La infancia de Felipe González (83) en Sevilla: «Mi padre era silencioso y mi madre, alegre. Nunca fui buen estudiante»
Fue un niño sevillano que prefería la calle al colegio y que creció marcado por la figura de sus padres

El expresidente del Gobierno Felipe González
Casi tres décadas después de abandonar La Moncloa, Felipe González sigue ocupando un lugar central en la memoria política —y también emocional— del país. Fue presidente del Gobierno entre 1982 y 1996 de la mano del Partido Socialista y secretario general del PSOE desde 1974 hasta 1997. Su mandato, de trece años y medio, es el más largo de la democracia española. Su trayectoria política estuvo ligada a algunos de los grandes hitos que hoy aparecen en los libros de texto: la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (CEE), los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 o los años más duros de la violencia de ETA, entre otros episodios que marcaron al país.
Pero más allá del dirigente político, Felipe González es también un hombre profundamente marcado por su historia familiar, de la que ha hablado.
La infancia de Felipe González en Bellavista: «Era un niño bastante normal y no era muy buen estudiante»
Nacido en 1942 en el barrio sevillano de Bellavista, Felipe González fue el segundo de cuatro hermanos en una familia trabajadora de clase media. Sus tres hermanos siempre han mantenido un perfil discreto y alejado de los medios.
Su padre, Felipe González Helguera, era tratante de ganado y falleció en 1978, antes de que su hijo llegara a la Presidencia del Gobierno. Su madre, Juana Márquez Domínguez, comenzó a trabajar con solo 12 años y no pudo terminar la educación primaria; murió en 2008.

Al recordar su niñez, González explicó en el programa de Jordi Évole, en 2022, que «era un niño bastante normal» y que no le gustaba demasiado el colegio fuera de las clases obligatorias, porque prefería estar en la calle. También reconoció que «no era muy buen estudiante» y que estudiaba más «para aprobar» que por auténtico interés académico.
Aun así, siempre destacó su disciplina. Dijo que nunca llegaba tarde al colegio, pese a tener que ir andando, porque no quería enfrentarse a un castigo: «Yo iba a un colegio oscuro, iba andando, y nunca llegué tarde al colegio. Nunca, entre otras cosas, porque no quería ni imaginar que me tuvieran que castigar porque había llegado tarde».
Una estrecha relación con su madre y una distancia marcada con su padre
En esa misma entrevista recordó con claridad la personalidad de sus padres. Sobre su padre afirmó que era «un hombre silencioso», algo que Felipe González atribuía a su dura experiencia durante la Guerra Civil Española.
De su madre habló con especial cariño, describiéndola como una mujer «muy alegre, muy despierta y muy emprendedora», que se había puesto a trabajar desde muy joven. La relación con ella fue particularmente estrecha. «Tenía una relación muy entrañable con mi madre. Se había puesto a trabajar con 12 años y le costaba incluso leer. No había terminado los estudios primarios y eso. Pero tenía tanta gracia. Me decía: ‘Léeme esto, que no encuentro la ‘jafa”, y me hartaba de reír», recoge Lecturas.

También compartió una anécdota que siempre le acompañó. «A mi madre le gustaba ir a adivinas», contó. En una de esas visitas le dijeron que su segundo hijo llegaría a ser «grande en España y en el extranjero», una predicción que él escuchó cuando «tenía 12 años y estaba pateando balones», sin imaginar entonces el recorrido que le esperaba.
Su madre siguió muy de cerca su carrera política. «Mi madre en un radio de acción que dominaba iba a todos los actos en los que yo estaba. Iba a los mítines, iba a todas partes». Su padre, en cambio, nunca acudió a verlo en un acto público, ni siquiera durante los años en que ocupó la Presidencia del Gobierno: «Yo salí de Moncloa y no había ido nunca a un acto público en el que yo estuviera, y obviamente no fue a verme a Madrid en los muchos años que estuve de presidente».
De su padre conserva una frase que le marcó para siempre. «Tenía 7 u 8 años, y estábamos jugando en casa. Mi padre, que salía a trabajar a las 4 de la mañana, pasó y mirando de reojo dijo: ‘Qué pan más a lo tonto coméis’. Mi padre me recordaba que comía el pan a lo tonto, que no trabajaba suficiente». Una frase que, según reconoce, le acompañó durante toda su vida profesional.
