"Minerales de sangre", el consumo que mancha conciencias

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"Minerales de sangre", el consumo que mancha conciencias

Sin quererlo, sin ni siquiera saberlo, millones las personas participamos cada día en la cadena de consumo que perpetúa el uso de los llamados "minerales de sangre". Su propio nombre evidencia consecuencias que preferimos ignorar: Sangre, derramada por personas del tercer mundo para hacer la vida un poco más entretenida a las del primero, oculta en...

por Clara Paolini

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Sin quererlo, sin ni siquiera saberlo, millones las personas participamos cada día en la cadena de consumo que perpetúa el uso de los llamados «minerales de sangre».

Su propio nombre evidencia consecuencias que preferimos ignorar: Sangre, derramada por personas del tercer mundo para hacer la vida un poco más entretenida a las del primero. Sangre, oculta en conflictos que jamás serán consultados a través de los dispositivos de los que forman parte esencial. Sangre, dando final a vidas en el último eslabón y base de la pirámide económica. Desplazamientos forzados. Violaciones. Explotación infantil. Violencia. Muertes invisibles.

Desplazamientos forzosos (Foto: Goran Tomasevic / Reuters)

Desplazamientos en República Democrática del Congo. (Foto: Goran Tomasevic / Reuters)

Recursos que empobrecen

Los minerales de sangre o recursos en conflicto son componentes naturales extraídos en una zona en guerra y cuyo comercio sirve para perpetuar la lucha; una maldición impuesta por partícipes que se ocultan en el entramado del mercado. En un ciclo donde reina el “efecto mariposa”, la inocente compra de un dispositivo electrónico puede involucrar una muerte, y los minerales, que deberían suponer una mejora para los países donde se encuentran, acaban produciendo consecuencias demoledoras.

 

«El coltán se enmarca en una de las guerras más mortíferas y a la vez más silenciadas»

El estaño (extraído de la casiterita), el tungsteno (también conocido como wolframio) y el oro son minerales de sangre, pero el ejemplo estrella en la actualidad es el coltán de la República Democrática del Congo, donde varios ejércitos, grupos rebeldes y actores externos se han beneficiado de la minería contribuyendo al aumento de la violencia, la inestabilidad y la prolongación de conflictos que parecen sumir a la población en un callejón sin salida. El coltán se enmarca en una de las guerras más mortíferas y a la vez más silenciadas, pero siendo el engranaje comercial el que mueve los hilos, resulta difícil que la conciencia consiga tomar el timón.

Decía Rosseau que “la igualdad es que ningún ciudadano sea tan rico como para poder comprar a otro ni ninguno tan pobre como para verse obligado a venderse”, pero dicha igualdad parece más que nunca una utopía, opuesta a la industria y geopolítica erigidas desde el capitalismo. El funcionamiento del mundo actual está en las antípodas del que imaginamos como moralmente ideal o justo, por lo que disponer de recursos naturales no es, ni mucho menos, una bendición. ¿Acaso las guerras de Siria o Irak se hubieran llevado a cabo de no ser por el petróleo? Con otros recursos ocurre lo mismo, y de no ser por el coltán, muy probablemente la situación del Congo no llegaría a tales niveles de desastre.

 

«En la tienda y en casa, la sangre parece haberse diluido sin dejar rastro del horror»

Los minerales «manchados» pasan por intermediarios antes de ser adquiridos por empresas multinacionales de electrónica para, al final, llegar a nuestras manos con un aspecto impoluto. En la fábrica, en la tienda y en casa, la sangre parece haberse diluido sin dejar rastro del horror de su cuna.

El atractivo, deseado e impoluto final de la cadena. (Foto: Adrees Latif / Reuters)

El atractivo, deseado e impoluto final de la cadena. (Foto: Adrees Latif / Reuters)

El nuevo ‘oro negro’

Compuesto de columbita y tantalio y con una conductividad hasta 80 veces más que el cobre, el coltán es el rey de la era digital, omnipresente en productos electrónicos por sus propiedades únicas. Es componente principal para la fabricación de ordenadores, teléfonos móviles, radios, videojuegos, GPS, automóviles, fibra óptica, satélites artificiales, armas teledirigidas, los sistemas de navegación de los aviones e incluso es utilizado en la construcción de estaciones espaciales y naves tripuladas.

 

«Ruanda y Uganda, han sido acusados en varios informes internacionales, del expolio y tráfico»

Sin embargo, lo que debería ser una bendición se convierte en pesadilla a través de la avaricia, en primer lugar por parte de países vecinos (Ruanda y Uganda, han sido acusados en varios informes internacionales del expolio y tráfico de estas riquezas minerales del Congo), y en segundo, de las grandes corporaciones que, conscientes de ello, siguen perpetuando la cadena enmascarando su acción.

Coltán, el otro oro negro. (Foto: Ariana Cubillos /AP)

Coltán, el otro oro negro. (Foto: Ariana Cubillos /AP)

«El estreno de la PlayStation 2 se retrasó por la escasez de coltán»

Concienciación como motor de cambio

El estreno de la PlayStation 2 se retrasó por la escasez de coltán, pero ¿quién imagina que poder jugar a un videojuego implica el aumento de la desnutrición, el VIH o la malaria?, ¿cuántas personas vincularían la compra de un nuevo iPhone a la violación de una mujer por un grupo de soldados en África?,  ¿alguien asocia la compra de un nuevo reproductor mp3 a masacres masivas?,  ¿cómo comprender que unos recursos tecnológicos por todos conocidos están ligados a la pérdida de identidad étnica, la extinción de los gorilas y el tráfico de marfil?

Los principales yacimientos de coltán coinciden con los hábitat de gorilas en peligro de extinción. (Foto: Amy Sancetta / AP)

Los principales yacimientos de coltán coinciden con los hábitat de gorilas en peligro de extinción. (Foto: Amy Sancetta / AP)

Al igual que ocurre con el mercado textil que perpetua la explotación infantil o la industria alimentaria que ignora principios de sostenibilidad, los productos tecnológicos que necesitan de minerales de sangre forman parte de un sistema capitalista bien engrasado, por lo que la única posibilidad de cambio radica en hacer despertar la conciencia ciudadana. Se supone que «el cliente siempre tiene la razón», por lo que una fuerza crítica que afecte a la responsabilidad de las empresas crearía, idealmente, un escenario en el que consumidores impondrían nuevas reglas a las grandes corporaciones.

No es una solución rápida, fácil, ni cubre todos los elementos del conflictivo entramado, pero sin duda, ser conscientes de lo que compramos es el primer paso. Dice Slavoj Žižek: «Cuando se nos muestran escenas de niños hambrientos en África, con un llamamiento para que hagamos algo para ayudarles, el mensaje ideológico subyacente es algo así como no pienses, no hagas política, olvida las verdaderas causas de su pobreza, sólo actúa, aporta dinero, ¡para que no tengas que pensar!«. ¿Conociendo la raíz del problema conseguiremos solucionarlo? Probablemente no.  ¿Tendremos la conciencia tranquila? Más bien al contrario. ¿Conseguiremos ser más consecuentes con nuestras acciones?, ¿ver el mundo más allá del precioso envoltorio con el que se nos presenta?, ¿empezar a repensar conflictos que merecen nuestra atención? Definitivamente, sí.

Yacimiento cerca de la localidad de Mongbwalu, en la República Democrática del Congo. (Foto: Reuters Staff)

Yacimiento cerca de la localidad de Mongbwalu, en la República Democrática del Congo. (Foto: Reuters Staff)

En este sentido, cada vez existen más iniciativas, medios de comunicación y organizaciones que se esfuerzan por abrirnos los ojos, pero no deja de resultar desesperante observar una realidad compleja difícil de cambiar «desde abajo». Podemos firmar una petición en contra del uso de los minerales de sangre en change.org, adquirir teléfonos con certificados que garanticen que no contienen dichos elementos, o pasar de la opinión de Žižek y donar a alguna ONG que trabaje sobre el terreno para aliviar los efectos derivados de su comercio, pero por encima de todo, podemos abrir los ojos, repensar y enriquecer nuestra conciencia viendo la realidad tal y como es, por doloroso que esto sea.

Como señalaba Xiskya Valladares en nuestra sección El Subjetivo: “Hay conflictos, hay países, hay minorías, que están ahí, con sus problemas, sus auténticos dramas y sus luchas, pero casi nunca salen en los informativos o salen una vez y en seguida se olvidan porque las sentimos lejanas, no suponen un riesgo para nuestros intereses y no nos conmueven”. Como consumidores, puede que prefiramos no pensar que nuestro móvil está manchado de sangre, no vaya a resultar que sea verdad. Pero como personas, puede que le debamos a otros seres humanos ser conscientes de lo que el consumo esconde, y por qué no, soñar con un mundo mejor. No vaya a ser que también pueda ser verdad.