Trump: promesas y realidades
El equipo del 47º presidente lanza algunas señales de pragmatismo a un mundo en pleno cambio

El presidente de EEUU, Donald Trump.
Donald Trump toma posesión de su cargo el lunes 20 de enero. ¿Qué pasará con todas las promesas que ha hecho? Buena parte de ellas se quedarán en pura retórica, cosa que no molesta a sus votantes (para ser justos y sin necesidad de irse muy lejos, eso de que el líder diga una cosa y luego haga la contraria no molesta a casi ningún votante). En parte, Trump se acomodará a la realidad; y en parte, pondrá en marcha políticas que, antes o después, entrarán en colisión con amigos y adversarios. ¿Tomarán nota los europeos?
Parece difícil que el 47º presidente cumpla algunas afirmaciones de campaña que fueron eso, puras bravatas. Trump dijo, por ejemplo, que si resultaba elegido iba a terminar con la guerra de Ucrania incluso antes de tomar posesión. Los ucranianos están en vilo, claro: preferirían terminar con la guerra y con Putin, y probablemente los planes de Trump no lleguen a tanto. Eso sí, el casi presidente ya se ha apuntado en su haber el alto el fuego entre Israel y Hamás.
También aseguró que en su primer día de mandato iba a cerrar la frontera con México para impedir la inmigración ilegal. Todavía está a tiempo de hacerlo, pero no parece probable. En toda la historia de EE.UU., las fronteras se han cerrado dos veces: en 1963, recién asesinado John F. Kennedy, y en 1985, después del secuestro de un agente de la DEA.
El presidente dijo además que también ese primer día en el Despacho Oval iba a ordenar una gigantesca deportación de ilegales. Difícil de nuevo. Hay 11 millones de personas sin papeles; al menos siete millones están trabajando. ¿Realmente se va a organizar una cacería humana que, además de los tremendos costes humanos y económicos de la operación en sí, va a alterar los mercados laborales, a forzar reemplazos con contratos obviamente más elevados, a causar problemas en la producción y en la oferta, a estimular más subidas de precios?
No. No habrá deportación masiva. Se expulsará del país a los inmigrantes sin papeles que hayan cometido delitos. Serán unas decenas de miles, claro, pero nada que ver. Además, eso es algo que ya está haciendo Joe Biden, igual que hizo Barack Obama.
Más promesas: acabar con la política de Biden sobre el coche eléctrico y aumentar la producción de vehículos tradicionales en el país. El problema de este compromiso es que lo formuló el 18 de julio, en la convención republicana, antes de su actual idilio político con Elon Musk, el hombre que ha creado Tesla, además de los satélites Starlink de SpaceX y las empresas Neuralink y OpenAI, y que compró Twitter para convertirla en X.
En algún momento –más pronto que tarde— acabará la luna de miel entre Trump y Musk, y quizá el hombre más rico del planeta (400.000 millones de dólares) tenga más probabilidades de durar, a pesar de su volatilidad y sus extravagancias e injerencias, que el presidente. Pero, por lo pronto, Trump ha encargado a Musk que dirija -con Vivek Ramaswamy- el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), para eliminar los procesos burocráticos y el exceso de regulación de las agencias federales y crear una administración más ágil. Le da un año y medio de plazo, así que no parece que estén contados los días del automóvil eléctrico en EEUU.
Hay una promesa que ya no puede cumplir Trump, porque se le han adelantado. Juró cargarse al fiscal especial Jack Smith, que se había convertido en su azote procesal, pero Smith dimitió hace unos días, visto lo que se avecina, no sin antes hacer público su informe final en el que asegura que, si Trump no hubiera ganado las elecciones, habría sido procesado y condenado por sus maniobras para alterar los resultados electorales de 2020 en Georgia, por alentar la violencia de sus seguidores en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y por haber sacado ilegalmente documentos clasificados de la Casa Blanca cuando abandonó la presidencia.
En cuanto a la economía, la nueva Casa Blanca empezará en seguida a replantearse algunos compromisos de campaña. La promesa de acabar con la inflación, por ejemplo, que fue una de las razones de su victoria. El objetivo ahora es controlar las subidas de precios, lo cual será más sencillo, porque ya está ocurriendo. A nadie con dos dedos de frente se le va a ocurrir forzar bajadas que podrían desembocar en deflación o incluso en depresión.
Sobre los temidos aranceles de los que tanto se ha hablado, el equipo de transición de Trump ha hecho llegar a los medios de comunicación que no hay que pensar en el 60% del que se llegó a hablar en cuanto a China, ni en los incrementos generalizados para el resto de países, sino en porcentajes menores y en sectores relacionados con lo que se determine que afecte a «la seguridad económica y nacional». Tampoco hay novedades aquí con respecto a otros gobiernos estadounidenses. Y también hay, aparentemente, un enfoque más pragmático a la hora de pensar en guerras comerciales, represalias, subidas de precios e inflación.
Estos mensajes previos a la toma de posesión no significan que Trump se haya convertido al pacifismo ni que vayamos a tener años tranquilos. Trump es Trump: será fiel a su estilo populista, premiará a los aduladores y castigará a los que vea como rebeldes, está imponiendo algunas impresentables nominaciones en su gabinete –la del presunto secretario de Defensa, el difícilmente calificable Pete Hegseth; la del supuesto secretario de Sanidad, el asombroso antivacunas Robert F. Kennedy–, seguirá alarmando a daneses y canadienses y ya ha puesto en alerta a todos los países sobre cómo interpretar los nuevos tiempos y cómo diferenciar entre palabras y hechos. Pero Trump ya no llama tanto la atención, no solo porque ya ha estado en la Casa Blanca y por las ondas relativamente pragmáticas que llegan desde el otro lado del Atlántico, sino porque buena parte del mundo también ha cambiado.
Lo que hay es una sensación de territorio poco conocido, de alteraciones. De la fase final de un orden internacional global y la fase inicial de otro orden -por emplear un término en boga- más transaccional. Más de expectativas de alianzas bilaterales, de negociar resultados. Es interesante el reciente sondeo hecho por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, que indica que la llegada de Trump 2.0 coincide con un cierto optimismo global sobre la reducción de tensiones en Ucrania, en las relaciones con China y en Oriente Medio. Un optimismo que no se da en Europa, por cierto, según revela la encuesta.
Por eso el Consejo recomienda a los europeos que superen su pesimismo, que asuman que Trump manda de nuevo y que con él llega ese nuevo mundo más transaccional. Y que para ejercer la influencia que tienen a su alcance, más que tratar de liderar la oposición a Trump, los europeos deberían centrarse en valorar y entender sus propias fortalezas y lidiar con el mundo tal y como es.
Quizá no sea una mala recomendación.