Rosario Villajos: «Creo que es antinatura salirte de tu zona de confort»
Foto: Carola Melguizo| The Objective

Cultura

Rosario Villajos: «Creo que es antinatura salirte de tu zona de confort»

Conversamos con la escritora y artista plástica cordobesa acerca de su segunda novela: 'La muela' (Aristas Martínez, 2021), una historia que balancea con agilidad y mucho humor negro la confesión y la denuncia

por Ana Laya

¿Alguna vez se ha sentido ridículamente fuera de lugar? ¿Ha experimentado ese extraño y abrumador fenómeno que es estar completamente solo en medio de una gran multitud indiferente? ¿Ha creado en su mente mil argumentos ocurrentes y respuestas interesantísimas, brillantes incluso, pero solo ha podido balbucear su versión nivel A1.2 del idioma local para el asombro de nadie? ¿Ha sido el único soporte emocional de un extraño? ¿Ha sido el extraño necesitado de soporte? ¿Algún desgastado colchón le ha regalado un sueño ajeno? ¿Su hermana se parece a Gabino Diego? ¿Es usted un emigrante?

Si su respuesta ha sido a alguna de estas cuestiones, se hará usted un gran favor leyendo La muela, la segunda novela de la cordobesa Rosario Villajos que edita Aristas Martínez. (Si no respondió sí, léala igual, después de todo la buena literatura es también un ejercicio de empatía). 

En La muela, Villajos hace un recorrido geográfico, emocional, existencial por un fragmento de la vida de Rebeca, una chica española que se muda a Londres —ciudad que es ante todo «la pura soledad»— a perseguir primero a un novio, luego a una vida y que eventualmente se queda caminando solo con prisa sin saber muy bien por qué. Una historia en la que la protagonista comparte con Rosario, aparte de la “R” de sus nombres tal vez un par de cosas más.

La muela, que oscila entre la denuncia, la confesión y el monólogo interno polifónico, es un relato de la precariedad material, del desvalimiento emocional y es a su vez una interpelación al sistema (y a nosotros mismos que le seguimos el juego y de vez en cuando decidimos tomarnos cuatro litros de Kool-aid). Es la historia de una inmigración que no salió mal, pero que tampoco fue particularmente bien, como tantas.

Contagiada de ese humor negrísimo y esa tendencia al autodesprecio tan ingleses, Villajos mezcla lo trágico y lo ridículo en una narración ágil, tan vertiginosa como ir en bajada en una bicicleta sin frenos, sospechando que probablemente todo va a acabar mal, pero admirando el paisaje mientras disimulamos el pánico fingiendo una sonrisa (si es que aún tenemos las muelas completas).

Nos citamos con Rosario en la Cafetería HD en Madrid y esto fue lo que, tomándose un té, nos contó.

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Ilustración de portada: Rosario Villajos. | Imagen vía Editorial Aristas Martínez.

 

¿En el origen de La muela, qué fue primero, Rebeca, Londres o Gabino Diego?

Londres, definitivamente.

¿Y qué tanto de Rosario hay en Rebeca?

¡La “R” para empezar! (Risas) Toda la experiencia en hostelería. No me molesté ni siquiera en cambiar los nombres de los compañeros de trabajo. He puesto los mismos nombres de las personas con las que trabajaba. Creo que hay mucho de verdad ahí. Recorrer la ciudad en bicicleta, también la experiencia de trabajar en una oficina grande, sus ritos, como el del amigo invisible. Nunca me ha pasado lo que a Rebeca en el amigo invisible, pero creo que tal vez tendría que haber pasado…

¿Rebeca es entonces, como decía Kundera, una posibilidad tuya que no se realizó, una posibilidad reivindicadora?

Creo que sí, en cierta medida sí. Yo creo que uso este personaje, a su hermana y a su madre para contar las cosas que me molestan del mundo. Tal vez sí que está escrito con un poquito de rencor, no específicamente acerca de Londres sino sobre el mundo neoliberal en el que vivimos ahora mismo, y mis personajes me sirven para contar todas esas cosas que padecemos y que son terribles.

La muela es una novela muy emocional, pero también muy geográfica, está muy anclada a la topografía de una ciudad, ¿cómo fue ese proceso de compilación de anécdotas, personas y lugares?

Comenzó estando ya aquí. En mis últimos dos años en Londres me dio por dibujar otra vez porque comencé a tener tiempo libre. Hacía mucho tiempo que no dibujaba. Hice una novela gráfica, un tebeo que se llama Face que trata de una chica que se va de un sitio pequeño a Londres y cómo pierde su identidad por el camino, o de cómo intenta recuperarla a través de las parejas. Eso fue lo primero que hice allí, pero esa no era la historia que yo quería contar realmente. Ese cuento puede que sea lo más bonito que yo haya escrito nunca. Tiene un final feliz, está lleno de esa palabra que odio tanto que es la resilencia. Es un cuento. Un cuento mágico, acerca de una persona que no tiene rostro. Pero lo de escribir sobre Londres fue ya aquí, después de haber experimentado escribir mi primera obra narrativa que era Ramona, que es casi un diario. Yo en Londres no escribía nada, de hecho el español se me daba fatal porque llevaba demasiado tiempo allí y al final ni hablas bien inglés ni hablas bien español, una cosa bien extraña. Cuando llegué a Madrid necesitaba reconciliarme con el idioma, porque además llevaba mucho tiempo sin leer novelas en español, y me apunté a un curso de escritura creativa y de ahí salió Ramona y nada más terminar Ramona, para no pensar en nada y porque me di cuenta de que estaba súper a gusto escribiendo, me puse a escribir esta historia que he tardado año y medio, dos años en hacerla. 

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Foto: Carola Melguizo | The Objective.

¿De memoria?

Sí, tiré de memoria. Me hice como un mapa no solo geográfico, sino también una línea de tiempo, usando iconos pop, para darle un poco de cercanía y de forma.

Pasa con muchas personas que escriben desde su experiencia emocional y desde sus traumas que para volcar todo eso en el papel tienen que recuperar muchas cosas que han estado tratando de olvidar, ¿es tu caso?

Sí. Yo es que ni siquiera me había dado cuenta de un montón de cosas, hasta que comencé a escribir de nuevo. Y la verdad que fue duro, acordarme de sensaciones que yo tenía cuando veía a ingleses, inglesas en la terrazas, haciendo picnic, lo felices que eran, yo decía «¿de dónde saca el dinero esta gente si yo no consigo ahorrar un céntimo?» Desenterré sensaciones de cosas, dolorosas, violentas, que había vivido ahí y a las que no les había prestado atención alguna. Por ejemplo, tuve una compañera de piso que tuvo un aborto y que lo pasó sola. Con sus dos compañeras de piso que éramos yo y otra chica para ponerle una mano en el hombro y abrazarla, porque estaba sola. Sola en otro país.

«En Londres, si te lo propones, puede ser viernes todos los días del año. Para Rebeca, sin embargo, su vida acontece como un perpetuo lunes en el que siempre es de noche».

¿Y es ese proceso de (de/re)construcción el que te lleva a incorporar una voz extra? ¿Qué o quién es esa voz?

Es que odio la moralina y odio mis propios juicios al cabo de cinco minutos. Soy una persona que cambia de opinión muy fácilmente y me parecía pertinente decirle al narrador «te estás pasando». «Te estás pasando con tu propia protagonista» o «eso no fue así». Porque la vida es un poco así, tú puedes estarle contando algo a alguien y en el fondo dices «le estoy contando una milonga, esto no es lo que realmente le quiero decir a esta persona»… pero te ha salido eso. Me parecía más realista hacer algo así, y ponerle un tope al narrador.

En realidad es Rebeca la que está narrando, pero en tercera persona, y a veces crees que es ella, a veces crees que es su hermana la que narra la historia, a veces dices «¿será la madre? ¿quién coño está narrando esto? ¿Será Londres que está narrando esto? ¿Quién lo narra?» Mi intención era esa, que fuera más realista, reflejar las dudas que cualquier persona normal tiene sobre lo que dice.

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Foto: Carola Melguizo | The Objective.

¿Ese humor negro que usas como herramienta literaria es el reflejo del humor como herramienta vital de la protagonista?

Totalmente, y es que además el humor es el de allí. Tienen un humor negrísimo. En realidad a mí me hubiese encantado escribir esta novela en inglés pero mi inglés no es lo suficientemente bueno. Pero sí que quería que tuviera el aire de allí, ese humor que ellos tienen. Empecé a aprender que me gustaba ese tipo de humor con cosas que aquí sonaban superpoéticas como «hacer leña del árbol caído», allí es «disparar al caballo que ya está muerto», y dices «¡hostia, qué crueldad!» Pero tiene todo el sentido. Me gustaba el humor de ellos y me gustaba poner ese contrapunto porque si no estoy narrando dolor, dolor, dolor, y necesito balancear usando el sarcasmo y la ironía.

Si este tradujese, ¿crees que los ingleses se reconocerían en tu novela?

No sé si se reconozcan porque no va sobre ellos, va sobre la inmigración allí. Tal vez la referencia a sus rituales, por ejemplo en todo el tema de casarse, el engagement, la hen-do, la despedida de soltera… al final son cosas que incluso nosotros estamos importando. Es como cuando Tinder allí era una cosa supernormal y luego venías aquí de vacaciones y nombrabas esa palabra y nadie sabía de qué estabas hablando porque solo lo usaban cuatro gatos. En realidad nosotros nos movemos detrás de ellos, y toda la mierda que pase allí ahora, nos la vamos a comer nosotros también. Cuando digo allí me refiero a las ciudades globales, que puede ser Nueva York, Londres, París. Al final, no sé si se reconocerían, pero creo que la disfrutarían porque el humor es de ellos.

Londres que al final es una ciudad con alrededor de 5 millones de inmigrantes, ¿cómo ves el fenómeno de la inmigración allí?

Hay mucha gente que no es bienvenida allí y lo notan. El color de la piel influye muchísimo, pero si tienes mucho dinero da igual. Si vas con tus bolsas de Chanel da igual que lleves un burka. El dinero por delante y por el resto de los inmigrantes no hay una verdadera preocupación, ni empatía, ni allí, ni aquí, ni en ningún sitio. Aquí hemos visto que incluso les ponen nombres para deshumanizarlos: mena. ¿Qué es eso?

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Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Justo este fin de semana leí una reflexión del escritor Suketu Mehta acerca de las ciudades como un lugar denso y diverso en el cual la gente sale de su zona de confort para darse cuenta de que, después de todo, no está tan incómodo. ¿Te parece que se corresponde con la realidad que tú experimentaste?

Yo es que estoy en contra de salirte de tu zona de confort. Creo que es antinatura salirte de tu zona de confort. Creo que en un contexto más amable y si las personas fueran más consideradas las unas con otras nadie tendría que marcharse de lo que conoce y del sitio en el que está a gusto. Mucha gente se va porque no se siente ellas mismas o ellos mismos en el lugar en donde están. Y eso es lo que es antinatura. ¿Por qué no te sientes bien? ¿Qué te hace la sociedad para que no te sientas bien aquí? 

Yo recuerdo cuando me marché que necesitaba una nómina, es lo único que quería: tener una nómina. Estaba harta de ser autónoma, de pagar más de lo que cobraba casi. De que no sucedieran cosas en mi ciudad. De luchar y luchar y que no sucediera nada. También era más joven e inconformista. Recuerdo que yo decía «no me gusta el diseño gráfico, no sé por qué me he metido en esto», y después de estar en la hostelería, cuando encontré un trabajillo de diseñadora gráfica pensé «ah pues, no está tan mal». En ese sentido me vino bien. Pero creo que no es lo natural irte lejos de la gente que te quiere. Yo estoy deseando volver a Córdoba.

Escribes, ilustras, haces novelas gráficas… ¿no has pensado hacer un guión de La muela? 

La verdad es que yo me fui a Inglaterra, mi sueño era dedicarme al cine. Empezar haciendo lo que fuera, pero era prácticamente imposible que yo pudiera sobrevivir de eso porque es todo a base de contactos y mi inglés no era lo suficientemente bueno… aunque aprendí muchas cosas. Pero sí, sí que me gustaría. No sé si exactamente de La muela. A lo mejor coger algunas partes. Estaría guay, no me lo había planteado porque es que finalmente lo más ergonómico del mundo, como dice Elisa Victoria, es sentarse y escribir. Más que dibujar, más que cualquier otra cosa, porque no necesitas nada más que un bolígrafo un papel y ya está.

Finalmente, si tú fueses el algoritmo de Google, y pensando que, como dicen, uno escribe con su biblioteca, ¿qué autoras o autores te gustaría que salieran en tus «relacionados»? Si te gusta Rosario Villajos, también disfrutarás…

Me encanta desde hace millones de años Elvira Lindo. Muchísimo. Me gusta que me digan que ven cosas en mis textos de Elvira Lindo, para mí es un piropazo. También está Ottessa Moshfegh, Mi año de descanso y relajación, la leí después de escribir La muela. Me gusta mucho Elisa Victoria, me gusta mucho como escribe Sabina Urraca. También hay cosas en mi libro de María Bastarós. Hay un montón de gente… 

Ayer terminé un libro que dije: «Ojalá algún día yo escriba así». Se llama La desaparición de Julia Phillips, me parece una pasada, maravilloso.

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Aprovechemos este último espacio para destacar que la ilustración de portada y las varias ilustraciones que aparecen en La muela son también obra de Rosario Villajos que además de escritora es artista plástica. Y para dejaros el vídeo de las 11 Preguntas Random que le hicimos. ¿Cómo toma el café? ¿Cuál fue su primer trabajo? ¿Dónde le gustaría vivir? Dadle al play… «it’s on us!»

Ana Laya

Periodismo, branding e innovación. Dibujo mapas. Creo en la procrastinación como fuerza creativa. Aquí escribo, edito y comisiono reportajes para Further.