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Revilla, el 'niño pastor' de Cantabria: «En mi infancia viví en la Edad Media, pero del siglo XX»

El que fuera político siempre ha estado muy unido a su tierra, donde nació y del que se ha convertido su mayor embajador

Revilla, el ‘niño pastor’ de Cantabria: «En mi infancia viví en la Edad Media, pero del siglo XX»

Revilla, en una imagen de archivo. | Gtres

Miguel Ángel Revilla siempre ha estado muy vinculado a sus raíces. El reconocido político ha vivido, en estos últimos meses, un tiempo especialmente convulso, marcado por la denuncia del rey Juan Carlos, lo que dinamitó su vida personal y profesional. Esta situación, sin duda, le ha afectado en su parcela más íntima y ha hecho que tengamos una imagen de un Revilla totalmente destrozado y compungido, distinta a la que siempre ha mostrado. Y es que el que fuera presidente de Cantabria siempre ha querido acercar su tierra a cualquier persona y ha sido uno de los embajadores más famosos de la comunidad que un día presidió, mostrando su mejor sonrisa. Ahora, Revilla afirma que lleva una vida discreta, sin ostentosidades, un estilo marcado, muy probablemente, por su cruda infancia.

Desde los cinco años, Revilla ya tenía responsabilidades de adulto. Su tarea principal era cuidar el rebaño de ovejas de la familia por los montes de Polaciones. Él suele relatar que su «juguete» era un palo de avellano y que su contacto con la soledad y la naturaleza en esos años forjó su carácter resistente. En aquel entorno, el frío era una constante y la supervivencia dependía de lo que daba la tierra y el ganado. Revilla ha contado en numerosas ocasiones que su infancia estuvo marcada por una dieta extremadamente limitada. Sus recuerdos gastronómicos de entonces se resumen en leche, patatas y tocino, una de las bases de todas las comidas. Además, en varias ocasiones, ha narrado con mucha gracia cómo la primera vez que vio una naranja fue un acontecimiento casi religioso, ya que en las cumbres cántabras solo llegaba lo esencial.

Polaciones, el pueblo donde se crio Miguel Ángel Revilla

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Miguel Ángel Revilla en un fotograma de ‘Cuerpos locos’, que se estrena el 31 de octubre. | A Contracorriente

En su vida, el hambre no era una metáfora, sino una realidad que le enseñó a no desperdiciar nada, algo que todavía hoy aplica en su vida personal. A pesar de ser una familia de medios muy modestos, su padre tuvo la visión de que sus hijos debían estudiar para escapar de la dureza del campo. Cuando era joven, sus padres decidieron hacer un gran esfuerzo y le mandaron a un internado estudiar en Santander, a los Escolapios. El paso de la aldea medieval de Polaciones a la ciudad de Santander fue un trauma para él. Pasó de hablar un dialecto local y vestir de forma humilde a enfrentarse a la rigidez académica de la capital, donde inicialmente se sintió como un «extraño».

Fue en esos años de internado donde empezó a desarrollar su verborrea y su capacidad de liderazgo. Aunque siempre se sintió un montañés en la ciudad, descubrió que la palabra era su mejor herramienta. De niño, Revilla era menudo y sufría de ciertos complejos por su origen rural, pero el apoyo de su padre —quien le decía: «Hijo, tú no has nacido para llevar ovejas, tú tienes que ser alguien»— le impulsó a terminar sus estudios de Economía en Bilbao años más tarde. Vivir en Polaciones en la década de los 40 y 50, como lo hizo Miguel Ángel Revilla, era lo más parecido a una experiencia de supervivencia extrema en un entorno de una belleza tan espectacular como hostil. Polaciones no es solo un municipio; es el valle más alto de Cantabria, un lugar que quedaba totalmente aislado del mundo durante los largos meses de invierno.

Unos primeros años de vida especialmente duros

Para Revilla, salir de Polaciones era una expedición. En aquella época, no había carretera asfaltada. Para llegar a la zona de la costa o a Santander, había que recorrer senderos de montaña a pie o en caballería hasta encontrar algún transporte. Sin duda alguna, los inviernos eran una de las peores partes del año; Revilla recuerda paredes de nieve de más de dos metros que bloqueaban las puertas de las casas. Los vecinos tenían que cavar túneles para poder ir de una vivienda a otra o para dar de comer al ganado. Además, no había medico, ni farmacia, ni tiendas. La autosuficiencia era obligatoria: se mataba el cerdo, se hacía el pan y se hilaba la lana.

Su hogar era una construcción típica de piedra y madera, diseñada para resistir el peso de la nieve. La planta baja era el establo para los animales —las vacas y ovejas—, ya que el calor corporal del ganado servía de “calefacción natural” para las habitaciones del piso superior. La cocina de leña era el único punto caliente de la casa y el centro de la vida social, donde se contaban historias y leyendas de la zona, como las de los «ojáncanos» y las «anjanas», que alimentaron la imaginación de un Revilla niño. Revilla ha recordado siempre con especial cariño a sus maestros, quienes hacían milagros en una escuela unitaria donde niños de todas las edades compartían la misma habitación fría. Miguel Ángel destacaba ya por su memoria y su capacidad de hablar, lo que hizo que el maestro convenciera a sus padres de que el chico valía para algo más que para cuidar el ganado.

Revilla, en una imagen de sus redes sociales.

A pesar de la dureza, para él ser pastor era un título de orgullo. En Polaciones aprendió a entender el tiempo y la soledad; pasar horas solo en el monte con el único sonido de las esquilas de las vacas tudancas, algo que, según él, le dio la paz mental y la seguridad que tiene hoy. Hoy en día, Revilla sigue tratando a Polaciones como su lugar sagrado. Ha conseguido que el valle sea conocido en toda España y suele decir que «un purriego (gentilicio de Polaciones) no se rinde nunca». Allí es donde se siente realmente él mismo, alejado de los focos, y donde todavía mantiene el trato cercano con los descendientes de aquellos que compartieron con él la dureza de la montaña.

Polaciones es un valle cerrado, rodeado de cumbres que rozan o superan los 2.000 metros. Al estar alejado de las rutas turísticas masivas, el paisaje es de un verde insultante, con bosques cerrados de hayas y robles donde todavía habitan el oso pardo y el lobo. El valle es la cuna del río Nansa, que nace en estas cumbres y baja con una fuerza espectacular, creando un sonido que acompaña todo el recorrido por el municipio. Además, está prado por casas de piedra maciza con balconadas de madera oscurecida por el tiempo, diseñadas para aguantar inviernos de nieve. Tresabuela es uno de los pueblos más pintorescos y donde nació el famoso Padre Rábago. Las vistas desde aquí al valle son, sencillamente, de infarto. Además, dentro de esta localidad, se encuentra Cotillos, el pueblo más alto de Cantabria.

Polaciones, una pequeña localidad en el valle cántabro

A los habitantes de Polaciones se les llama purriegos. Son conocidos por ser gente hospitalaria pero de carácter curtido. Polaciones ha conservado tradiciones que en otros sitios han desaparecido, como el Carnaval de los Zamarrones —unos personajes vestidos con pieles y cencerros que ahuyentan los malos espíritus— o sus rabelistas —músicos que tocan el rabel, un instrumento de cuerda pastoril—. Llegar no es fácil, y ahí reside su encanto. Tienes que subir por el Desfiladero de la Hermida o desde la zona de Potes/Cabezón de la Sal por carreteras de muchas curvas y paisajes de vértigo. Es una zona ideal para senderismo de alta montaña, fotografía de naturaleza y para quien busca mucha desconexión.

Miguel Ángel Revilla es el ejemplo más singular de cómo un origen humilde en el recóndito valle de Polaciones puede forjar a uno de los políticos más carismáticos de la España contemporánea. Nacido en 1943, su infancia como niño pastor entre montañas sin luz ni carreteras marcó un carácter resistente y una oratoria directa que se convertirían, décadas después, en su mayor activo político. Economista de formación y bancario de profesión inicial, Revilla consagró su vida pública a la creación y consolidación de la autonomía de Cantabria, fundando en 1978 el Partido Regionalista de Cantabria (PRC), bajo la premisa de que su tierra dejara de ser «la Castilla que mira al mar».

La trayectoria de Miguel Ángel Revilla en política

Su trayectoria profesional alcanzó el cénit al ostentar la presidencia de Cantabria durante cuatro legislaturas, logrando situar a su región en el mapa nacional gracias a un estilo de gobierno basado en la proximidad y la campechanía. Sin embargo, su relevancia trascendió los despachos oficiales para convertirse en un auténtico fenómeno mediático y literario; su presencia constante en televisión y sus libros superventas lo transformaron en un «analista del pueblo». Con un discurso centrado en la ética y la crítica a la corrupción, Revilla supo conectar con la audiencia masiva, haciendo de sus famosas anchoas y sus viajes en taxi un símbolo de una política que presumía de no tener nada que ocultar.

La localidad de Polaciones. | Red Cántabra de Desarrollo Rural

En el plano personal, la vida de Revilla ha estado marcada por una profunda austeridad y el sólido respaldo de su familia. Casado en segundas nupcias con Aurora Díaz, quien ha sido su compañera infatigable tanto en la gestión del partido como en los momentos más delicados de su salud, el político siempre ha priorizado su residencia en un piso sencillo en El Astillero frente a cualquier tipo de ostentación. Padre de tres hijas, ha enfrentado baches médicos significativos, incluyendo un trasplante de riñón, demostrando una vitalidad que le ha permitido mantenerse activo y lúcido incluso tras abandonar la primera línea de la gestión autonómica.

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