid, o de izquierdas o de derechas. Creo que vivimos en un mundo bastante proclive a lo que estamos viviendo; es decir, lo que está sucediendo no es casualidad, sino que todo funciona así: la comunicación digital tiene cosas maravillosas (yo soy un fan de la tecnología), pero hay que reconocer que nos lleva también a una polarización. 

P.- Claro, tiene que haber un principio.

R.- Estoy haciendo crítica de la parte política, lo que vi entonces y lo que veo ahora. Como decía, se notan las redes sociales, los algoritmos, el mundo en el que vivimos, la simplicidad, la falta de tiempo. Tú antes hacías una reunión para presentar un proyecto y tenías media hora; ahora te dan cinco minutos. Antes tú te quedabas viendo una serie 20 minutos a ver qué pasaba. Ahora, a los tres minutos, has cambiado. Vamos todos mucho más rápido…

P.- ¿O sea que la máquina o el hombre?

R.- Veo una cierta, no sé si mutación, pero sí un cierto cambio. La revolución tecnológica está mutando o está cambiando al ser humano, y la covid también ha sido una aceleradora. Entonces todo eso, ese mundo, ese ser humano que tenemos hoy, se ha simplificado, así que uno pretende que con toda esa simplificación la política sea como antes. Pero la política también ha entrado en ese terreno. Lo fácil, lo que está chupado, es dividir a la gente. La Ola, una película francesa [La Vague, 2008], plantea que es muy fácil atrincherar a la gente, o Nuremberg, la película maravillosa que han hecho con Russell Crowe, porque está bien recordar lo que ha pasado en la historia y lo fácil que es cometer esos errores. Dividiendo a la gente puedes conseguir réditos electorales e incluso puedes llegar a gobernar; pero dejarás un país ingobernable. Lo difícil es unir a los distintos. Ahí está el mérito del liderazgo: unir a los distintos, quien dice: «Da igual si eres de Estonia o de España, da igual si eres católico, musulmán o judío, da igual si eres mujer, hombre, o si eres joven o mayor, voy a buscar el nexo común». Eso es liderazgo; lo otro son aprendices de brujo o populistas, pero echo de menos que la diferencia no se convierta en un problema, sino en una incorporación a un país de gente distinta unida.

«He tenido una vida muy precoz y a los 39 ya me había retirado de la política habiendo hecho de todo; no tengo tantas cuentas pendientes»

P.- Es verdad que suena muy bien, ¿pero no es un discurso muy…?

R.- No, la Transición, la tenemos aquí, fuimos un ejemplo mundial, es que…

P.- Pero en la Transición también hubo gente que no estaba de acuerdo. 

R.- Sí, pero la transición española fueron Carrillo y Fraga dándose la mano al tiempo que se insultaban, porque tendrían algún motivo más que algunos diputados que veo ahora que han vivido muy bien y no han tenido nunca una guerra civil. Tuvimos a Adolfo Suárez enfrentándose a los suyos que venían del movimiento. Y el Rey, por mucho que le critiquen, fue clave entonces. España ya ha vivido eso; no tenemos que mirar a Estados Unidos o a Francia. España ya ha vivido una transición ejemplar; con luces y sombras como todo, pero el balance es netamente positivo: España nunca ha tenido una mejor época en la historia que desde la transición del 78 a hoy. Entonces, si eso lo hemos vivido, que no vengan ahora con cuentos de que es muy difícil unir a gente que piensa distinto. Lo que hay que tener es voluntad y vocación de convivir. Un parlamento no es un partido de fútbol. Un parlamento es un lugar donde socialistas, liberales, conservadores, demócrata-cristianos, ecologistas… da igual, los partidos que sean, intentan llegar a un acuerdo para legislar. No es un lugar donde tirarse por la cabeza el país.

Carmen Suárez. | Albert Rivera

P.- Entonces, el 80-90% de diputados realmente están en el puesto más que por sacar un país adelante, por el sueldo que tienen.

R.- Uno de los mayores retos pendientes que nos quedan en este país es quitar las zarpas de los partidos políticos a la propia democracia. Los partidos políticos se pensaron en la Transición, dándoles mucha fuerza porque veníamos de un régimen dictatorial a una transición. En vez de una apertura absoluta, los partidos obtuvieron muchas prerrogativas: financiación pública, cargos públicos designados por los partidos, carencia de independencia cargo-partido, pero este no es el único sistema. Hay otros modelos como el británico con lista por distrito, hay modelos de doble lista, hay modelos de lista desbloqueada… Es decir, nuestro sistema se pensó en ese momento teniendo en mente que estábamos saliendo de una dictadura y que no había cultura democrática. Pero esa transición tiene cuarenta y tantos años y no se han cambiado ni la ley electoral, ni el sistema de partidos, ni la independencia de los cargos públicos respecto al partido. Un partido clásico, sin primarias internas y con un secretario general haciendo la lista de 8.000 municipios de España, pues elegirá al concejal de turno de cualquier municipio más por el tipo que hace la lista que por los ciudadanos que sirve. Te debes a una persona en vez de a un país o a un territorio o a un municipio. Creo que la partitocracia ha ido demasiado lejos y hay que podarla y desmontar las redes que ha generado de mediocridad también, porque los partidos, lejos de buscar la meritocracia con este modelo, buscan la pleitesía, una lealtad mal entendida a lo que diga el secretario general, lo que diga el presidente… Los partidos sirven a España, no al revés. Yo lo intenté con un modelo de primarias en mi partido, con la limitación de mandatos a ocho años; intentamos regenerar eso. Pero me choqué con otro muro: el bipartidismo. La realidad es que aquí ni el sistema electoral ni el sistema de partidos ha cambiado.

«La tecnología no está solo para hacerte llegar multas al buzón; para eso somos la NASA, pero para atenderte en la sanidad no se tarda lo mismo»

P.- Te sientes más libre ahora, ya que tu palabra no afecta a un sondeo, por ejemplo.

R.- Te digo una cosa, yo tuve la fortuna, suerte y valentía de, al no estar convencido con lo que había, de montar un partido de cero. Entonces, claro, eso te da una ventaja: el ideario lo confeccionas tú con tu equipo, el programa electoral lo apruebas tú con tu equipo, y me sentía muy cómodo porque Ciudadanos era parte de una prolongación de lo que yo pienso como liberal y demócrata. Tuve la suerte de que no tuve que acatar muchas decisiones en mi partido, primero porque era presidente, segundo porque era fundador e ideólogo y tercero porque ese traje a medida lo había diseñado yo. Entonces me sentía muy cómodo con el traje. Pero sé de gente y tengo amigos en partidos políticos, en todos los partidos políticos prácticamente…

P.- ¿Qué está pasando con Vox?

R.- Pues no estoy siguiendo eso del que se va, el que viene, el que critica. Habiendo sido presidente de un partido, te digo que cuando uno tiene un partido grande le pasan cosas, y al partido pequeño nunca le pasan cosas. ¿Que los partidos tienen crisis? Pues tienen crisis. Yo prefiero partidos donde haya discrepancias y a lo mejor tenemos que tratar con más naturaleza que alguien se marche de un partido o que alguien funde un partido o que alguien no esté de acuerdo con lo que su propio partido ha dicho a nivel nacional en su región. Yo no me incomodo; yo tuve alguna gestión de eso. Es verdad que Ciudadanos es un partido de nuevo cuño, pero yo he tenido alguna vez que gestionarlo en mi grupo parlamentario en alguna votación, y la mejor manera de solucionar las cosas es hablarlas. Recuerdo cuando tuvimos que votar sobre el aborto y Ciudadanos estaba a favor de una ley de plazos, y había un diputado y algunos más que tenían ciertas dudas porque el texto no era nuestro, era de otro grupo parlamentario (o sea, no era nuestro ideario, era propuesto por otro). Y había cosas que estaban bien y otras que generaban dudas. Pues a mí me vino un diputado y me dijo: «Oye, yo no estoy cómodo con esta votación, de que el partido vaya a votar a favor de esto y yo tengo mis discrepancias, mis temas de conciencia religiosos, morales…». ¿Y tú qué le dices a esa persona? «¿Que estás equivocado o te expulso del partido?».

P.- ¿Nunca tuviste que cortar una cabeza?

R.- No, porque cuando son temas muy delicados y que no son blancos o negros, prefiero que un grupo parlamentario dé libertad de voto o que justifique esa persona incluso tomando la palabra. Desdramatizemos eso. Ahí hay que preguntarse qué están haciendo mal y qué hemos hecho mal y qué se está haciendo mal en la política para esa desconexión y que se vea a los partidos como algo tan alejado de la sociedad civil.

«La mayor satisfacción de mi vida es cuando miro a mi lado en el sofá y veo a mis dos hijas juntas; ahí digo: ‘Se puede acabar el mundo, ya estoy’»

P.- Si tú mañana fueses asesor, uno de los asesores del presidente del Gobierno en este país… ¿cuál sería tu primer consejo? 

R.- Yo creo que es importante no poner ni tu cargo ni tus intereses por encima de tu país. Nunca. Nunca es nunca. Puedes alinearlos, decir: «Esto le viene bien a España y le viene bien al PSOE» o «me viene bien a mí como presidente», está bien. Pero ante la duda, anteponer tus intereses, incluso de tu propio partido, que ha pasado también en casos del Gobierno… Pues si tuviera que dar un consejo a un presidente —que es mi presidente, quiero decir, aunque no le vote, institucionalmente el presidente del Gobierno de España es de todos— sería que recordara que ese cargo, esa silla, ese lugar en Moncloa no es suyo. 

P.- ¿Hablaste con Sánchez después de dejar la política?

R.- Quiero pensar que le he saludado en algún evento, pero no he tenido conversación; el saludo no recuerdo cuándo fue porque luego vino la covid después justo después, pero creo que en algún evento que estaba yo en el sector privado ya, algún saludo nos hemos cruzado, pero no he tenido ni conversación ni reunión con él.

P.- ¿No sientes que tú también te elegiste a ti mismo antes que a la política?

R.- Te entiendo lo que planteas, pero lo veo al revés. Si hubiera querido continuar en mi escaño, muchos compañeros me dijeron que me quedara, que fuera en las listas europeas o que siguiera en el grupo parlamentario sin ser presidente del partido… tenía caminos para quedarme. Pero no estaba en política pensando en una tarjeta de visita, un escaño o un sueldo; para eso ya estaba el sector privado. Mi ego estaba suficientemente alimentado y no iba a calentar el banquillo. Estaba para ganar el partido de una España que evolucionara y, cuando llegué a la conclusión de que eso no iba a pasar, ¿qué pintaba yo allí? ¿Tocar el botón de votación por un sueldo? Hay gente que lo hace, pero yo no me reconocía en el espejo quedándome allí. Lo mejor es hacerte responsable de un mal resultado. Los líderes no están solo para colgarse medallas, sino para asumir responsabilidades cuando hay un fracaso. Echo mucho de menos eso en España. Con el accidente de los trenes o el apagón, con miles de millones perdidos y 47 muertos, no ha dimitido nadie. Ni el presidente, ni el ministro, ni un director general han dicho: «Esto no lo hemos hecho bien». Con el apagón tercermundista de 4.000 millones de euros en pérdidas, seguimos esperando que alguien entone el mea culpa. Nadie lo hace porque están pegados al escaño; confunden el cargo con la persona. Los hay que no saben despegarse porque consideran que su único rol en la vida es la política. Es un tema de ego. Yo soy Albert Rivera, no un diputado. La gente se aferra al cargo como si al perderlo perdieran la vida, pero no pasa nada por marcharse, ponerse a un lado y volver a tu empresa. La vida sigue.

P.- ¿Qué te parece la prensa?

R.- La prensa tiene un papel fundamental en la Constitución. El artículo 20 protege y da prerrogativas a los periodistas y a los medios de comunicación como un derecho fundamental. Pero también creo que debemos ser muy exigentes con ella; si tenéis el derecho a proteger vuestras fuentes y contáis con medios públicos con una supuesta voluntad informativa, la prensa no puede convertirse ni en un parlamento ni en un partido de fútbol. Actualmente veo a ciertos personajes y medios y me pregunto dónde está la información veraz, el derecho del ciudadano a recibirla o el servicio público. Si lo que haces es pelearte en un plató por audiencia, publicidad e ingresos, no lo interpreto ni como prensa. Ahora bien, ¿es necesaria? Absolutamente. Mira el ejemplo de Venezuela: de las primeras cosas que hacen las dictaduras para desmontar las democracias es cargarse a los medios y a los periodistas. Por eso hay que evitar la tentación de poner a todos en el mismo saco. La prensa es necesaria, pero si la política requiere autocrítica, yo aún espero un debate entre periodistas sobre qué han hecho bien desde el 78 y qué deben mejorar para ser más independientes y estar menos atrincherados. A veces parece una prolongación de los partidos políticos. He visto a gente en tertulias proyectando el argumentario de una formación a cambio de dinero mientras el espectador piensa que está opinando. Todo parece prensa, pero yo matizaría mucho. El papel de la prensa es, como hacéis en esta casa con investigaciones sobre corrupción, llegar donde el ciudadano no llega en su día a día. Por mucho que no le guste al Gobierno, la función de la prensa libre es investigar y destapar esas cuestiones.

P.- ¿Y no crees que la prensa en la vida del político se entromete demasiado personalmente.?

R.- La política se ha convertido en un espectáculo. Los políticos nos hemos convertido en actores de vodevil. La gente se mueve por el me gusta o el no me gusta, como si fuera un club de fans. Es una política infantil, de una simplicidad absoluta: «Qué bueno el zasca de menganito» o «Ya no me gusta fulanito porque he visto que le gustan los toros o porque está casado con alguien que piensa de tal manera». Hemos llegado al punto de votar o dejar de votar a alguien por cuestiones absolutamente ajenas a su gestión o a sus ideas políticas.

P.- ¿A nivel personal te ha afectado que se entrometieran?

R.- Soy bastante más discreto que la media y bastante hermético; entiendo que existe un círculo de libertad negativa donde ni el Estado ni la prensa deben entrar, que es tu intimidad, tu familia y tu profesión. No he querido participar demasiado en eso, pero cuando eres un candidato a la presidencia al que conoce el 98% de la población, no es posible decirle a la gente: «Soy este candidato en el parlamento o en la tele, pero déjenme hacer mi vida». Hay un interés que tienes que asumir. Me ha costado tiempo y hoy todavía me cuesta. Siete años después de dejar la política, me siguen llegando alertas de noticias sobre mí y me pregunto cómo es posible si no digo ni mu, si no me meto con nadie y no quiero saber nada. Una buena amiga periodista me dijo un día: «Tienes que asumir que has jugado un rol importante en una etapa política de España y vas a generar interés dependiendo del momento de tu vida; es muy difícil que vuelvas a ser anónimo». Intento tomar la parte positiva en cuanto a mi trabajo, mi notoriedad o mis conferencias. Estoy digiriendo que la exposición no se acaba al salir de la política; es algo que llevas contigo.

P.- Las parrillas de televisión a día de hoy están plagadas de programas políticos con un tono de salseo como podría ser Sálvame. Esta semana ha habido un caos mediático entre Antonio Naranjo y Sarah Santaolalla. ¿Es la polarización un fenómeno social inevitable o realmente es una estrategia de marketing que quizás nos hemos pasado de rosca?

R .- Creo que hay un componente artificial. Hay partidos políticos —algunos especialmente interesados electoralmente— y medios de comunicación que buscan la curva de audiencia o el clickbait. Hay diferentes players que no están siendo honestos: por un clic o por sacar cuatro votos, son capaces de incendiar el debate. No es honesto. Si a eso le sumas una sociedad enganchada al móvil, al me gusta, a que todo sea blanco o negro y a los vídeos de tres segundos, la mezcla es demoledora. Tienes agentes importantes, políticos y periodistas, agitando porque les interesa, y tienes ciudadanos que se suman al show. Estamos en una política y en una comunicación mucho más superficial porque el mundo va hacia allí, pero también porque hay un alimento artificial. Ir a contracorriente sería no participar de ese artificio, no calentarse, respetar al que piensa distinto y no gritar, pero eso hoy resulta utópico.

P.- ¿O sea, a ti te consta que que están dirigidos a dedo, que tienen que hacer ese show?

R.- Dicho al revés: algunos saben que tienen que hacer el show ya de salida y otros directamente participan de él. Tú te prestas o no te prestas. Es verdad que hay gente que, presentándose al espectáculo, se gana la vida; y como se gana la vida así, juega al espectáculo. Pero entonces dedícate a otra profesión y no te vendas como periodista. Si lo que quieres es hacer un espectáculo, monta una obra de teatro o una serie en Netflix.

«Viendo a algunos políticos y sus decisiones cargadas de ego y testosterona, una IA lo podría hacer mejor»

P.- ¿O sea que, por ejemplo, en el caso de Vito Quiles es…?

R.- Lo que he visto en redes sociales de Vito Quiles me recuerda al mítico programa Caiga quien caiga, aunque con otras formas, otro tono y probablemente otro sesgo ideológico. Yo me he encontrado al salir del Parlamento con 24 alcachofas que no te dejan ni respirar: «Señor Rivera…». Te pongo un ejemplo para que veas que esto ya funcionaba así cuando yo estaba: una vez entré al Congreso por la puerta de la calle Zorrilla y me vinieron todos los micrófonos por algo que había pasado esa mañana. Yo iba con un compañero, te quedas un poco asustado y dices: «Sí, hemos hecho una rueda de prensa esta mañana». Te paran a las tres de la tarde, pero es que, al meterme en el pasillo, me pararon otra vez otros compañeros con micrófonos de otros programas.

P.- Pero eso va en el sueldo.

R.- Otro ejemplo: en menos de cinco minutos me intentaron montar tres corrillos con periodistas de las mismas cadenas pero de diferentes programas. Yo les decía: «Acabo de hacer declaraciones», y me respondían: «Ya, pero esto es para el programa de la tarde». Te conviertes en parte de un show porque necesitan directos para mantener la audiencia y decir: «Estamos en el Congreso y esto han dicho Rivera, Abascal y Sánchez». He sido parte de ese circo, lo he vivido, y ahora desde fuera veo que eso alimenta parrillas y contenidos, pero te integra en una especie de Sálvame político. Eso ha pasado, sigue pasando y ahora lo hemos extendido a tertulianos o periodistas con un modelo donde los protagonistas son los propios entrevistadores. Que el protagonismo de la vida pública española resida en que dos periodistas se agredan o critiquen me parece una degradación, pero la sociedad también lo compra. Hay más gente enterada de eso que de la última ley aprobada en el Parlamento o de si hay presupuestos. También están las tertulias de Twitter, esos hilos interminables con informaciones que la mayoría de veces no son veraces, como lo que se comenta ahora sobre Santaolalla en un coche oficial.

P. – ¿Te consta que pueda haber cierta financiación por parte de partidos políticos a periodistas y más a día de hoy?

R.- No me consta, no tengo pruebas. Pero, como te decía —y no lo digo por esta señora con la que no he coincidido—, yo he visto en mi época a tertulianos con una tableta en la que estaban mirando el argumentario del partido. De hecho, tuve algún roce con alguno porque se lo eché en cara. Me querían poner contra las cuerdas y llegaba un punto en el que yo decía: «Oiga, que le cambien el argumentario, que está equivocado y lo que dice es falso». Parecía que había matado a alguien por decir que tenían argumentario, pero la realidad es que pasa. Lo digo para que la gente reflexione: cuando entramos en el juego de bandos, la gente se hace fan de tertulianos que no son más que una prolongación de una ideología. Eso no es bueno para la sociedad, pero funciona porque hay audiencia y seguidores. Termina generando un artificio: una sociedad que se suma a batallas efímeras y cómodas para evitar pensar en temas complejos, como la reforma de las pensiones.

P.- Vámonos a una batería de preguntas. Quiero que me contestes de forma corta; hay una de ellas que sí que te vas a tener que estirar más, que por eso va a ser la primera. ¿Cómo es tu rutina de un día normal?

R.- Tengo varios sombreros. Estoy en la consultora RV+ con mi socio Villegas, donde hacemos asuntos institucionales con empresas y M&A. También presido el Club Raheem, un club empresarial en el barrio de Salamanca; normalmente voy allí por las mañanas para tener reuniones con la consultora y clientes. Además, doy unas 30 o 35 conferencias al año.

P.- ¿A qué hora te despiertas?

R.- Las conferencias las reparto a lo largo de todo el año. Combino la parte académica con mi labor como consultor y presidente del club. La gente me dice: «Haces tres o cuatro cosas», pero cuando la política te ha exigido tanto, mantienes un nivel de trabajo muy alto; por eso, aun con estas actividades, me sobra tiempo. Mi día a día transcurre entre empresarios, la parte académica y los foros de directivos. Viajo a menudo para dar conferencias, unas dos o tres al mes fuera de Madrid o de España. Me lo paso bien y disfruto. Creo que es fundamental combinar trabajo y satisfacción. Tengo la suerte de ser un afortunado: no tengo un lunes de «qué coñazo». Mis actividades me nutren y me hacen crecer. Me siento un privilegiado porque sé que mucha gente no puede decir lo mismo; he logrado construir un estilo de vida y una profesión enfocados en seguir creciendo siempre.

Carmen Suárez. | Albert Rivera

P.- ¿Qué desayuna Albert Rivera?

R.- Desayuno poco. Soy muy cafetero; me tomo dos o tres cafés. No es que practique el ayuno intermitente expresamente, pero históricamente nunca he desayunado fuerte. La gente dice que hay que desayunar fuerte y lo hago si estoy de vacaciones en un hotel, pero en mi casa suelo tomar un café y luego otro en el despacho. Tomo dos o tres cafés y como poco hasta el mediodía, que es cuando ya como fuerte.

P.- ¿Eres más de noche o de día?

R.- Me estoy haciendo mayor y ahora adelanto todos los tiempos. Me despierto prontito y me gusta tomar el primer café de la mañana pensando, escribiendo y viendo cosas. Antes aguantaba más, pero ahora a las 11 de la noche ya me apetece poner una serie o una película y dormir; aguanto menos. Los más veteranos empezamos a sustituir las cenas por la comida al mediodía y un poco de tardeo de sobremesa para estar a las nueve en casa. Estamos cambiando los hábitos por la edad y porque, tras la covid, esa franja de tarde se ha convertido en un hit en España.

P.- Yo soy más del tardeo.

R.- A mí me parece más inteligente. Cuando era joven, mis padres me decían: «¿Pero dónde vas a las 12 de la noche?». Ahora lo pienso y no entiendo qué hacía saliendo de casa a esa hora solo para quedar con mis amigos; hoy me tendrían que sacar con grúa para que saliera a esas horas.

P.- Si mañana te llevasen a una isla desierta, ¿qué te llevarías?

R.- Si pudiera, me llevaría a mis hijas. La vida política implica muchas renuncias y, entre ellas, la del tiempo. Quizá me he perdido cosas que no me habría gustado perderme y he estado menos presente de lo que hubiera querido, pero ahora estoy recuperando ese tiempo y no me pierdo ni una. Siempre que puedo paso el fin de semana con ellas; una vive en Barcelona y la otra en Madrid. La mayor satisfacción de mi vida es cuando miro a mi lado en el sofá de casa, o si estamos de viaje, y las veo a las dos juntas. Entonces digo: «Se puede acabar el mundo, ya estoy…».

P.- No querrán dedicarse a la política ellas.

R.- Las he educado en libertad, así que cada una que haga lo que quiera. No sé si es muy recomendable, pero quiero pensar que harán lo que les apetezca. Son dos mujeres libres y que hagan lo que quieran, por supuesto.

P.- Y si en esa isla desierta te dijesen que te vas a morir, ¿cuál sería tu último deseo?

R.- Estoy bastante en paz. He tenido la suerte de vivir muchas cosas muy joven; tuve una vida muy precoz y a los 39 años, cuando me retiré de la política, ya había conocido a gente muy interesante y viajado un montón. Me doy cuenta de que no tengo tantas cuentas pendientes. Mi deseo sería irme en paz con los míos y, sobre todo, no sufrir dolor. Una cosa es morir y otra el sufrimiento; cada vez llevo mejor el pensamiento de la muerte, algo que hace años no veía con tanta naturalidad. La muerte repentina de mi padre hace dos años y medio fue un choque muy grande que me hizo madurar y reflexionar: habrá que morir, claro, pero que sea en paz y sin sufrir. Mi deseo es vivir los mejores años de mi vida y, cuando me toque partir, tener a mi gente cerca para poder despedirme e irme tranquilo.

P.- ¿Y qué teme Albert Rivera?

R.- Hace unos años te hubiera dicho que la muerte, porque me apetece vivir en este mundo y me parece maravilloso, pero ahora me da un poquito menos de miedo. Lo que realmente me asusta es distorsionarme o perderme. Creo que la felicidad consiste en vivir conforme a tus valores y a lo que te hace feliz. Hoy tengo el equilibrio de contar con suficiente energía y madurez para vivir según mis principios y elegir lo que quiero. Me da miedo perder ese poder de elección. Creo profundamente en la libertad y en el poder de decidir; a veces la vida se complica y hay que tomar decisiones difíciles, pero someterte a algo que no está en tus manos o que no te apetece me produce mucha tristeza. Perder la libertad de elección me parece una putada.

P.- ¿Cuál ha sido el mayor sacrificio de tu vida?

R.- La renuncia al tiempo con los míos. He vivido muchas más cosas buenas que malas en política y no solo no me arrepiento, sino que me siento orgulloso; pero cuando miro atrás, pienso en esas tardes, fines de semana y momentos en los que te pedían una entrevista o un mitin en la otra punta de España. Esas horas no las recuperas. Todo lo que no hemos vivido no volverá, y con los hijos, cuando llegan a cierta edad, está demostrado que los ves menos. El mayor sacrificio que he hecho ha sido renunciar a ese tiempo por servir a mi país.

«Existe la arrogancia del ignorante: ver la tecnología como algo ajeno a lo público cuando, como lo pagamos todos, debería estar a la última».

P.- Si no hubieses sido ni empresario ni político ni consultor, nada de esas tres cosas… ¿qué serías?

R.- Ya lo estoy siendo y me gusta. Tenía pendiente volver a la universidad para ser profesor, dirigir un máster y dar clases; esa parte ya la he cubierto. Me estoy descubriendo una faceta mucho más creativa que quiero seguir desarrollando. No es que me vaya a poner a ser pianista o artista plástico, pero me gusta la creatividad aplicada a crear cosas, formatos e ideas nuevas. La innovación es algo en lo que, por mi trayectoria vital, he tenido menos margen de maniobra, y ahora que tengo libertad y estabilidad, me apetece meterme en proyectos innovadores. Tengo todavía mucho recorrido ahí.

P.- No te veremos como Albert Rivera pintor.

R.- Como artista plástico, no, aunque admiro muchísimo el arte y a la gente que se dedica a ello. Quizá me atrae más la parte de crear formatos e ideas nuevas; la innovación es algo en lo que, por mi trayectoria, he tenido menos margen. Ahora que disfruto de libertad y estabilidad, me apetece meterme en proyectos en los que antes no hubiera entrado o desarrollar ideas que puedan parecer algo más arriesgadas. En creatividad e innovación todavía tengo mucho recorrido.

P.- En creatividad e innovación hay un programa en esta casa que se ha estrenado hace muy poco que se llama The Real Talks y se hablaron de varios temas. Uno que me parece muy importante y que tú dominas y me gustaría que hablásemos: la inteligencia artificial. ¿Podría una IA llegar a diseñar una estrategia política incluso mejor que la de un humano?

R.- Viendo a algunos políticos y ciertas decisiones cargadas de ego, testosterona y errores, creo que hasta un niño de 14 años podría hacerlo mejor. Dicho esto, soy muy pro tecnología y mantengo un debate permanente sobre este tema. Todo el mundo dice que la IA sustituirá todo menos su profesión. Decían que no llegaría a los abogados, pero ya está ahí; que no llegaría a los psicólogos, y ya empieza a realizar ciertas tareas. Las profesiones que parecen más intrínsecamente humanas también están siendo alcanzadas. Ya no hablemos de la ingeniería o la arquitectura. Estamos viendo cómo las propias empresas tecnológicas están sustituyendo perfiles profesionales por los avances de la IA, lo que conlleva también una pérdida de empleo en sectores que creíamos intocables.

P.- ¿Te consideras tecnócrata?

R.- Me considero más político que tecnócrata, pero creo que el error es oponer ambos conceptos. Existe una capa política superior que debe aportar la visión, el propósito de país y velar por el interés general; pero confío plenamente en que las segundas capas de un gobierno sean tecnócratas. Necesitamos gente formada que tome decisiones racionales, estratégicas y razonables. Deberíamos tener un presidente y ministros muy preparados —porque en España hay grandes profesionales— y una estructura de secretarios de Estado y directores generales que no esté marcada por el partido, la ideología o el oportunismo. A veces se intenta contraponer el modelo de eficiencia de Singapur con la democracia española, pero yo creo que la evolución de la democracia consiste en mantener el mandato popular de cuatro años mientras los políticos delegan y supervisan a un equipo tecnócrata que haga mejorar al país. Lo ideal sería tener políticos éticos y honrados en la dirección, y una capa técnica por debajo que no cambie con cada gobierno. Esto le daría al Estado una marcha constante, como una apisonadora en el mejor sentido: que el país funcione y sea eficiente. Aunque los funcionarios tienen su papel, la capa tecnócrata es la que debe tomar las decisiones técnicas de mejora y ahorro que el funcionario, por su función, a veces no tiene.

P.- Esta pregunta va por lo de si te consideras tecnócrata. ¿Crees que en algún momento puede llegar a haber máquinas de IA que cumplan esa función?

R.- La Administración pública, desgraciadamente, está muy atrasada. En mi trabajo con clientes y consejos asesores veo los avances tecnológicos de la empresa privada y de algunas multinacionales en España y es alucinante; van a la velocidad de la luz. Es una pena que el sector público no lo incorpore. Vivimos en una Administración del siglo XX —y en ocasiones del XIX— frente a una tecnología, un sector privado y una sociedad que van a toda marcha. Me da rabia que la Administración no se acompase; se pierden oportunidades por rigidez, burocracia e incapacidad de ver hacia dónde va el mundo. Soy partidario de la colaboración público-privada. Hay empresas tecnológicas que pueden aportar un valor tremendo. Te pongo un ejemplo reciente del sector privado: un servicio de atención al cliente mediante IA que funciona las 24 horas. La IA no solo atiende, sino que analiza todas las conversaciones, detecta qué reclaman los usuarios o qué falló en una campaña y te entrega un informe de consultoría con consejos de mejora. ¿Por qué no puede tener eso la Administración? ¿Por qué la atención al ciudadano tiene que ser de nueve a tres y no puede ser permanente? ¿Por qué no utilizamos la inteligencia artificial para analizar qué ocurre en tiempo real en las distintas zonas de una ciudad?

P.- Quizás también para dar un sueldo a unas personas.

R.-Parece que hay que elegir, pero no es así. Esas personas lo que harían es supervisar los informes de la IA para aplicarlos; la herramienta no hace que desaparezca el factor humano, pero ayuda a tomar mejores decisiones. Creo en ese mix y me parece que la administración pública no puede seguir renunciando a ello.

Existe lo que se llama la arrogancia del ignorante: ver la tecnología como algo ajeno a lo público porque «esto es el Estado». Precisamente porque lo pagamos entre todos, debería estar a la última y servir mejor al ciudadano. La tecnología no puede estar solo para que las multas te lleguen al buzón en seis días; para cobrar, somos la NASA. Te llega la sanción en tiempo récord y te la quitan de la cuenta, pero para atenderte en la sanidad pública o para recibir información administrativa no tardan seis días.

Lanzo un mensaje a quienes gestionan las Administraciones: la IA debe utilizarse también para garantizar los derechos de los ciudadanos, no solo para fiscalizar sus obligaciones. Parece que la tecnología solo corre a favor del Estado y no a favor de la gente.

P.- ¿No crees que en España nos estamos empezando a dar cuenta de que el liberalismo es una jungla de cemento donde hay que pegarse muy fuerte, especialmente con la llegada de la IA?

R.- El liberalismo es la ideología que mejor responde a un mundo global como el actual; permite crecer a los países emergentes, fomenta el comercio sin trabas y aboga por menos burocracia y más libertad de empresa. Sigue siendo el modelo que más nos conviene, pero es cierto que se está agrietando debido a las sucesivas crisis: la financiera de 2008, el Brexit y el cambio geopolítico desde la llegada de Trump o las guerras actuales. Ese «mundo perfecto» donde podíamos comerciar y movernos libremente se ha puesto en duda, y con ello se cuestiona el propio liberalismo.

«Prefiero mil veces lidiar con Estados Unidos, donde hay un Senado y un Tribunal Supremo, que con unos ayatolás chalados en Irán»

Sin embargo, lo defiendo a capa y espada como base del sistema. No me van a convencer de lo contrario: el liberalismo consiste en que los ciudadanos somos libres y cedemos al Estado ciertas prerrogativas para que regule la convivencia. La visión socialista es la opuesta: el Estado es todopoderoso y te «cede» a ti un poco de libertad.

Este orden de los factores altera por completo el producto. Yo no quiero un Estado que me conceda derechos, sino un Estado al que nosotros le delegamos competencias pactadas. Si el Estado se pasa tres pueblos, no me gusta; no quiero un Estado policía, vigilante ni confiscador.

P.- ¿Qué opinas de Donald Trump?

R.- Es un acelerador de partículas difícil de calificar; un personaje que recoge lo sucedido en el mundo en los últimos años. La democracia y la economía más fuerte del mundo lo han elegido dos veces, y eso obliga a preguntarse por qué: el populismo, la pérdida de poder adquisitivo de la clase media o las deficiencias del mundo global frente a países no democráticos. Trump representa un cambio de placas tectónicas. Es un personaje complejo, rudo y a veces maleducado, pero me alejo del simplismo de «bueno o malo». Aunque sus formas me desagraden, miro los resultados. En 2026 vemos una foto distinta: Venezuela está en una transición democrática que no se logró en décadas. Al tirano no le han pegado un tiro ni lo han tirado al mar; lo han llevado ante un tribunal en Nueva York por narcotráfico. En Oriente Próximo, los Acuerdos de Abraham permiten que países como Arabia Saudí, Emiratos o Marruecos convivan y comercien con Occidente con cierta tranquilidad. Prefiero mil veces lidiar con Estados Unidos —donde hay un Senado, un Congreso y un Tribunal Supremo con los que se puede hablar— que con China o con unos ayatolás en Irán que cuelgan a la gente. Me pueden no gustar sus formas o su respeto al derecho internacional, pero en la causa venezolana, por la que tanto he luchado, el resultado final es que se ha abierto una puerta a la libertad que parecía cerrada.

P.- ¿Qué hubieses contestado a la pregunta de sí o no a la guerra?

R.- Diría que ‘no a la guerra’ y que la paz mundial es maravillosa, pero eso es caer en un simplismo absoluto. No conozco a nadie con dos dedos de frente que esté a favor de la guerra; el problema es cómo aterrizas eso en un mundo complejo. ¿Es mejor que en Oriente Próximo haya un régimen de los ayatolás o que no lo haya? Yo prefiero que no tengan bombas nucleares y que dejen de masacrar la región o de financiar a Hezbolá y Hamás.

Mucha gente piensa que la libertad es gratis. Me sorprende cuando dicen: «No quiero participar en la OTAN». ¿De verdad creen que el mundo en el que viven no tiene un coste? Proteger las fronteras europeas de alguien como Putin cuesta dinero y exige responsabilidad. La libertad existe porque hay seguridad y defensa detrás. Vivimos en una época de eslóganes maravillosos —no a la guerra, sí a la paz, no a la corrupción—, pero cuando bajas al terreno de las decisiones reales, la vida te obliga a elegir. La seguridad y la libertad no son gratis.

P.- Has dicho que si te ponen la foto de 2026, yo quiero que miremos a la foto de 2036. ¿Cómo ves el futuro?

R .- ¿Cómo veo el futuro? Ostras, hacer futuribles en este mundo que te cambia cada mes una cosa es muy complicado, no no sé si me atrevo, pero bueno…

P .- Quizás habría que tirar por lo simple…

R.- Yo soy menos dramático; parece que todos los días se acaba el mundo. El otro día veía la película ¿Vencedores o vencidos? sobre los juicios de Núremberg y pensaba en quienes dicen que estamos en el peor momento de la historia. No se puede comparar con el exterminio judío o con el Tercer Reich dominando Europa. En aquel momento, figuras como Churchill o Roosevelt tomaron la decisión difícil de ir a la guerra porque a ciertos personajes había que pararles los pies; si no se hubiera hecho tras la invasión de Polonia, hoy viviríamos en un mundo distinto. La guerra no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir paz, libertad y seguridad duraderas.

Respecto al futuro, creo que para 2036 viviremos una revolución total impulsada por la IA, especialmente en el ámbito laboral y el bienestar social. Vamos hacia un mundo donde las máquinas trabajarán mucho por nosotros, lo que obligará a rehacer el pacto social entre trabajadores, empresas y Estado. Ese es el gran reto que nos viene.

Y, si te soy sincero, me preocupa mucho Europa. Si no espabilamos, para 2036 seremos irrelevantes. Estamos en declive: no tenemos ninguna empresa entre las 25 primeras del mundo por cotización, la natalidad está por los suelos y los flujos migratorios no están controlados. Europa tiene que reaccionar ya.

P.- Una catástrofe.

R.- Me preocupa que hayamos pasado de tener cinco países en el G8 a que, en los próximos 20 años, solo quede Alemania. Europa está perdiendo posiciones en la geopolítica mundial y parece demasiado «encantada de haberse conocido». Soy profundamente europeísta y por eso me inquieta que la Europa en la que creo —unida, próspera y en libertad— esté cediendo terreno frente a Asia y Estados Unidos. Ellos van como un cañón, mientras nosotros nos la cogemos un poquito con papel de fumar.

P.- Y cuando te toca hacer negocios, ¿no prefieres hacerlos con China o Estados Unidos, quizás?

R.- En la vida hay que elegir con quién te relacionas porque acabas siendo lo que tienes alrededor. No tengo una animadversión hacia China porque sí; es innegable que es un agente comercial clave y que el comercio mundial depende en parte de ellos. Se puede mantener una relación comercial sin «casarse» con su modelo. Lo que me preocupa de China es que es una autocracia: no hay redes sociales libres, no abres una empresa sin que el Estado esté dentro y no existen derechos laborales.

A Estados Unidos le puedo reprochar mil cosas, pero hay unas reglas, un modelo democrático y un mundo libre en el que me siento representado. Al final, la pregunta es: ¿dónde quiere vivir la gente? ¿Por qué vienen a Europa o se van a Estados Unidos? Porque son espacios de libertad. Nadie hace cola para fugarse de Australia a China; en el Muro de Berlín se saltaba del comunismo a la democracia, nunca al revés.

Tenemos la obligación moral de proteger el mundo libre, donde somos iguales ante la ley y donde nuestros hijos tienen seguridad. A veces damos por hecho que la democracia y el bienestar «vienen de serie», como si los hubiera puesto el ayuntamiento, pero no es así. No es gratis. Los jóvenes deben ser conscientes de que esto hay que cuidarlo, invertir en ello y, a veces, tomar decisiones difíciles para mantenerlo.

P.- Si tuvieras que enviar a alguien al cielo, ¿a quién sería?

R.- Mi padre se fue al cielo. Pues a mi madre, que nos dure muchos años, pero a mi madre.

P.- Si tuvieras que enviar a alguien al infierno.

R.- A los desalmados. 

P.- ¿Un ejemplo?

R.- Pues cualquier tirano.

P.- Dime un ejemplo.

R.- Pues Maduro. No está en el infierno, pero está en la cárcel.

P.- Si tuvieras que enviar a alguien al purgatorio.

R.- En el purgatorio podemos poner a Trump.

P.- Me gustaría que me hicieras tú una pregunta para el próximo invitado.

R.- ¿Cree que los próximos años vamos a seguir viviendo en un mundo libre o va a estar condicionada nuestra libertad? Es decir, ¿vamos a ser ganadores los que tenemos un mundo libre o vamos a retroceder respecto a los que viven en dictaduras y en países teocráticos?

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