La infancia de Almudena Cid en Vitoria: «Mis padres no me empujaron, me acompañaron»
La exgimnasta olímpica llevó una vida marcada por el deporte y, sobre todo, por la ciudad en la que creció y se crio

Almudena Cid, en una imagen de archivo. | Gtres
Almudena Cid es una de las mejores gimnastas del mundo. La vasca se crio en la ciudad de Vitoria, donde comenzó a hacer sus primeros pinitos en el mundo del deporte. Pronto tuvo que crecer, dedicarse a entrenar y, sobre todo, pasar los días de una forma muy diferente a la que hacían los otros alumnos en el colegio. Con todo, Almudena forjó una personalidad fuerte, disciplinada y llena de carácter, unas premisas que le han acompañado hasta el día de hoy.
La infancia de Almudena Cid en Vitoria-Gasteiz no fue la de una niña que soñaba con medallas, sino la de una niña que descubrió, casi por accidente, que su cuerpo tenía un lenguaje propio. Nacida en junio de 1980, creció en un entorno familiar humilde y cercano, donde la capital alavesa fue el escenario de sus primeros juegos y de una transformación física asombrosa. Todo comenzó a los 7 años en el colegio Arantzabela Ikastola. Lo que empezó como una actividad extraescolar para canalizar su energía se convirtió pronto en una revelación. Mientras otras niñas sufrían para tocarse las puntas de los pies, Almudena descubría que su columna y sus piernas parecían no tener topes óseos.
Almudena Cid y su infancia retadora en Vitoria

Su primera entrenadora, Agurtzane Ibargutxi, detectó de inmediato que esa niña delgada y de ojos grandes poseía una elasticidad fuera de lo común. En esos primeros años, la gimnasia era puro juego: Almudena recuerda cómo utilizaba su flexibilidad incluso jugando al fútbol, dejando boquiabiertos a sus compañeros cuando remataba balones con piruetas imposibles. A medida que crecía, el juego se transformó en disciplina. Su infancia quedó ligada a lugares icónicos de Vitoria, como el Polideportivo de Abetxuko y el Club Beti Aurrera. Allí, bajo la mirada de Iratxe Aurrekoetxea —quien sería su mentora de por vida—, Almudena empezó a comprender que su talento conllevaba un sacrificio.
Mientras sus amigas de la cuadrilla empezaban a planear sus primeras salidas por la calle Dato o a disfrutar de las fiestas de la Virgen Blanca, Almudena pasaba horas interminables puliendo lanzamientos de aro y rotaciones de mazas. Esa etapa estuvo marcada por una dualidad. Y es que, como ella misma ha contado, a menudo se sentía «extraña» en el colegio, ya que sus preocupaciones —una lesión o una coreografía— eran muy distintas a las de sus compañeros. Su familia, sin duda ninguna duda, fue su ancla. En los pocos ratos libres, disfrutaba de la sencillez de estar con su abuela en la calle Parras, aprendiendo labores manuales que la ayudaban a evadirse de la presión del tapiz.
Dijo que «no» inicialmente a la selección
Un momento definitorio de su infancia/adolescencia ocurrió a los 13 años. Tras destacar en competiciones nacionales, la Federación Española la llamó para concentrarse en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. A diferencia de muchas otras gimnastas que se marchaban de inmediato, Almudena y su familia tomaron una decisión valiente: dijo que «no» inicialmente. Quería terminar sus estudios de EGB en su Vitoria natal y seguir bajo el ala de Iratxe. Este gesto demostró desde muy pequeña que, a pesar de su apariencia frágil, tenía una personalidad firme y unas raíces muy profundas en su tierra. Finalmente, en 1994, con la maleta llena de recuerdos de Vitoria y la madurez de quien ha crecido entre entrenamientos y disciplina, dejó su ciudad para iniciar la carrera que la convertiría en leyenda.
Sobre su infancia, Almudena se ha pronunciado en varias ocasiones. «Recuerdo estar en el colegio y que nos dijeran: ‘Tócate la oreja con el pie’. Yo lo hacía con una facilidad pasmosa y miraba a mi alrededor y veía que el resto de niñas sufrían. En ese momento me sentí un bicho raro, pero a la vez sentí que tenía un superpoder», confesó, en un momento dado. Además, debido a su pasión y a su implicación se aisló mucho socialmente. «Mi infancia fue muy distinta a la de mis amigas. Mientras ellas descubrían los primeros juegos en la calle o los primeros cumpleaños, yo estaba en un polideportivo. Sentía que hablaba un idioma que mis compañeros de clase no entendían. Mi lenguaje eran las mazas y el aro», apostilló.
«Mis padres nunca me empujaron, solo me acompañaron»
A pesar de su dureza, Almudena siempre ha reivindicado que esos primeros momentos de vida tuvieron, también, tiempos de juego. «Yo no sentía que estaba trabajando, yo sentía que estaba jugando a algo que se me daba bien. De niña jugaba al fútbol y metía goles de chilena aprovechando mi flexibilidad. La gimnasia me dio una forma de expresarme cuando todavía no sabía usar las palabras», explico. Ademas, su club fue «su refugio», al igual que su familia. «Mis padres nunca me empujaron, solo me acompañaron. Recuerdo los trayectos en el coche, el frío de Vitoria al salir de entrenar y el olor a las medias y a la resina. Esa fue mi infancia: un esfuerzo silencioso arropado por mi familia», contó sobre sus progenitores.
Sin duda alguna, Vitoria jugó un papel fundamental no solamente dentro de su infancia sino, también, en su presente personal. En aquel momento, su vida cotidiana giraba entorno un circuito de instalaciones públicas y clubes locales que marcaron su progresión. Almudena ha descrito Vitoria como su «refugio» y su «tierra», destacando ciertos aspectos de su identidad vitoriana. Incluso en sus momentos más difíciles a nivel personal años después, ha manifestado su deseo de regresar a Álava para estar «con su gente, su familia y sus amigos». Ha mencionado frecuentemente el frío característico de Vitoria al salir de entrenar y el apoyo constante de su círculo cercano en el barrio de Adurza. Su estancia en Vitoria terminó formalmente en noviembre de 1994, cuando finalmente aceptó el traslado a Madrid para incorporarse a la selección nacional, dejando atrás su vida de estudiante y gimnasta de club en el País Vasco.
Vitoria, una ciudad que sigue marcando su vida
En los últimos tiempos, Almudena se ha unido, aún más, a Vitoria. Así, la que fuera gimnasta olímpica ha decidido construir su propia casa en Vitoria, un proyecto que ha estado supervisando personalmente durante el último año. Ha mencionado que uno de sus sueños en esta nueva etapa es algo tan sencillo como sentarse frente a su chimenea a asar castañas, buscando un estilo de vida más pausado y auténtico.
Además, a finales de 2025, la exmujer de Christian Gálvez decidió pasar por quirófano para someterse a una operación de cadera para solucionar una lesión que arrastraba desde hacía tiempo. Ha elegido pasar su recuperación en Vitoria, instalándose en casa de sus padres para que ellos la cuiden. Sus rutinas actuales en la ciudad incluyen paseos junto a su padre por le ciudad, visitas al centro de Vitoria, así como disfrutar de la gastronomía y de la atmósfera de la capital.
Su vínculo con Vitoria es tan fuerte que la ciudad le ha rendido varios homenajes. La sala más grande del Palacio de Congresos Europa ahora lleva su nombre (antigua sala Olárizu). Fue precisamente allí donde Almudena compitió por primera vez de niña, lo que le otorga un valor sentimental especial. Además, participa regularmente en eventos locales, como charlas en centros cívicos (Zabalgana, por ejemplo) y firmas de su serie de libros Olympia. Sí que es cierto que, hace tiempo, se estableció en Madrid, donde desarrolla la mayoría de sus compromisos laborales y donde, también, vive feliz junto a su pareja.
