El lado que no vemos de la democratización
No se trata de culpa. No se trata de volver a las cavernas. Se trata de abrir pequeñas ventanas de conciencia


Hace unas semanas decidí comprar toallas nuevas. Las mías llevaban años —quizá décadas— acompañándome, y ya tocaba renovarlas. Así que emprendí algo que, sin saberlo, se convirtió en un pequeño viaje de observación sobre nuestra forma de consumir.
Hice un mini «estudio de mercado»: visité tres tiendas distintas que vendían toallas que me gustaban. Quería comparar calidad y precio, porque después de tantos años sin comprar, no tenía ni idea de cuánto costaban ahora.
Gracias a mi etapa como diseñadora de interiores, conozco un poco el mundo de los tejidos. La calidad muchas veces se mide por el gramaje. Y me sorprendió ver que las tres marcas ofrecían toallas con gramajes altos —entre 500 y 600— una calidad que hace 20 años no encontraba tan fácilmente en proyectos.
Y ahora estaba ahí, accesible, en tiendas que producen millones de unidades al año. Y entonces me vino la pregunta: ¿Cuál es el lado oscuro de esta democratización del lujo? ¿De ese lujo que antes era excepcional y ahora es cotidiano?
El lujo (material) tiene un origen
Por mi trabajo en entornos de descarbonización y análisis de ciclo de vida, sé bien que todo lo que compramos tiene una historia previa.
Antes de ser una toalla suave en una estantería, fue:
- una materia prima extraída
- agua utilizada
- energía consumida
- procesos industriales
- transporte
- emisiones al aire y al agua
- impacto social en algún lugar del mundo
Nada aparece de la nada. Nada es «solo una toalla». Así que retrocedí mentalmente más de 20 años. Me fui mucho más atrás. Pensé en el algodón. En Egipto. En la historia. En la idea de que los tejidos más finos estaban reservados a muy pocas personas en lo alto de la cadena, sí, la figura de autoridad. Me imaginé siendo una faraona. Quizá entonces solo una persona tenía acceso a esa calidad excepcional.
Y ahí ese lujo tenía sentido dentro del sistema: una figura de máxima autoridad podía permitirse bienes extraordinarios porque el impacto estaba concentrado en una escala muy pequeña.
Era desproporcionado, sí. Pero era uno o una entre millones. Esta escala tiene una verdad incómoda detrás: para generar lujo, necesitamos pobreza.
¿Qué ha cambiado?
Avancemos 2.000 años. Hoy, ese nivel de lujo —esa calidad, esa suavidad, esa experiencia— está al alcance de millones de personas. Empresas como IKEA, Zara Home y muchas otras han hecho algo impresionante: han acercado un estándar de vida que antes era exclusivo.
Eso no es un juicio. Es un hecho. La democratización del lujo significa que:
- todos queremos ese nivel de confort
- lo asociamos al éxito
- forma parte de nuestro imaginario colectivo
- se convierte en la nueva normalidad
El problema no es la toalla. El problema es la escala. Lo que antes consumía una élite diminuta, ahora lo consume una población masiva.
El lado que no vemos
Cuando consumimos así, rara vez vemos:
- de dónde sale la materia prima
- qué ecosistemas se ven afectados
- cuánta agua se usa
- qué energía se necesita
- en qué condiciones trabaja la gente
- qué países asumen los impactos ambientales
- qué desigualdades económicas sostienen ese precio «accesible»
Para nosotros es democratización. Para otros lugares del mundo, muchas veces es explotación. Y aquí viene la parte incómoda: Sí, yo también soy parte de esto.
Compré esas toallas. Vivo en Europa. Disfruto de un nivel de vida que depende de cadenas globales de producción. No estoy fuera del sistema. Lo señalo sabiendo que participo en él.
Entonces, ¿qué hacemos?
No se trata de culpa. No se trata de volver a las cavernas. No se trata de que nadie compre nada. Se trata de ver lo que normalmente no vemos. De abrir pequeñas ventanas de conciencia.
Porque a nivel individual no podemos cambiar un sistema tan grande de golpe. Pero sí podemos: hacernos preguntas, reducir lo innecesario, elegir calidad sobre cantidad, alargar la vida de lo que tenemos, entender que «barato» casi siempre significa que alguien o algo paga el coste.
La democratización del lujo es uno de las mayores señas de identidad del sistema moderno. Y también es uno de sus mayores retos. Y quizá el primer paso no es dejar de comprar toallas. Es mirar una toalla… y ver todo lo que hay detrás.
