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Antonio Carmona, 60 años: «De niño viví en una casita de 50 metros y solo había colchones por el suelo»

El cantante se crio en un barrio humilde y junto a una familia especialmente extensa y con buena mano para la música

Antonio Carmona, 60 años: «De niño viví en una casita de 50 metros y solo había colchones por el suelo»

Antonio Carmona junto a su pareja, Mariola Orellana. | Gtres

Antonio Carmona es uno de los cantantes más conocidos de nuestro país. El andaluz, además, pertenece a una de las sagas más importantes del mundo de la música. Su infancia estuvo rodeada de mucho arte que, sin duda alguna, marcó el futuro de un niño que se crio en una familia grande, humilde y siempre acompañado.

Así, Antonio nació en Granada, siendo el último de la saga de Los Habichuela que nació en tierras nazaríes. Es hijo del legendario guitarrista Juan Habichuela. Sin embargo, su estancia allí fue muy breve: con apenas un año, su familia se mudó a Madrid buscando las oportunidades que la capital ofrecía a los artistas flamencos. Se crió en el barrio de Campamento, en Madrid. Fue una infancia marcada por la escasez pero llena de arte.

La infancia de Antonio Carmona entre Granada y Madrid

Antonio Carmona en un concierto en Madrid
Antonio Carmona en un concierto en Madrid. | Gtres

En un piso de apenas 45 metros cuadrados llegaban a convivir hasta 15 personas de la familia. A pesar de la estrechez, Antonio recuerda que siempre había música y gente entrando y saliendo. Él mismo confiesa que fue un niño «gordito» y algo introvertido. Le costaba relacionarse fuera de su círculo porque vivía en un barrio con muy pocos gitanos, lo que le hacía sentirse diferente, aunque asegura que no sufrió un racismo directo, sino más bien la sensación de ser «el distinto». Antonio ha confesado que marcar su identidad gitana en aquel Madrid de los 70 no siempre fue fácil. Vivía entre dos mundos: la disciplina y las leyes gitanas de su clan —donde la música era el lenguaje principal— y la realidad de un barrio obrero madrileño.

«Era difícil entrar y salir del clan», ha comentado en entrevistas recientes, recordando que su mundo estaba muy cerrado sobre sí mismo hasta que la música lo abrió. Aunque hoy lo conocemos como cantante, Antonio empezó desde abajo en el escalafón flamenco. Su primer contacto profesional no fue la voz, sino el cajón y las congas. Empezó tocando en tablaos acompañando a grandes figuras, siguiendo la tradición de su padre y su tío (Pepe Habichuela). A los 13 años ya estaba totalmente sumergido en el mundo profesional, aprendiendo el oficio a base de esfuerzos y de escuchar a los mejores en las reuniones familiares que terminaban al amanecer.

«Me costaba mucho relacionarme; era un niño inquieto y regordete»

Antonio Carmona y su mujer, Mariola Orellana. | Gtres

Han sido varias las ocasiones en las que Antonio ha hablado de cómo fueron esos primeros años de vida. «Me costaba mucho relacionarme. Era un niño inquieto, regordete, y vivía en un barrio con muy pocos gitanos», ha explicado. Además, en su casa había muchas limitaciones de espacio, lo que hacía que residieran todos juntos en una casita de poco tamaño. «Vivíamos en una casita de 50 metros… Estaba el baño aquí y la cocina aquí. Más chica no podía ser. Eran todo colchones en el suelo», explicó una vez. Y es que eran una familia «grande» y eso fue, sin duda, «una lección de convivencia». «Me he criado con mis amigos como uno más, no había razas», añadió.

Recuerda que se crio «entre boleros porque mi padre iba a América y traía música de Andy Montañez». Su familia era «muy especial, de músicos, de artistas, donde todo el rato había música y alegría, aunque también había dolor». Sin duda alguna, le marcó «ser gitano». «Entonces era difícil entrar y salir del clan; casarme con una paya [Mariola Orellana] fue como un pecado, ambas familias dejaron de hablarnos al principio», aclaró en una entrevista. Hoy en día, la historia de amor entre Antonio Carmona y Mariola Orellana es una de las más sólidas, apasionadas y, en sus inicios, complicadas del mundo del espectáculo en España. Llevan juntos más de 30 años, pero para llegar a la estabilidad de hoy tuvieron que romper barreras que parecían insalvables en los años 90.

Su relación con Mariola y dos hijas

Se conocieron a finales de los años 80. Mariola, una joven sevillana de familia de clase media-alta, trabajaba en el mundo de la música —llevaba la comunicación de artistas—. Antonio estaba empezando a despuntar con Ketama. Antonio cuenta que, en cuanto la vio, supo que era ella. Ella, por su parte, se quedó fascinada por la sensibilidad y el carisma del músico. Su amor fue un auténtico desafío a las leyes no escritas de sus respectivas familias. En aquella época, que un gitano de una saga tan pura como los Habichuela se casara con una paya era visto casi como una traición.

Como las familias no aceptaban la relación, decidieron fugarse. Se casaron por lo civil en Gibraltar en 1993, de forma secreta y rápida. Tras la boda, ambas familias dejaron de hablarles durante un tiempo. Fue un periodo doloroso donde solo se tenían el uno al otro. Sin embargo, el nacimiento de sus hijas fue el puente que finalmente reconcilió a los dos clanes. Y es que no todo ha sido un camino de rosas. En 2011, después de más de 18 años casados, anunciaron su separación. Parecía el fin definitivo, pero el amor fue más fuerte. Tras un año separados, se dieron cuenta de que no podían vivir el uno sin el otro y volvieron con más fuerza. Para celebrar su reconciliación, renovaron sus votos en una ceremonia llena de amigos y arte, confirmando que su unión era a prueba de balas.

En 2017, la pareja vivió su prueba de fuego. Antonio sufrió una infección grave en la zona cervical que le mantuvo en coma inducido durante varios días. Mariola se convirtió en su sombra en el hospital, informando a los medios con una entereza admirable. Antonio siempre dice que, al despertar, ver a Mariola fue lo que le dio las fuerzas para recuperarse: «Ella es mi pulmón, la persona que me mantiene vivo». Fruto de este amor nacieron sus dos hijas, que han heredado el arte de la familia. Marina ha seguido los pasos de su padre en la música, fusionando estilos con una voz prodigiosa. Mientras tanto, Lucía Fernanda también es artista, con un estilo más urbano y personal. Ambas son el orgullo de la pareja y representan la mezcla perfecta de los «dos mundos» —el payo y gitano— que sus padres unieron hace tres décadas.

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