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Los difíciles años de Máximo Huerta en Utiel: «Fui un niño que tuvo miedo de su padre»

El que fuera ministro vivió un tiempo muy marcado por la localidad en la que vivió y, también, por la actitud de sus padres

Los difíciles años de Máximo Huerta en Utiel: «Fui un niño que tuvo miedo de su padre»

Máximo Huerta, en una imagen de archivo. | Gtres

A pesar de que Máximo Huerta ha tenido que abandonar su Valencia natal en algunas ocasiones, lo cierto es que su pequeño Utiel —que vivió en primera persona las consecuencias de la dana— nunca se ha ido de su lado. Y es que Utiel siempre marcará su vida, tanto a nivel personal como profesional; es allí donde se lanzó a construir su propia librería —un sueño hecho realidad— y, también, donde sigue residiendo su familia. Lo cierto es que siempre que ha hablado de su tierra y lo ha hecho con mucho amor, poniendo el foco en todos aquellos recuerdos de esos primeros años que siempre recuerda.

La infancia de Máximo Huerta en Utiel (Valencia) no fue el escenario idílico que uno podría imaginar en un primer vistazo. Fue una etapa marcada por la dualidad: la calidez de su madre y la dureza de un entorno familiar y social que, en muchos sentidos, lo hacía sentirse un «extraño». El refugio de Máximo fue, sin duda, el mundo femenino. Creció rodeado de su madre, Clara, y sus tías, en un ambiente de cuidados, costura y conversaciones de cocina. Su madre fue su ancla. De ella heredó la sensibilidad y el amor por las pequeñas cosas. En su literatura, Utiel aparece a menudo como ese lugar de «olores a ropa limpia y jazmín», un paraíso construido por las mujeres de su familia para protegerlo de la rudeza exterior.

La infancia de Máximo Huerta en Utiel

Máximo Huerta ha tenido distintos baches en su salud. | Gtres

Este es el punto más complejo de su infancia. Máximo ha relatado en libros como La noche soñada o Adiós, pequeño la difícil relación con su padre. Su padre era un hombre de carácter recio, poco dado a las muestras de afecto y con una visión de la masculinidad muy tradicional que chocaba frontalmente con la sensibilidad del pequeño Máximo. El escritor ha confesado que de niño sentía cierto temor y una profunda necesidad de aprobación que nunca llegaba. Ese silencio entre ambos marcó su forma de entender el mundo y fue el motor que lo empujó a buscar refugio en los libros.

En los años 70 y 80, Utiel era un lugar donde «todo se sabía». Mientras otros niños jugaban al fútbol o se dedicaban a actividades más «propias de su edad», Máximo prefería quedarse leyendo o imaginando historias. Esto le valió sentirse diferente, algo que en un entorno rural de la época podía ser aislante. La biblioteca municipal de Utiel fue su verdadera ventana al mundo. Allí descubrió que existían otros lugares y otras vidas posibles, lo que germinó su vocación de periodista y escritor. A pesar de las sombras familiares, Máximo guarda recuerdos luminosos de Utiel vinculados a la cultura popular. Así, guarda con especial cariño las tardes en el cine de pueblo fueron fundamentales. Para él, la pantalla era el lugar donde la realidad se transformaba.

La fuerte figura de su padre y el pilar que fue su progenitora

Tampoco se olvida de la Feria de Utiel, especialmente, aquello relacionado con sonidos, luces y comida de las fiestas locales que aparecen en su obra como destellos de una felicidad que intentaba atrapar. Máximo suele decir que su infancia en Utiel fue como «una foto en blanco y negro a la que él intentaba ponerle colores con la imaginación». Utiel sigue siendo hoy su lugar de retorno, especialmente desde que decidió abrir allí su propia librería, La librería de doña Leo, un homenaje a su perro y un círculo que se cierra: el niño que buscaba refugio en los libros ha acabado creando un refugio de libros para su pueblo.

Su infancia, como él mismo ha comentado, fue especialmente sensible, marcada por la figura materna pero, también, con cierto respeto a la paterna. En su obra más personal, Adiós, pequeño, Máximo rompió el tabú del silencio familiar. «Fui un niño que tuvo miedo de su padre. Crecí en una casa donde el silencio era la forma de comunicación más habitual», escribió. Y es que su padre fue «un hombre que no sabía querer de otra manera, o que quizá no supo ser feliz. Yo buscaba su mirada, pero él miraba siempre hacia otro lado». Para Máximo, su madre fue la creadora de un mundo paralelo que lo salvó: «Mi madre inventó una felicidad que no existía para que yo no me diera cuenta de que en casa las cosas no iban bien».

«Sentía que mi vida real estaba en otro sitio»

Es más, él es, ahora, «el resultado de las costuras de mi madre, de sus silencios y de su capacidad para resistir». Además, la sensación de no encajar en el Utiel de los años 70 y 80 es un tema recurrente. «Yo no era el niño que jugaba al fútbol. Yo era el niño que se quedaba en la biblioteca porque allí los libros no me juzgaban», contó en alguna ocasión. Y es que en el pueblo, él era «el hijo de», pero dentro de él era «un extranjero». «Sentía que mi vida real estaba en otro sitio, en los libros que leía o en las películas que veía», ha contado. A pesar del dolor, Máximo rescata la nostalgia de los detalles sensoriales. Para él, la infancia es «ese olor a jazmín en el patio de mi abuela y el sonido de las máquinas de coser. Es el único lugar al que siempre quiero volver, aunque duela».

Es más, el interés por la escritura que se reavivó hace un tiempo se produjo con la idea de «arreglar» su infancia. «Para darle a aquel niño el abrazo que su padre no le dio y para decirle que, al final, todo saldrá bien», ha comentado. En una charla tras la consolidación de su librería en Utiel, comentó sobre el círculo que ha cerrado con su pasado. «He vuelto al pueblo donde fui un niño solitario para abrir una librería. Es mi forma de decirle a ese niño que ya no tiene que esconderse, que ahora los libros son su casa», contó.

En los últimos tiempos, Utiel ha estado marcada por el desbordamiento del río Magro que convirtió las calles del pueblo en torrentes de lodo y agua, dejando una huella de dolor que, incluso hoy en 2026, sigue presente en el proceso de reconstrucción. El daño más irreparable fue el humano. El alcalde de Utiel, Ricardo Gabaldón, describió la situación en aquel momento como «dantesca». Al menos seis personas perdieron la vida en el municipio debido a la rapidez con la que subió el nivel del agua, que en algunas zonas bajas alcanzó los tres metros de altura. Muchos vecinos tuvieron que ser rescatados de los tejados de sus casas en helicóptero o por equipos de emergencia (UME), mientras recibían llamadas desesperadas de personas que se veían atrapadas por la riada.

Incluso figuras públicas como Máximo Huerta vieron cómo la dana afectaba a sus proyectos. Su librería, La librería de doña Leo, se convirtió en un símbolo de la resistencia del pueblo; aunque el agua no la destruyó por completo gracias a su ubicación, el entorno comercial y la moral del pueblo quedaron profundamente tocados.

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