La ciudad andaluza a la que se marchó Sabina más allá de Úbeda: «Fueron mis años más locos»
El cantante residió en la ciudad antes de marcharse a Londres y comenzar con una exitosa carrera en la música

Sabina, en una imagen de archivo. | Gtres
Joaquín Sabina pasó, la mayor parte de su infancia, en la ciudad jienense de Úbeda. Allí se enamoró, se falló a sí mismo, se unió a su familia, peleó con ella y, también, descubrió cómo quería enfocar su carrera. Con Úbeda construyó, con el paso del tiempo, una relación de amor-odio que hizo que, durante una época, no pudiera volver a la ciudad que le vio crecer. Fue su etapa en Londres lo que, sin duda, marcó un antes y un después en su carrera musical y personal y lo que le hizo replantearse muchas cosas. Aunque eso sí, la semilla ya se sembró un tiempo antes; concretamente cuando se fue a estudiar a una ciudad andaluza que todavía recuerda con mucho cariño.
Es más, su paso por Granada fue uno de los momentos más determinantes de su vida, tanto en lo personal como en lo político y lo artístico. Sabina llegó a Granada en 1968 para matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras —específicamente en Filología Románica—. En sus propias palabras, fue la primera vez que tuvo «una llave de casa en el bolsillo» y que vivió la bohemia nocturna callejeando por el Albaicín, el Sacromonte y el Paseo de los Tristes. Fue ahí donde empezó a escribir sus primeros versos y a soñar con componer canciones. Ha llegado a decir que Granada fue el escenario de sus años «más felices, locos e inolvidables».
Sabina residió en Granada antes de marcharse a Londres

Su paso por Granada, además, estuvo marcada por su militancia contra el régimen franquista, lo que finalmente forzó su exilio. Sabina formaba parte de una célula de estudiantes vinculada al Partido Comunista. En 1970, participó en el lanzamiento de un cóctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao en la Plaza de Isabel la Católica. Tras estos incidentes, se refugió en su Úbeda natal, donde su padre —que era comisario de policía— recibió la orden de detenerlo. Este es uno de los episodios más famosos de su biografía, relatando que su padre lo interrogó con gran dolor antes de que Joaquín huyera hacia Londres con un pasaporte prestado.
Sabina recuerda Granada como el lugar donde vivió su primer gran amor de convivencia. Ha contado, en varias ocasiones, que allí conoció a una chica con la que compartió su primera casa, describiéndola como «la mejor minifalda que se paseó por Granada». Recientemente, en septiembre de 2025, Sabina eligió la Plaza de Toros de Granada como una de las paradas clave de su gira de despedida. En ese concierto, visiblemente emocionado, se sinceró: «No penséis que este es un concierto normal para mí. Es muy especial porque aquí en Granada viví los años más felices y más locos de mi juventud». Sabina llegó a Granada sintiéndose, según sus palabras, un «paleto» de Úbeda y salió de allí convertido en un poeta rebelde camino del exilio.
«Mis años en Granada fueron los más felices, locos e inolvidables»
Sabina es un enamorado de Granada y siempre que vuelve a la ciudad, o le preguntan por ella, deja frases cargadas de esa nostalgia canalla que le caracteriza. Se refiere a su etapa allí (entre 1968 y 1970) como el momento en que «se hizo hombre» en todos los sentidos. En su libro de memorias y entrevistas biográficas, recuerda el ambiente del Albaicín: «Mis años en Granada fueron los más felices, locos e inolvidables. Vivía en una cueva del Sacromonte y bajaba al centro a estudiar, aunque estudiaba más bien poco porque la noche de Granada era una asignatura mucho más tentadora».
Mudarse y, por ende, dejar el hogar familiar, no fue solo un cambio de código postal; fue el despertar político, artístico y vital que definió al artista que conocemos hoy. Si Úbeda fue el lugar donde nació, Granada fue el lugar donde se hizo. Esos momentos eran tiempos convulsos y la universidad era un hervidero de resistencia contra el franquismo. Granada era —y es— una ciudad con un peso cultural inmenso, y Sabina se empapó de ello. Allí profundizó en la obra de Federico García Lorca y conoció a figuras como Luis García Montero —aunque su amistad se consolidaría años más tarde—. La estructura de sus letras debe mucho al rigor métrico que pulió en sus años universitarios.

Fue en Granada donde empezó a escribir sus propios temas y a cantarlos en locales pequeños, mezclando la canción de autor con la influencia del rock que empezaba a filtrarse. En Granada, Sabina dejó atrás la rigidez de su entorno familiar —era hijo de un comisario de policía— para abrazar la vida nocturna y la libertad. Descubrió la fascinación por los bajos fondos, las pensiones de mala muerte y la vida de estudiante «maldito», elementos que se convertirían en la columna vertebral de su narrativa posterior. Como decíamos, la universidad fue uno de los lugares donde más se desarrolló la vida profesional y estudiantil, sobre todo la reivindicación.
La Universidad de Granada (UGR) era uno de los focos de resistencia antifranquista más potentes de España. Ubicada entonces en el palacio de las Columnas, era el epicentro de las asambleas, las correrías delante de la policía nacional —los grises— y el intercambio de libros prohibidos. Se mezclaban hijos de la burguesía con jóvenes de clase trabajadora, todos unidos por el existencialismo francés, el marxismo y la canción protesta. Aunque ya empezaba el turismo, todavía conservaban un aire de marginalidad y verdad flamenca que fascinaba a los jóvenes artistas. No todo era poesía; la atmósfera era peligrosa. Granada era una ciudad pequeña donde todo el mundo se conocía, lo que hacía que el control policial fuera asfixiante.
Cómo influyó Andalucía en su vida
Justo cuando Sabina estaba allí, ocurrió la famosa Huelga de la Construcción de 1970, donde la policía mató a tres obreros. Este hecho radicalizó a toda la juventud granadina y marcó el clímax de la tensión que llevó a Sabina a lanzar su famoso cóctel molotov. En esa época, además, la ciudad comenzaba a modernizarse a base de hormigón, destruyendo parte de su patrimonio decimonónico, lo que generaba una sensación de melancolía y pérdida. Se empezaban a ver las primeras melenas, las barbas revolucionarias y las chaquetas de pana, chocando frontalmente con la gomina y el uniforme de la generación anterior. Volvió a España en 1977, tras la muerte de Franco y la amnistía, todavía con el pelo largo y aire de cantautor de izquierdas.
Al llegar a Madrid, Sabina se dio cuenta de que el traje de «cantautor de barba y guitarra de palo» se le quedaba pequeño. Junto a Javier Krahe y Alberto Pérez, formó un trío en un sótano de La Latina donde elevaron la canción satírica a la categoría de arte. Se pasó a la eléctrica, formó la banda Viceversa y lanzó himnos como Princesa o Pongamos que hablo de Madrid. En los 90, con discos como Física y Química y, sobre todo, 19 días y 500 noches (1999), se convirtió en un fenómeno de masas. Logró algo imposible; gustar por igual a los rockeros, a los poetas y al gran público. En agosto de 2001, la vida le dio un aviso serio: sufrió un infarto cerebral. El susto lo sumió en una profunda depresión y miedo a los escenarios —lo que derivó en pánico escénico—. Dejó las noches de exceso y se refugió en la escritura de sonetos.

Volvió con Alivio de luto y comenzó sus giras multitudinarias con Joan Manuel Serrat (Dos pájaros de un tiro), una unión que selló su estatus de leyenda viva. Tras una caída espectacular del escenario en 2020 y la pandemia, Sabina ha anunciado su retirada definitiva de los grandes escenarios con su gira de despedida Hola y Adiós.
