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Internacional

Los emigrantes venezolanos, entre la pared de Trump y la espada de Maduro

El país está sumido en la incertidumbre, dependiente de los humores del presidente estadounidense

Los emigrantes venezolanos, entre la pared de Trump y la espada de Maduro

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Desde hace varios años Venezuela padece la peor inflación y el más dramático derrumbe de la economía documentado en país alguno en ausencia de una guerra o un gran desastre natural. Este escenario ha dejado a millones de familias en la pobreza y ha forzado a migrar a la cuarta parte de la población.

Hoy, mientras se deterioran más las condiciones económicas reales dentro del país, cientos de miles de familias de emigrantes viven su propia incertidumbre en Estados Unidos y otros países americanos. Muchos temen regresar a Venezuela y ponen sus esperanzas en otras tierras, como Europa… hasta que también dejen de aceptarlos.

Por estos días el destino del país está suspendido en la incertidumbre y lo que pase depende de los humores del impredecible Donald Trump y sus propios intereses.

Mientras, los chavistas encabezados por Nicolás Maduro afirman que se preparan para una guerra larga y sostenida pues dicen temer una invasión de la fuerza armada más poderosa de la tierra.

Suben las apuestas y el desenlace se pasea entre la ciencia-ficción política, la geopolítica mundial, la psiquiatría, el mundo de los negocios petroleros y los intereses de la industria militar. Pero para millones de venezolanos comunes, dentro y fuera del país, las cosas ya no pueden sino empeorar, al menos en el corto plazo.

Desde antes de que esto se agravara, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés), calculaba que 7,9 millones de personas en Venezuela, sobre una población de 27,1 millones, necesitaban alguna forma de ayuda humanitaria.

Ahora, el gobierno de Donald Trump acaba de anunciar que revisará todas las solicitudes de asilo; además de las residencias permanentes (green cards) de personas de 19 países, incluyendo Venezuela, Cuba y Haití.

En los últimos años, Estados Unidos se había convertido en uno de los principales objetos del deseo de los venezolanos para escapar de la crisis de su país: solo en los últimos tres años hubo unas 904.000 detenciones de migrantes indocumentados que entraron desde la frontera con México, cruzando las peligrosas aguas del río Bravo, según datos oficiales de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.

No está claro cuántos casos terminaron en prisión, bajo libertad condicional mientras se resolvían sus juicios migratorios, o cuántos migrantes ya fueron expulsados, deportados, lograron legalizar su situación, o permanecen allá de manera ilegal o no autorizada.

Según datos del Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (Uscis, por sus siglas en inglés), citados por CNN, la revisión de las residencias permanentes afectará a entre 131.000 y 217.000 venezolanos que viven legalmente en ese país, así como a unos 550.000 cubanos y 210.00 haitianos.

Ahora ser migrante legal no es garantía en Estados Unidos, donde ya cientos de miles aspiraban también a regularizar su situación migratoria y ahora está más frustrados.

El Transactional Records Access Clearinghouse (TRACCentro de Acceso a Registros Transaccionales), de la Universidad de Syracuse, que recopila estadísticas de tribunales migratorios, muestra que hasta agosto pasado 84.232 venezolanos ya enfrentaban órdenes de deportación, o fueron deportados, muchos de ellos en vuelos directos a Venezuela que se mantienen cada semana pese a las tensiones políticas y militares, y a la suspensión de vuelos comerciales por razones de seguridad.

De esos deportados, solo 96 fueron declarados criminales o terroristas.

Pero también hasta agosto había 517.000 migrantes y refugiados venezolanos a la espera de una decisión de sus casos pendientes ante los tribunales de migración. Este es el mayor colectivo extranjero en esta condición, por encima inclusive de los mexicanos.

En este engorroso proceso, solo 27.702 venezolanos habían conseguido asilo en Estados Unidos en los últimos años.

En este universo hay unos 600.000 venezolanos que deben abandonar de inmediato el país, pues Trump les eliminó el Estatus de Protección Temporal (TPS) un permiso de trabajo que permitió a familias y personas instalarse en EEUU desde 2021, en un mecanismo alternativo al asilo.

Del otro lado el abismo venezolano

Muchos de los perseguidos en Estados Unidos están mirando a un tercer país y según las estadísticas de la OCDE (el club de países más ricos y desarrollados), ya desde 2024, antes de la agresiva campaña antimigratoria de Trump, España es una de las principales alternativas.

El interés mediático en torno a Venezuela se concentra hoy en la creciente presión militar de Estados Unidos sobre el régimen chavista de Nicolás Maduro, lo que ha terminado opacando la angustia diaria de millones de venezolanos que dentro del país padecen una crisis humanitaria que no parece tener solución a la vista y que sigue empujando al exilio a miles de familias que ponen sus últimas apuestas en otras tierras.

Venezuela es desde hace tiempo uno de los países más desiguales de América Latina, con la riqueza concentrada en muy pocas manos (próximas al chavismo) y una vasta mayoría de asalariados mal pagados, especialmente en el sector público, de informales, autónomos y subempleados que cada día hacen milagros por subsistir.

En el país tampoco funciona un sistema público de salud y previsión social; el acceso a la educación de calidad, incluso en los niveles básicos y medio, está limitado a quien pueda pagarlo.

El sociólogo Luis Pedro España, de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), citaba el reciente estudio Recesión, clima social y prospectivas en Venezuela 2025-2026 para explicar que «persisten los altos niveles de desigualdad socioeconómica» y enormes abismos en los estilos de vida en la zona urbana de las principales ciudades y las zonas suburbanas y rurales.

La alta inflación que se espera para 2026 va a significar una caída en el poder de compra para los estratos medios y bajos de la población y la caída del ingreso familiar podría ubicarse entre un 10% y 30% en promedio, señala.

«El futuro de las familias se reducirá para el año 2026 en tratar de mantener el nivel de vida actual, en un contexto marcado por fuertes subidas de precios, estancamiento de las oportunidades y por el escepticismo», resume España.

La recesión, la hiperinflación, la incertidumbre institucional y el miedo a la escasez son motores que empujan a esta gente al éxodo.

A pesar de este cuadro actual, y sin contar con lo que pueda con el despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe y su impacto o no en la permanencia del chavismo en el poder absoluto, el 85% de los venezolanos dicen que no tiene pensado migrar, recoge una reciente encuesta censurada.

La saturación de los destinos, las barreras de entrada, la xenofobia y la experiencia de los primeros que se fueron parecen bajarle temperatura a esa opción.

De cualquier manera, el 2,5% de los consultados tiene pensado migrar como algo definitivo. La cifra no es despreciable, en términos absolutos significa que unos 700.000 venezolanos estaban haciendo sus maletas ya antes de que subiera de tono la confrontación entre el chavismo y Trump, para sumarse a los casi ocho millones que ya se han ido.

Los venezolanos seguirán siendo parte de esa trashumancia que recorre América Latina desde hace pocos años. Según datos de Naciones Unidas, en 2015 los paisanos de Maduro eran solo el 3,5% del total de migrantes en la región, en 2024 ya eran el 48,5%.

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