Nona Fernández: “Hemos dejado mucho espacio a los que no respetan las diferencias ni las versiones disidentes en esta lógica de la prudencia”
Foto: Sergio López Isla

Cultura

Nona Fernández: “Hemos dejado mucho espacio a los que no respetan las diferencias ni las versiones disidentes en esta lógica de la prudencia”

'Voyager' es una “constelación de materiales” a partir de los cuales Nona Fernández vuelve a indagar en el tema de la memoria y los olvidos impuestos

por Anna Maria Iglesia

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Con La dimensión desconocida, Nona Fernández nos deslumbró a más de una con su indagación literaria en torno a los vacíos que todavía voy rodean la memoria de la dictadura chilena. La imaginación le permitía a la escritora ahondar en esos lugares de oscuridad y cuestionar la apropiación política de la memoria. Sobre esta apropiación y sobre la memoria personal escribió también en Chilean Electric (Minúscula), un breve texto que dialoga con Voyager (Literatura Random House) donde, una vez más, el punto de partida son los recuerdos personales. Como dice la propia Fernández, Voyager es una “constelación de materiales” a partir de los cuales la autora vuelve a indagar en el tema de la memoria, pero también sobre los olvidos impuestos, interrogándose sobre el lugar que ocupamos en el cosmos, del que somos solo una pequeñísima parte.

 

“Hay que mirar una y otra vez esa vieja fotografía de la Tierra (…) y dimensionar que toda esa mezcla de poder e ignorancia, de estupidez y tontera, que ha desparramado durante siglos en nuestro planeta, lo ha hecho única y exclusivamente para dominar un pequeño píxel de un insignificante punto del cosmos”. Entre otras cosas, ¿Voyager en un ensayo sobre la memoria, individual y colectiva, y nuestro lugar en el cosmos?

Más que un ensayo, creo que Voyager es una constelación de materiales sobre la memoria. Las constelaciones son grupos de estrellas asociadas arbitrariamente por alguien. Un ojo en la antigüedad miró el cielo, en un grupo de estrellas creyó ver la forma de un cangrejo, por mencionar alguna, y con un hilo invisible ató esas estrellas y las convirtió en una constelación que, además, porta una historia. Este libro sigue esa lógica. Mi ojo fue seleccionando y explorando materiales documentales relacionados con la memoria en muchos frentes, neuronal, universal, doméstico, histórico, científico, y los fue organizando, asociando, con la forma de constelaciones. La hebra que me llevó ahí fue un recuerdo de mi madre. En un examen neuronal al que la acompañé le pidieron convocar un recuerdo amigable para que se relajara. Cuando pensó en él vi como un grupo de neuronas se encendían con la forma de una constelación. Esa fue la imagen madre de esta escritura. De ahí el paralelo que establece el libro entre los recuerdos y las estrellas. Y si además pensamos que las estrellas son postales del pasado, luces que vienen del ayer a iluminar nuestro presente, entonces finalmente este libro es un intento por constelar mensajes que vienen de otro tiempo. Y claro, sin duda que una de las miradas que propone es esa que señalas. La memoria como un faro rebelde que ilumina nuestros errores del pasado para no repetirlos.

Nona Fernández: “Hemos dejado mucho espacio a los que no respetan las diferencias ni las versiones disidentes en esta lógica de la prudencia”

Imagen vía Literatura Random House.

Como ya se podía observar en La dimensión desconocida, ¿el poder aspira a controlar la memoria colectiva, a apropiarse de su relato?

Las memorias oficiales normalmente buscan apaciguar, calmar, acomodar, unificar criterios, no problematizar ni abrir la posibilidad al debate. Sin duda esa es una forma de control. Se guioniza el pasado y así es tanto más fácil pautar el presente. Pero la memoria real está viva y es tan caprichosa, tan salvaje, que no hay forma de ordenarla, de controlarla. Es completamente móvil y porosa. Los recuerdos son engañosos, fragmentarios, antojadizos. Imposible objetivar un recuerdo. La memoria colectiva, entonces, la memoria de una sociedad, de un país, debe asumir esa imprecisión. Debe hacerse a retazos, con partes de la memoria de unos y de otras. Como un gran palimpsesto en permanente construcción. Creo en esa memoria colectiva, que es imprecisa y que dialoga siempre con el presente. Recordar es un verbo, una acción. La memoria es un acto presente y a la escritura le queda la misión de darle un sentido.

En Chilean Electric, los recuerdos de infancia durante la dictadura eran el punto de partida. Aquí el elemento personal vuelve a aparecer, sobre todo de la mano de tu madre. En este sentido, ¿le interesa indagar sobre la relación entre los recuerdos individuales y colectivos, sobre la memoria personal y la memoria colectiva?

Los recuerdos son como nuestra huella digital, un sello de identidad. Ahí nos encontramos, en ese montón de espejos rotos y desordenados que contienen nuestra biografía. Viví mi niñez y mi adolescencia, que son etapas claves en la vida de toda persona, en un contexto especial, oscuro, extraño. Tengo muchos espejos reflejando instantes confusos de ese entonces. Costaba entender lo que ocurría porque los adultos estaban con la cabeza en otra parte, porque nos protegían con su silencio, o porque definitivamente no estaban o tampoco entendían mucho. Crecí pensando que ese mapa incompleto en el que viví iba a aclararse con la llegada de la democracia, pero no fue así. Una democracia “en la medida de lo posible” que pactó muchas cosas para ser, entre ellas parte de su memoria. Entonces quedé frustrada, con la sensación de que había episodios de mi propia vida que se me estaban clausurando. Y comencé, sin plan, una investigación escritural sobre todo aquello que viví, que escuché, que vi, que no tuvo lugar en la Historia oficial. He estado en eso hace veinte años. Revelar y contar esas vivencias que se me cruzaron y que sentí que merecían un espacio de enfoque, de memoria. Escribiéndolas he ido completando mi propio espejo. La memoria personal y la colectiva están estrechamente trenzadas. No estamos aparte de la historia que circula a nuestro alrededor. La gran Historia es el contexto de nuestra historia doméstica, pequeña. Somos parte de ella, estamos involucrados y tenemos la obligación de aportar en ese álbum fotográfico, de no dejar que nos la cuenten, de no dejar que la escriban por nosotros.

“Somos el resultado del nacimiento de una estrella”, afirma en un intento de indagar en la naturaleza del ser humano, en nuestro papel como habitantes de la tierra. ¿Podemos leer las estrellas como metáfora de una distancia crítica desde la cual escribir y reflexionar?

Estamos constituidos por material estelar. Ya para nadie es una novedad. Nuestro planeta y todo lo que lo habita, y ha habitado alguna vez, es el resultado del nacimiento del Sol. Que a su vez es el resultado del nacimiento y la muerte de otras estrellas del pasado. Venimos de ahí. Estamos hechos de ese material, de ese pasado. Nuestro ADN lo afirma. Entonces quizá mirar esas estrellas en la altura es como mirar un álbum familiar. O un espejo. Reconocernos a la distancia e intentar cazar mensajes que nosotras y nosotros nos estamos enviado desde hace mucho y que por alguna razón no hemos querido escuchar.

Leemos que los recuerdos somos “Luces del pasado instaladas en nuestro presente, aclarando como un faro la temible oscuridad”. ¿Vivimos tiempos de oscuridad?

Vivimos tiempos tan desconcertantes a nivel mundial, donde los nuevos fascismos avanzan con tanta rapidez, que pareciera que hay que ser más insistentes con las prácticas del recuerdo y establecer políticas de condena ética rotundas y contundentes. Vivimos una crisis moral. El ansia de poder y la codicia impúdica se está tomando el mundo. Creo firmemente que la memoria del horror del pasado, si se establece con contundencia, podría ser el mejor espejo en el que mirar el posible desastre del futuro. Aprender de lo recorrido.     

Ante la indiferencia del gobierno por la memoria de las víctimas, usted viaja hasta Atacama donde apadrina una estrella y le da el nombre de Mario Argüelles Toro, uno de los asesinados en la Caravana de la muerte.

Nuestra democracia fue pactada con los militares. Y uno de los grandes pactos fue en materia de verdad y justicia. Desde el inicio el primer presidente democrático, Patricio Aylwin, sentenció que tendríamos una “justicia en la medida de lo posible”. Treinta años después de llegada esa particular democracia que tenía al dictador en el Senado y que se sigue rigiendo (hasta el día de hoy) por la constitución de los militares, muchos pactos de silencio del ejército siguen activos y eso ha detenido los procesos y sepultado muchas causas. Esa falta de justicia, ese abandono a muchos de los familiares de las víctimas, como es el caso de Violeta Berrios, que perdió a su marido en la Caravana de la muerte, es uno más de los grandes abusos que la sociedad chilena ha sufrido y que hoy, en esta revuelta, aparecen como una exigencia más de la ciudadanía.

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Foto: Sergio López Isla | Cedida por la autora.

Hace apenas unos meses, las calles de Santiago de Chile se llenaban de manifestaciones, exigiendo abrir un debate sobre una reforma de la Constitución del 80, sobre la que usted se muestra muy crítica. ¿Algo está cambiando? ¿Podría hablarse de una segunda transición tras la dictadura?

El 18 de octubre de 2019 Chile comenzó un proceso de revuelta que no se ha detenido. La gran consiga ha sido la exigencia del fin de los abusos y del gran saqueo que las clases económicas dominantes han ejercido desde hace décadas contra la ciudadanía. La dictadura experimenta e instala en Chile el sistema neoliberal más radical que existe y escribe una constitución tramposa, que impide sus propias modificaciones, y que da la posibilidad de que este sistema se desarrolle y se profundice. Según nuestra constitución el Estado es subsidiario, esto quiere decir que sólo se hará cargo ahí donde el mundo privado no puede hacerlo. Así es como las grandes áreas sociales como la educación, la salud, la vivienda, el transporte, las pensiones, el uso del agua, son temas que administra el mundo privado cobrando a los usuarios sumas que resultan ridículas para ojos extranjeros. Este concepto de subsidiariedad ha hecho que el mundo público sea muy frágil, muy precarizado, y que el gran porcentaje de la ciudadanía se endeude intentando tener mejores condiciones de atención y vida. “Hasta que la dignidad sea costumbre”, es la frase que ha unificado la revuelta.

Una revuelta que está siendo durante reprimida por el gobierno.

Desgraciadamente la respuesta del gobierno a esas grandes manifestaciones que se siguen realizando todas las semanas, ha sido la violencia. Como en una especie de deja vù estamos viviendo a diario vulneraciones a los derechos humanos. Ya van cuatro informes internacionales de comisionados y veedores de derechos humanos que el gobierno desestima descaradamente. Y en medio de este atropello constante que estamos sufriendo el gobierno y el mundo político han ofrecido un acuerdo por la paz que parte con la realización de este plebiscito en el que la ciudadanía dirá si quiere una nueva constitución o no. Lo más complejo es cómo proponen que se piense esa nueva constitución. En el mejor de los casos será en una comisión constitucional sin paridad, sin vinculación a la ciudadanía y sin cupos para los pueblos originarios. El gran temor que tenemos los que recordamos es volver a repetir aquella vieja consigna de la “medida de lo posible”, pero esta vez en esta nueva constitución. Es por eso por lo que más allá de la propuesta institucional que es este plebiscito, lo importante es seguir con las movilizaciones para exigir las condiciones mínimas para tener un proceso constitucional real. Entre ellas justicia para todos los muertos, heridos y vulnerados de esta revuelta.

Por último, me gustaría preguntarle sobre la situación de censura que vivió su hijo en el colegio. Este hecho lleva a preguntarse hasta qué punto se puede hablar de democracia, hasta qué punto el poder busca silenciar cualquier discurso crítico, aunque esto implique saltarse el derecho democrático a la libre expresión.

La experiencia de censura que vivió mi hijo en su colegio es una manera muy clara de graficar como desde los relatos oficiales siempre se está dejando de lado a las versiones disidentes. Se busca un guión que no problematice, que nos deje tranquilos, que no proponga nuevas lecturas. Al punto que personas que se dicen demócratas, ejercen la autocensura o la censura para no molestar a nadie. Es una herencia directa de la lógica de la Transición chilena, lógica de los acuerdos, donde se debió respetar y dar un lugar a la opinión de los militares, de los antidemocráticos, de los que no respetan. En ese ejercicio, que está en ADN de nuestra sociedad, hemos llegado hasta el extremo en el que nos encontramos hoy. Hemos cedido demasiado. Hemos dejado mucho espacio a los que no respetan las diferencias ni las versiones disidentes en esta lógica de la prudencia. Racistas, misóginos, clasistas, fascistas, han tenido su espacio impúdicamente. Y por eso hoy toda la revuelta social nos explota en la cara y luego nos dicen que no se veía venir. Las ideas disconformes han estado presentes desde la llegada a la democracia, pero nunca las han querido escuchar para mantener la fiesta en paz con los intolerantes. Y mira cómo estamos hoy. Mi hijo, en su micro mundo, sufrió las consecuencias de ese status quo heredado de la concertación, que no supo defender la democracia y que le dio espacio a los que atentan contra ella.

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.