La atípica infancia de Anne Igartiburu en Elorrio: «Mi madre murió salvándole la vida a otros»
La presentadora de TVE vivió, cuando era muy joven, el fallecimiento de su progenitora en un accidente de helicóptero

Anne Igartiburu, en una imagen de archivo. | Gtres
Anne Igartiburu vivió unos primeros años de vida marcados por el fallecimiento de su madre. Pero, también, por sus raíces vascas, su vida de pueblo y el apoyo incansable de su familia. Y es que Anne siempre tuvo claro que su destino estaba un poco más allá del País Vasco, pero, aún así, nunca se olvidó de su tierra. Es por eso que siempre que tiene ocasión vuelve a Elorrio, un pequeño pueblo de Vizcaya, pero también, cada vez que puede, le dedica unas palabras a su madre, cuya muerte, sin duda, marcó su pasado y, ahora, rige su presente.
Anne Igartiburu nació el 18 de febrero de 1969 en Elorrio (Vizcaya), un pequeño municipio del País Vasco rodeado de montañas y naturaleza. Su infancia transcurrió en ese entorno rural, que ella misma ha recordado en numerosas ocasiones como un espacio de libertad, sencillez y fuerte conexión con la tierra. Creció en una familia muy unida. Su padre, José Manuel Igartiburu, trabajaba en el sector de la construcción, y su madre, María Lourdes Verdes, era profesora de inglés, una figura clave en su formación cultural y emocional. Desde muy pequeña, Anne estuvo expuesta a los idiomas, la lectura y la curiosidad intelectual, algo que marcaría su carácter abierto y comunicativo. Tiene al menos un hermano, Urko, con quien compartió juegos y vivencias propias de una infancia lejos del ruido urbano.
Elorrio, una localidad con un fuerte arraigo vasco

Uno de los rasgos más singulares de su niñez fue la vida austera y natural que llevaban. Durante años no tuvieron televisión en casa, algo poco habitual incluso entonces, lo que hizo que Anne desarrollara una imaginación muy activa. Pasaba gran parte del tiempo leyendo, escuchando música, jugando al aire libre y observando la naturaleza. También participaba en tareas sencillas del entorno rural, como el cuidado de animales, lo que reforzó su sentido de la responsabilidad y su vínculo con lo esencial.
Sus padres eran aficionados al montañismo y a la vida al aire libre, y transmitieron a sus hijos valores como el respeto por la naturaleza, la autonomía personal y la importancia de vivir con coherencia. Anne ha descrito su infancia como un periodo en el que los deseos no se pedían en voz alta, sino que se «susurraban al cielo», una metáfora que refleja un hogar más centrado en lo emocional que en lo material. El acontecimiento que marcó de forma más profunda su vida fue la muerte de su madre, cuando Anne tenía alrededor de 16 años. El fallecimiento se produjo en un accidente de helicóptero durante una misión de rescate, una tragedia que supuso un antes y un después en su vida. Ella misma ha reconocido que esa pérdida temprana la obligó a madurar rápidamente, a replantearse prioridades y a desarrollar una gran fortaleza interior, además de una sensibilidad especial hacia el dolor ajeno.
Anne Igartiburu vivió una infancia marcada por la muerte de su madre
Tras este golpe, Anne continuó formándose y empezó a abrirse al mundo. Su infancia, vivida entre el amor familiar, la naturaleza, la cultura y la pérdida, fue el cimiento de una personalidad empática, serena y reflexiva, rasgos que más tarde se harían muy visibles en su trayectoria profesional como presentadora. Así, su infancia estuvo llena de momentos para celebrar, pero, también, otros de especial dureza, profundamente humana, marcada por valores sólidos, una educación emocional intensa y una experiencia temprana del duelo que influyó decisivamente en la mujer en la que se convertiría.
Como decíamos, el fallecimiento de su madre fue un acontecimiento que marcó un momento vital de su vida como fue su infancia. La madre de Anne Igartiburu, María Lourdes Verdes Rola, falleció en un accidente de helicóptero cuando Anne tenía apenas 16 años. El accidente ocurrió mientras participaba en labores de rescate como voluntaria de Protección Civil en el País Vasco, buscando a un niño desaparecido. Según el relato de Anne en el programa Un año de tu vida con Toñi Moreno, Anne confesó que su madre «murió salvándole la vida a otros, buscando a un niño que luego no apareció. Ella era voluntaria de Protección Civil y murió en un rescate, ella y el resto de personas que iban en el helicóptero».
«Murió en un rescate, salvándole la vida a otros»
La presentadora siempre subraya que murió muy joven, cuando «las echas más de menos». Su fallecimiento, además, coincidió con una de las etapas que pensaba que iba a ser de las más felices. «Cuando murió yo acababa de llegar de una beca en Estados Unidos, llevaba en casa cuatro días y me encontré con la ausencia de mi madre», contó, en un momento dado. Sobre cómo marcó su infancia, su muerte, la propia Anne ha explicado que la echó «en falta en momentos complicados de mi adolescencia…, llevar la casa adelante con un padre deshecho que se quedaba sin su compañera, un hermano más pequeño…». «La echas de menos cuando tienes un bebé, cuando aceptas un puesto de trabajo, sabes si has elegido a la pareja adecuada… Esto te hace ser prudente y sentir que alguien o algo te está acompañando en el camino», añadió.
Este episodio marcó profundamente su adolescencia y la obligó a asumir responsabilidades muy pronto, apoyando a su padre y cuidando de su hermano. Como decíamos, la presentadora de TVE ha reflexionado en varias ocasiones en público, especialmente en redes sociales, sobre cómo vivió su infancia y cómo la ausencia de su madre la modeló como persona. Es más, en sus redes sociales suele compartir imágenes de su progenitora, a quien siempre recuerda con cariño y cierta melancolía. «Me miro en esta niña con el corazón lleno. La niña que creció donde los deseos no se pedían en voz alta, se susurraban al cielo y rodeada de naturaleza», escribió en un post de Instagram.
A pesar de todo, Anne nunca ha olvidado a su madre. Es más, como curiosidad, en su boda llegó a incluir el nombre de su progenitora junto al de su padre en la lista de invitados. En la crianza de sus hijos, además, siempre ha estado presente, aunque ya no esté físicamente. La muerte de su madre marcó su infancia, pero también lo hizo su residencia en Elorrio. No la recuerda como una infancia de excesos ni de ruido, sino como un tiempo lento, en el que lo importante no era tener, sino sentir y estar.
Creció en un pueblo pequeño, rodeado de montañas, prados y caminos, donde los niños pasaban el día fuera de casa. Elorrio no era solo el lugar donde vivía: era su escenario vital. Allí aprendió a observar, a escuchar el silencio, a caminar mucho, a convivir con los ritmos de la naturaleza. Ha explicado que su infancia estuvo marcada por el contacto directo con el campo, los animales, el clima, las estaciones, y por una sensación constante de libertad.
Unos primeros años rodeados de montañas, prados y caminos
En su casa se respiraba una educación muy consciente. Durante años no tuvieron televisión, algo que influyó mucho en su manera de mirar el mundo. En lugar de pantallas, había libros, música, conversaciones y tiempo. Anne ha dicho que eso alimentó su imaginación y su mundo interior: aprendió a entretenerse sola, a pensar, a crear historias, a escuchar lo que sentía. Esa falta de estímulos artificiales hizo que desarrollara una sensibilidad especial, muy atenta a los detalles y a las emociones. Sus padres tuvieron un papel clave. Eran personas activas, amantes de la montaña y la vida al aire libre, y le transmitieron valores como la responsabilidad, el respeto por la naturaleza y la importancia de lo esencial. Desde pequeña entendió que la vida no iba de acumular cosas, sino de vivir con coherencia y compromiso.

En Elorrio aprendió también el valor del arraigo. El pueblo, la familia, los vecinos y las tradiciones formaban parte de su identidad. No era una infancia aislada, sino muy comunitaria, donde todo el mundo se conocía y donde los vínculos eran fuertes. Esa cercanía le dio una base emocional sólida, incluso cuando la vida se volvió dura más adelante. La infancia de Anne en Elorrio fue, según ella misma ha dejado entrever, feliz pero no ingenua. Fue una niñez con mucho amor, pero también con una educación emocional profunda, que la preparó —sin saberlo— para afrontar la gran pérdida que llegaría en la adolescencia con la muerte de su madre. Por eso, cuando mira atrás, no idealiza: agradece. Agradece haber sido una niña conectada con la tierra, con el silencio y consigo misma.
