Juan del Val, sobre su adolescencia en Madrid: «Elegía por qué calle ir para que no me atracaran»
El ganador del premio Planeta se crio en el barrio de La Estrella, donde decidió dejar lo estudios antes de los 18

Juan del Val, en una imagen de archivo. | Gtres
Juan del Val se crio en el barrio de La Estrella en un momento en el que Madrid estaba desarrollando su identidad cultural y personal. El ahora premio Planeta dividió su vida entre esta zona de la capital, a muy pocos metros de la M-30 y Vallecas, a donde iba al médico. Y es que la zona donde residía, de clase media, contrarrestaba con aquella en la que hacía vida; más discreta y de corte obrero. «Yo estaba en los barrios; se vivió todo de otra manera, intentando sobrevivir», contó una vez en una entrevista, explicando que, en muchas ocasiones, tenía que pensar en su integridad física que en otras preocupaciones que tenían los chicos y chicas de su edad.
«Mi adolescencia tenía más que ver con qué calle cogía para que no me atracaran que con estar viendo obras de Andy Warhol, que no tenía ni idea de quién era», apostilló. Lo cierto es que, sin duda, su adolescencia fue un periodo que le marcó claramente. Y no solamente por el entorno en el que maduró sino, también, por los distintos inconvenientes que se fue encontrando en el instituto, que le hicieron forjar su carácter y que le expusieron la cruda realidad de la vida. Y es que Juan del Val no fue un estudiante especialmente fácil; tuvo que enfrentarse a distintos retos y los estudios, con el paso del tiempo, se convirtieron en su gran talón de Aquiles.
La adolescencia de Juan del Val en el barrio de La Estrella de Madrid
El propio escritor y colaborador de televisión la ha descrito en numerosas ocasiones —y de forma muy cruda en su novela semiautobiográfica Parece mentira— como un periodo marcado por la desorientación, la marginalidad y una profunda sensación de no encajar en ningún sitio. No fue la típica rebeldía juvenil, sino una caída libre que lo situó en los márgenes de la delincuencia y la autodestrucción. Criado en un entorno familiar estable en el barrio de La Estrella de Madrid, el joven Juan comenzó a distanciarse de lo convencional muy pronto. Su madre, Ángeles, una mujer dedicada a la rehabilitación de presos, veía con angustia cómo su propio hijo se convertía en aquello que ella intentaba salvar en su trabajo. Del Val ha confesado que en esos años sentía un vacío existencial que intentaba llenar con el conflicto y la búsqueda de límites, alejándose radicalmente de los estudios.
A los 16 años, la situación se volvió insostenible. Juan vivía en una constante tensión con el entorno; su día a día «tenía más que ver con qué calle cogía para que no me atracaran» o, a veces, con estar del lado de quienes generaban ese miedo. Era un Madrid periférico, duro y marcado por la droga y la violencia, un escenario donde un adolescente perdido podía descarrilar fácilmente hacia un destino oscuro. Durante esa etapa, el escritor ha reconocido que «estuvo a punto de echar su vida a perder». Su adolescencia no se basaba en planes de futuro, sino en la supervivencia inmediata y en una agresividad defensiva contra un mundo que le resultaba hostil. El sentimiento de angustia era su compañero constante.
«Tenía más que ver con elegir por qué calle ir»
Un aspecto fundamental de su recuperación fue el paso por un tratamiento psiquiátrico. Él mismo habla sin tabúes de cómo tuvo que «reconstruirse» desde cero. Fue un proceso lento en el que tuvo que aprender a canalizar su energía y su evidente inteligencia hacia algo constructivo. La escritura y la lectura aparecieron entonces no como un hobby, sino como una tabla de salvación que le permitió entender el mundo sin necesidad de atacarlo. A pesar de haber dejado el colegio y ser considerado un «caso perdido» por muchos, su entrada en el mundo laboral le dio el anclaje que necesitaba. Empezó trabajando en la construcción y en diversos oficios humildes hasta que, por azar y tenacidad, acabó encontrando su sitio en el periodismo. Esa adolescencia salvaje le otorgó una calle y una capacidad de observación que más tarde se convertirían en su mayor activo como autor y polemista.
Sin duda alguna, haber sido un «caso perdido» hace que valore su éxito actual de una forma mucho más consciente. No da nada por sentado. Esa adolescencia le otorgó una capacidad de trabajo inmensa; sabe lo que es estar en el lado oscuro y eso le impulsa a aprovechar cada oportunidad profesional como si fuera la última. De ahí su hiperactividad como guionista, escritor, colaborador y productor. Su adolescencia era caos; su madurez es estructura. La escritura fue su tabla de salvación y hoy sigue siendo su forma de procesar el mundo. En sus novelas, vuelca esa agresividad canalizada y ese conocimiento de la calle. Su «yo» de ahora utiliza las palabras para hacer lo que antes hacía con los puños o con la rebeldía: impactar en los demás y mover conciencias.

Ser padre habiendo sido un adolescente tan conflictivo le ha dado una perspectiva única sobre la crianza. Es consciente de los peligros, pero también de la importancia de la confianza y de tener una red de seguridad. Mira a sus hijos sabiendo que el error es parte del proceso, lo que probablemente le convierte en un padre menos juicioso y más atento a las señales de alerta que otros podrían pasar por alto. Sin duda alguna, una de las personas más importantes de su juventud y, también, de su infancia, fueron sus padres, quienes nunca le dejaron de lado. Fueron ellos quienes intentaron entender por qué su hijo no llegaba a la misma madurez académica que el resto de sus compañeros.
Dejó los estudios, pero aprendió mucho en casa, de su madre
Además, su progenitora también le enseñó muchos valores importantes en la vida; su madre creo una organización que ayudaba a presos a reintegrarse en la sociedad, algo que, también, forjó su personalidad y, sobre todo, le dio infinidad de lecciones. Así, todo ese Juan del Val de juventud que se fue construyendo con las distintas vivencias tiene mucho que ver con el que es ahora. La trayectoria de Juan del Val se define por una evolución constante que comenzó lejos del mundo intelectual. Tras abandonar sus estudios a los 17 años y trabajar en diversos oficios, como la construcción, inició su andadura en el periodismo a principios de los años 90 en Radio Nacional de España. Sus primeros pasos en la prensa escrita fueron como cronista taurino en el diario El Independiente, una etapa que le permitió pulir su estilo antes de expandirse hacia la producción y el guion en radio y televisión.
Su consolidación mediática llegó de la mano de su trabajo como guionista y colaborador en programas de máxima audiencia. Es especialmente reconocido por su labor en El hormiguero (Antena 3), donde cuenta con una sección propia, y en La roca (La Sexta), junto a su esposa Nuria Roca. A lo largo de los años, ha trabajado también como director y productor, destacando su capacidad para el análisis de actualidad y su perfil polémico, lo que le ha convertido en una de las figuras más presentes en el grupo Atresmedia.
En el ámbito literario, Del Val ha logrado un éxito rotundo, pasando de coautor a ser uno de los novelistas más vendidos de España. Tras publicar sus primeras obras junto a Nuria Roca, en 2017 lanzó su primera novela en solitario, Parece mentira, de marcado carácter autobiográfico. Su carrera como autor se disparó en 2019 al ganar el premio Primavera de Novela con Candela, éxito que continuó con títulos como Delparaíso (2021) y Bocabesada (2023), consolidando un estilo que disecciona las relaciones humanas y la sociedad contemporánea.
