Eugenia Martínez de Irujo, 57 años: «Mi infancia fue muy solitaria; me criaron las 'nannies' con rigidez absoluta»
La hija de la duquesa de Alba pasó unos años de niñez especialmente delicados por la seriedad en la que fue criada

Eugenia Martínez de Irujo junto a Narcís Rebollo. | EP
Eugenia Martínez de Irujo siempre estuvo muy unida a su madre, la duquesa de Alba. A pesar de que madre e hija mantuvieron siempre una conexión estupenda, la infancia de la única mujer que tuvo Cayetana estuvo marcada por «rígida» educación que le dieron sus nannys. Y es que Eugenia nunca se sintió del todo cómoda con ese encorsetamiento en el que ella solamente quería ser libre. «Mi infancia fue muy solitaria. No tengo un recuerdo de una infancia de juegos, de risas… era todo muy serio», contó en una ocasión. Por su estatus social, así como por su agenda más que apretada, Cayetana y su marido no pudieron dedicarse todo lo que hubieran querido a la crianza de sus pequeños.
La duquesa de Alba, además, tampoco fue una madre cariñosa, «de dar besos», sino que era más bien una «madre jefa». «Me criaron las nannys. Recuerdo una rigidez absoluta, de no poder moverte, de comer con libros debajo de los brazos para no separarlos del cuerpo… era una educación de otra época, muy fría», explicó Eugenia en una entrevista. Y es que ella siempre se sintió «el bicho raro» de la familia: «No me gustaba ese protocolo, yo quería ser libre, estar en el campo, no quería ser ‘la hija de’».
La infancia de Eugenia Martínez de Irujo
Aunque vivía en uno de los palacios más impresionantes del mundo, su día a día no era el de una niña común. Eugenia ha relatado que su mundo se limitaba a los largos pasillos de Liria y a la disciplina de las nannies —las niñeras— inglesas. Recibió una formación extremadamente estricta. Ha contado que le ponían libros bajo los sobacos mientras comía para obligarla a mantener una postura perfecta, una técnica de la aristocracia de otra época. Al ser la única chica entre cinco hermanos varones —y la menor de todos—, se sintió a menudo desplazada o «un bicho raro» que no encajaba en los protocolos que se le exigían.
Su relación con su madre durante la infancia fue compleja. Eugenia ha sido muy honesta al respecto en años recientes. Cayetana era una mujer de una personalidad arrolladora y muy volcada en su vida social y responsabilidades, lo que dejaba poco espacio para la ternura materna tradicional. Aunque la adoraba, Eugenia la veía más como una «figura de autoridad» o una «jefa» que como un refugio emocional. El momento más oscuro de su infancia ocurrió tras la muerte de su padre, Luis Martínez de Irujo, y la posterior boda de su madre con Jesús Aguirre en 1978. Y es que Eugenia le tenía pavor. Describió a Aguirre como una persona muy culta pero «mala», que trataba de forma despectiva a los hijos de la duquesa.
«Mi madre era la jefa de la casa; no te preguntaba cómo te había ido el día»
Estas vivencias, según ha relatado ella misma, le generaron inseguridades que arrastró hasta la edad adulta. Para escapar de la frialdad del protocolo de palacio, Eugenia encontró su vía de escape en dos lugares. En Sevilla, el ambiente era más relajado que en Madrid. Desde pequeña desarrolló un amor profundo por los caballos y los perros, que eran sus verdaderos compañeros de juego en un entorno donde las visitas de otros niños estaban muy controladas. Así, su adolescencia fue un periodo de «revolución silenciosa». A diferencia de otras jóvenes de la alta sociedad de los años 80, Eugenia no se sentía cómoda con el protocolo.
Mientras se esperaba de ella que vistiera de alta costura, Eugenia empezó a adoptar un estilo mucho más relajado, bohemio y desenfadado. Era su forma visual de decir «no soy como el resto de mi familia» —una confesión que ella mismo hizo en alguna que otra ocasión—. Ha reconocido que, al ser la pequeña y la única mujer, se sintió algo «asilvestrada». Sus hermanos mayores ya hacían su vida y su madre estaba volcada en su matrimonio con Jesús Aguirre y su intensa vida social. La relación con su madre fue una montaña rusa de adoración profunda y choques frontales. Eugenia ha sido muy honesta al describirla. «Mi madre era la jefa de la casa, no una madre al uso que te preguntaba cómo te había ido el día», explicó en una ocasión.
«Con los años la entendí mejor; ella también tuvo una vida difícil y solitaria»
A pesar de los roces, Eugenia heredó de Cayetana el espíritu libre y el amor por Andalucía —especialmente por Sevilla y la Feria de Abril—. Con el tiempo, esa rebeldía que tanto chocaba con la Duquesa terminó siendo el punto que más las unía: ambas eran mujeres que hacían «lo que les daba la gana». Hacia el final de su adolescencia y entrada en la veintena, la relación se suavizó. Eugenia se convirtió en el ojo derecho de su madre, especialmente cuando empezó a tomar sus propias decisiones vitales y profesionales. Sin duda alguna, el tiempo fue algo fundamental para que la relación se destensara y encontraran un punto en común.
«Con los años la entendí mejor. Ella también tuvo una vida difícil y solitaria, y su forma de protegerse era esa coraza de hierro», confesó Eugenia tras la muerte de su progenitora. Su muerte fue, sin duda, un momento muy doloroso. Es más, hoy en día sigue emocionándose cuando habla de Cayetana Fitz-James Stuart. La vida actual de Eugenia, hoy en día, atraviesa un momento de grandes cambios profesionales y una estabilidad emocional envidiable. Este mes, Eugenia ha sorprendido confesando que ha cesado su relación profesional con la firma de joyería Tous tras casi 30 años de colaboración. Ha sido una decisión de la marca dentro de una nueva estrategia de comunicación, pero Eugenia lo ha afrontado con optimismo, recibiendo el apoyo público de su hija Tana Rivera.
Su relación con Narcís Rebollo —con quien se casó en Las Vegas— está más consolidada que nunca. Llevan ya ocho años juntos desde aquella boda sorpresa en Estados Unidos. Eugenia suele decir que Narcís es «lo mejor que le ha pasado en la vida» porque le aporta una tranquilidad y un sentido del humor que no tuvo en su juventud. Se les ve frecuentemente juntos en eventos musicales y festivales, un entorno donde Eugenia se siente mucho más cómoda que en los salones de palacio. Su relación con su única hija, Tana Rivera, es el pilar central de su vida. A diferencia de la distancia que ella vivió con su madre, Eugenia y Tana mantienen una relación de amistad y confianza absoluta. Tana es su mayor fan y suele ser la primera en apoyarla públicamente en cada paso que da.
