La escapada del rey Felipe a este bonito pueblo de Málaga mientras su padre recibía un premio en París: «Estuvo muy animado en una boda»
El monarca se trasladó hasta Andalucía para acudir a la boda de unos amigos donde estuvo «bailando con todos y todas»

Felipe, en una imagen de archivo. | Gtres
Este mismo fin de semana, el rey Juan Carlos ha recibido un premio de lo más especial. El Emérito, quien se dirigirá en las próximas horas a la localidad de Sangenjo, viajó hasta París para ser galardonado por sus memorias. Un evento de lo más especial en el que estuvieron presentes sus hijas, las infantas Cristina y Elena, y, también, otros miembros de la política y del mundo social. Aunque eso sí, quien no acudió a este evento —como era de esperar— fue su hijo, el rey Felipe, quien se encontraba disfrutando de una boda en un bonito pueblo de Málaga, a bastantes kilómetros de Francia.
Tal y como han confirmado hoy en Espejo público, el monarca viajó hasta la bonita localidad de Casares, donde estuvo presente en la boda de unos amigos «de unos 500 invitados». Según el relato de Cristobal Soria, el marido de la reina Letizia bailó «con todos y todas», dando buena cuenta de lo que le gusta mover el cuerpo. Lo cierto es que el monarca suele acudir a todos los enlaces a los que se le invita y, además, siempre suele hacerlo solo. La reina Letizia no es muy fan de estos eventos sociales y prefiere dedicar su fin de semana a sus hobbies. Sí que es cierto que si el evento tiene que ver con algún contacto cercano a la familia suele ir acompañado por sus hermanas.
La boda a la que ha ido el rey Felipe en Casares

Por su parte, el rey Juan Carlos no se ha dejado ver por muchos eventos sociales en los últimos meses. Esto se debe, fundamentalmente, a sus achaques de salud y, también, a que su residencia está establecida a muchos kilómetros de nuestro país. Este reconocimiento en Francia, un país que considera como su segunda casa, ha sido de lo más especial para el Emérito. En esta ocasión, se ha reconocido su papel histórico en la transición española a la democracia y su estrecha relación con Francia a lo largo de las décadas. Además, también se ha querido poner en valor la publicación de sus memorias, que vieron la luz, tanto en Francia como en España, hace unos meses, convirtiéndose en récord de ventas.
La ceremonia ha tenido lugar bajo la icónica cúpula del Instituto de Francia, a orillas del Sena. Ha sido un evento privado pero de gran calado institucional. Durante su intervención, el Emérito expresó su profunda gratitud hacia Francia y ha recordado la importancia de los valores europeos compartidos. Entre el público, se encontraban sus hijas, así como su biógrafa Laurence Debray y las personalidades que fueron fundamentales durante su reinado. Esta aparición refuerza la imagen de unión familiar en torno a la figura del Emérito, especialmente en momentos donde su vida en Abu Dabi lo mantiene alejado del día a día en España.
Tras su paso por París, el Emérito ha puesto rumbo a Vitoria, donde ha acudido a su centro de confianza y donde trata sus problemas de movilidad. Allí ha llegado a primera hora de la mañana de este lunes. Luego, ha puesto rumbo hasta Galicia para participar en las regatas. Mientras tanto, como decíamos, el rey Felipe ha cumplido con sus compromisos sociales. Así, se ha trasladado hasta un enlace en la localidad malagueña de la serranía de Ronda, Casares. Y es que es muy normal que el monarca dedique sus fines de semana a acudir a bodas de amigos y de hijos de familiares. La mayoría de las bodas privadas a las que asiste Felipe VI pertenecen al círculo de sus amigos de toda la vida.
Casares, un paraje espectacular de la serranía de Ronda
Es habitual verle en enlaces de las familias Fuster, López-Quesada o Gómez-Acebo. En estas bodas, el Rey prefiere asistir solo. Es muy frecuente que la Reina Letizia decline la invitación para proteger la privacidad de la familia o para evitar que su presencia eclipse a la novia, permitiendo que Felipe disfrute de un ambiente más relajado con sus amigos. Cuando el enlace implica a casas reales europeas o a la altísima nobleza española —como la reciente boda de Victoria López-Quesada, ahijada del Rey—, el despliegue es distinto. Felipe VI es padrino de numerosos hijos de sus amigos y primos. En estas bodas suele tener un papel activo en la ceremonia, no solo como invitado. En las bodas reales internacionales, el Rey suele asistir a las cenas de gala previas, que son el verdadero punto de encuentro de las monarquías modernas.

Quienes han coincidido con él en bodas privadas destacan varios puntos. Se mueve con naturalidad, saluda a los invitados, pero siempre rodeado de un dispositivo de seguridad que intenta ser invisible —con escoltas vestidos de chaqué o traje oscuro que se mimetizan con el resto—. Aunque se divierte, rara vez se queda hasta el final de la fiesta. Suele retirarse después del baile nupcial o tras la primera hora de barra libre para evitar situaciones incómodas o fotos indiscretas. En este caso, el monarca estuvo en un enlace «multitudinario» en Casares, donde bailó con los allí presentes. Y es que no es para nadie desconocido que al Rey le encanta moverse al ritmo de la música.
Y lo importante de allí no es solamente el enlace, sino, también, el entorno que rodea a Casares. Lo primero que impresiona de Casares es su silueta. Las casas blancas parecen apilarse unas sobre otras hasta alcanzar la cima de la peña, coronada por las ruinas de un castillo árabe. Su mirador es una de las paradas obligatorias antes de entrar al pueblo. Desde allí se obtiene la famosa foto panorámica donde se aprecia la estructura laberíntica de sus calles. Se encuentra entre la Serranía de Ronda, la Costa del Sol y el Campo de Gibraltar, lo que le otorga unas vistas que, en días claros, alcanzan perfectamente la costa de África y el Peñón de Gibraltar.

Casares tiene una historia profunda que va desde los romanos hasta la actualidad. De origen árabe, se encuentra en la parte más alta. Aunque está en ruinas, el recinto alberga la Iglesia de la Encarnación y ofrece las mejores vistas de la zona. Según la leyenda, el mismísimo Julio César mandó acondicionar estos baños de aguas sulfurosas tras curarse de una enfermedad cutánea. Hoy siguen siendo un lugar de acceso público para bañarse.
