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Palco Real

En el ojo del huracán: Epstein, Mette-Marit y los casos que conmocionan a la realeza europea

«El escándalo del magnate sigue sacudiendo a monarquías que durante décadas parecían inmunes»

En el ojo del huracán: Epstein, Mette-Marit y los casos que conmocionan a la realeza europea

El príncipe Haakon de Noruega, heredero al trono en el país nórdico, junto a su esposa, Mette Marit. | Frederic Kern (EP)

La semana ha traído un terremoto reputacional para varias casas reales europeas. En Noruega, las revelaciones sobre la relación de la princesa heredera Mette-Marit con el financiero Jeffrey Epstein y el inicio del juicio contra su hijo mayor, Marius Borg Høiby, han colocado a la Corona noruega en el centro de un debate público inédito. Al mismo tiempo, nuevos documentos del caso Epstein revelan imágenes y mensajes inéditos del expríncipe Andrés, de su exmujer Sarah Ferguson y de la princesa Sofía de Suecia. Este cúmulo de acontecimientos plantea cuestiones profundas sobre la ética institucional, la ejemplaridad y los límites de la vida privada en las monarquías contemporáneas.

Juzgado desde la cárcel

Este martes se abrió en Oslo el juicio contra Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit. Aunque no ostenta título real ni funciones oficiales, su condición de hijastro del príncipe heredero Haakon ha convertido el proceso en un asunto de interés nacional e internacional. La magnitud del procedimiento y la gravedad de las acusaciones han transformado un caso penal individual en un problema institucional para la monarquía noruega, que observa cómo la frontera entre lo privado y lo representativo se vuelve cada vez más difusa.

Borg, de 29 años, se enfrenta a 38 cargos por delitos cometidos entre 2018 y 2024, incluidos cuatro presuntos delitos de violación, violencia en relaciones íntimas, amenazas de muerte, abuso de sustancias y quebrantamiento de órdenes de alejamiento. Durante la primera semana del juicio se vivieron momentos de gran tensión, hasta el punto de que el acusado llegó a perder los papeles ante el fiscal. «No trato con mujeres que no estén despiertas. Ya se lo he dicho un millón de veces: no recuerdo esa secuencia en concreto», declaró en relación con uno de los episodios investigados, que habría ocurrido en la residencia oficial de los príncipes herederos. El propio Borg reconoció que los hechos tuvieron lugar mientras su familia se encontraba allí: «Mis padres estaban en casa y probablemente también mis hermanos».

Antes incluso de la apertura de las audiencias, Borg fue detenido nuevamente por presunta violación de una orden de alejamiento y por el supuesto uso de un arma blanca, lo que motivó su ingreso en prisión preventiva ante el riesgo de reincidencia. Estos nuevos acontecimientos han complicado aún más su estrategia de defensa y han contribuido a reforzar la percepción pública de una crisis prolongada en el entorno familiar de la futura reina.

Durante sus declaraciones, Borg también trató de defender a su madre y responsabilizó a la prensa del acoso que asegura haber sufrido durante años. Episodios como estos no solo condicionan la percepción pública del acusado, sino que intensifican la sensación de descontrol que rodea al núcleo sucesorio de la monarquía noruega y evidencian la dificultad de las casas reales contemporáneas para gestionar crisis familiares que inevitablemente adquieren dimensión política.

Mette-Marit en el ojo de la tormenta

Paralelamente al juicio, la publicación completa de documentos vinculados a Jeffrey Epstein ha situado a la princesa heredera Mette-Marit en el centro de la controversia. Según la información difundida y el propio comunicado oficial de la Casa Real noruega, la princesa coincidió con Epstein en varias ocasiones entre 2011 y 2013 tras ser presentada por conocidos comunes en el extranjero. Este dato resulta especialmente problemático si se tiene en cuenta que Epstein ya había sido condenado en 2008 por prostitución de menores y que entre ese año y 2011 trató de impugnar su condena, manteniéndose constantemente en el foco mediático. De hecho, en 2011 estaba registrado en Nueva York como delincuente sexual de nivel tres, considerado de alto riesgo de reincidencia.

Las comunicaciones reveladas incluyen mensajes personales y referencias a encuentros internacionales con un tono coloquial y aparentemente amistoso. Aunque no existe evidencia de que Mette-Marit participara en ninguna actividad delictiva, el hecho de haber mantenido contacto con una figura cuya situación judicial era ampliamente conocida ha generado un fuerte impacto en la percepción pública.

El comunicado oficial reconoce que la princesa también solicitó el uso de la vivienda de Epstein en Palm Beach a través de un amigo común. Desde una perspectiva institucional, resulta difícil de justificar que un miembro de una familia real solicite alojamiento a una persona con un historial judicial tan conocido, no solo por motivos éticos sino también por cuestiones elementales de seguridad. Las explicaciones ofrecidas, basadas en la idea de encuentros puntuales o contactos circunstanciales, han sido percibidas como vagas y poco esclarecedoras.

Más allá de establecer una cronología, la cuestión de fondo parece girar en torno a la asunción de responsabilidades. Incluso en el hipotético caso de que la princesa desconociera el alcance de las acusaciones contra Epstein, la falta de diligencia en la gestión de sus relaciones personales plantea dudas sobre la profesionalidad exigible a quien ocupa una posición institucional de primer nivel. Las disculpas públicas y el reconocimiento de un «error de juicio» pueden resultar insuficientes para disipar una crisis cuya gravedad radica precisamente en la falta de explicaciones completas y convincentes.

Noruega reacciona desde el Parlamento y las calles

La repercusión política ha sido inmediata. El primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, calificó la relación de la princesa con Epstein como un acto de «pobre juicio», una crítica inusual por parte de un jefe de Gobierno hacia la familia real. Paralelamente, una votación parlamentaria abrió el debate sobre la continuidad de la monarquía. Aunque la institución fue respaldada por una amplia mayoría, el simple hecho de someterla a discusión refleja hasta qué punto el desgaste reputacional ha dejado de ser un problema de imagen para convertirse en una cuestión de legitimidad política.

Encuestas publicadas en medios nacionales indican que cerca de la mitad de la población cuestiona la idoneidad de Mette-Marit para llegar a ser reina. Organizaciones civiles también han reaccionado: la fundación Sex og Samfunn retiró a la princesa como alta patrona de uno de sus premios, argumentando la incompatibilidad de su relación con Epstein con los valores que promueve la organización.

El efecto dominó en otras casas reales

Lejos de tratarse de casos aislados, las nuevas revelaciones sugieren un patrón incómodo: durante años, distintas figuras de la realeza europea mantuvieron vínculos sociales con Epstein pese a que su perfil judicial era ampliamente conocido. En el Reino Unido, documentos recientes han impulsado la clausura de una ONG vinculada a Sarah Ferguson tras la difusión de correos antiguos que confirmaban una relación cercana con el financiero incluso después de su condena.

Los mismos archivos han vuelto a situar bajo escrutinio al príncipe Andrés, cuyo vínculo con Epstein ya había provocado su retirada de funciones oficiales. En Suecia, la princesa Sofía también aparece mencionada en comunicaciones relacionadas con invitaciones a eventos privados durante su etapa previa a su entrada en la familia real, alimentando el debate sobre los círculos sociales compartidos por la aristocracia internacional.

Imagen, legado y reputación

A la luz de estos episodios, la cuestión ya no es únicamente qué ocurrió, sino qué revela esta sucesión de crisis sobre la cultura institucional de las monarquías europeas. Mientras los reyes Harald y Sonia continúan siendo figuras de estabilidad, la presión se desplaza hacia la nueva generación. La princesa Ingrid Alexandra llegó a pronunciarse en su cuenta privada de Instagram: «No se trata solo de Marius, mamá, papá o Magnus. Son ataques personales que podrían dirigirse a cualquiera». Y añadía: «Elegí publicarlo aquí porque me estoy volviendo loca. ¿Cuándo será suficiente?» Estas declaraciones no ayudan a disipar el escándalo y evidencian comportamientos poco éticos para quienes encarnan la más alta institución del Estado.

Ante las nuevas informaciones, se han planteado escenarios drásticos, como un hipotético divorcio de los príncipes herederos o una retirada progresiva de la princesa de la agenda pública. El debate público refleja una fuerte división social sobre su futuro papel como reina.

El fortalecimiento de la institución, o, por el contrario, un desgaste sostenido de su legitimidad, dependerá en gran medida de la transparencia de la Corona y de la respuesta que ofrezca a la ciudadanía. Mientras tanto, el escándalo Epstein sigue sacudiendo a monarquías que durante décadas parecían inmunes a este tipo de controversias. La gran incógnita es si bastará para restaurar la confianza en una institución cuya supervivencia depende, en gran medida, de su ejemplaridad.

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