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Millonarios llorones

Millonarios llorones

La progresiva secularización de la sociedad ha generado, de forma casi religiosa, el auge de una serie de dogmas que han encontrado profetas más que cuestionables en todos los estamentos de la sociedad. Con unos patrones bastante repetitivos, encontramos hoy sermoneadores donde antes había actores, multinacionales o futbolistas.

La forma de operar es bastante similar en todos ellos y puede resumirse en una serie de pautas comunes. En primer lugar, surge una corriente ideológica con relativa aceptación, después, de forma casi mecánica, suelen unirse a ella todo tipo de biempensantes, posturetas, confundidos con buenas intenciones y famosillos con algo que rascar. El último caso es particularmente molesto, pues suelen confluir las ganas de aparentar virtuosismo con las de acaparar dinero, pero ya está escrito que no se puede servir a dos señores.

El último astracán lo protagonizó Neymar ­–solidario con todas las causas menos con la de Hacienda– hincando la rodilla en defensa de unas minorías que parece olvidar cuando el patrocinio viene de Emiratos. El hecho, conocido ya por todos, surgió a raíz de un comentario arbitral en referencia a Webó, durante el encuentro entre el PSG y el Basaksehir, que no entraré a comentar —por hartazgo—, pero sobre el cual sí diré que comparto la opinión de Kameni así como la del periodista Juanma del Álamo. Cada uno por la parte que le toca.

Pero la sensibilidad selectiva ya contó con sus primeros conatos en Xavi, que en diciembre de 2017 declaró: “Es cierto que en Qatar no hay un régimen democrático, pero la gente es feliz. Están encantados con la familia real, llevan sus fotografías en el coche”. Tres meses antes, en octubre, denunciaba que era “una vergüenza” lo que estaba sucediendo con el referéndum en Cataluña y consideraba “inadmisible” que la gente no pudiera votar en una consulta que implicaba subvertir el orden nacional y constitucional. Entendemos que en Qatar, donde ni siquiera existen partidos políticos, se decide todo en asambleas participativas y con perspectiva de género.

Como decía, este virtuosismo levantó su tótem en las soporíferas y previsibles galas nocturnas de Hollywood, que durante los últimos cinco años se han desarrollado monotemáticas, carcomidas por la hiedra ideológica que hasta ahora solo se atrevió a romper Ricky Gervais y los cuatro actores que le miraron con aprobación aquella noche.

En España también tenemos a nuestros guerreros de lo mediático y el like, muchos de ellos en las filas de Operación Triunfo y que, a imitación yankee, también se arrodillaron durante el pasado mes de junio en solidaridad con George Floyd. La solidaridad hipermétrope les hacía protestar por algo ocurrido a miles y miles de kilómetros de aquí mientras en España había 191 residencias investigadas por la Fiscalía y los ancianos fallecidos se contaban ya por decenas de miles en un marcador que no dejaba de subir en silencio.

Pero las ganas de exhibir virtuosismo suelen ser inversamente proporcionales al afán por merecerlo, prueba de ello son los insultos que el propio Neymar profirió pocos meses atrás contra el japonés Hiroki Sakai, al que llamó “chino de mierda”. Debió ser que las clases de educación se impartieron junto a las de geografía, y en ambas hizo pellas. La cuestión es que al estar de rodillas, haciéndose perdonar los pecados de los demás, olvidó hacer introspección con los suyos.

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